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Epidemias

Orson  Welles, durante la retransmisión de ‘La Guerra de los Mundos’. | | ELD

Orson Welles, durante la retransmisión de ‘La Guerra de los Mundos’. | | ELD

Un certero artículo de Juan Carlos Girauta este verano, Se nos va la olla, en ABC, serpenteaba entre varios fenómenos de histerismo colectivo, hasta concluir: «El nacionalismo, por ejemplo, es una patología mental». En efecto, hace sospechar de etiología patológica, por ejemplo, la famosa foto que compara los semblantes de los independentistas de 2017, entre la euforia de antes de declararse la independencia y, segundos después de dejarla en barbecho, por parte de sus instigadores, para evitar que el ejército español los detuviera, los semblantes de decepción, ambos, con la homologación del histerismo colectivo. En vista de lo que vamos a exponer seguidamente, esto no deja de ser un tema de comparabilidad y relativismo.

Epidemias

Si comparamos la tranquilidad mental, el equilibrio mental, del que hemos disfrutado en occidente en la segunda mitad del siglo XX, hasta ahora, parece que en la actualidad casi todo se torna, en la sociedad y la opinión pública, en una patología mental. Veamos varios ejemplos. Empecemos con el cambio climático, una imposición no científica, sino política. En octubre de 2019, en una reunión con votantes de su distrito de Nueva York, la diputada demócrata estadounidense del partido de Biden, Alexandra Ocasio-Cortez, estaba en ello cuando surgió del público una asistente que, imbuida plenamente en el peligro del cambio climático empezaba a gemir y balbucear: «¡Tenemos que empezar a comer bebés! ¡No tenemos tiempo! ¡Tenemos que empezar a deshacernos de los bebés, necesitamos comernos a los bebés!», siendo que, a mitad de su discurso, se quitó la chaqueta y se veía claramente la camisa que llevaba esa asistente: «Salva el planeta, cómete a los niños».

El mecanismo racional era: sobran los humanos que provocando el cambio climático destruyen la tierra, por tanto, nos comemos a los niños humanos, así acabamos con la especie y salvamos al planeta. Ocasio la atendía comprensivamente y tuiteaba: «Quise asegurarme de tratar la situación con compasión. No nos burlemos ni hagamos un espectáculo de ello: trabajemos en el seguro médico para todos». El discurso de Greta Thunberg, si no consideramos la casi identidad de su semblante histérico y gritón, es el mismo, pero más elaborado. En 1792, una sociedad comunista, los tembladores, censadas en número de 2.415 personas, en Kentucky, se unían para dar rienda suelta a la inspiración de Dios, creían que Cristo apareció por segunda vez en la tierra bajo la forma de su fundadora Ann Leo, una inglesa pobre, inculta, hija de un herrero, que predicó la castidad, base de todas las virtudes. A Ann le sucedió Lucy Wright, bajo cuyo mandato, a principios del siglo XIX, se distinguieron los tembladores por interesantes reuniones en las que se repitieron mil veces las escenas de millares de personas, hombres, mujeres y niños, que caían lanzando espumas entre gritos y lágrimas, y según relatos de la época, «suspendíase la vida en algunos, quedando reducidos al estado de cadáveres hasta el fin de lo que se creía una manifestación del espíritu».

En julio de 1518, en Estrasburgo (esto lo citaba Girauta como ejemplo para mostrar el nacionalismo como una patología semejante), ocurría la epidemia de baile: una mujer llamada Frau Troffea comenzó a bailar descontroladamente, sin parar, durante tres días seguidos, y comenzaron a unirse otras, 34 personas más en una semana, y 400 más en un mes, que terminaron con ataques epilépticos y convulsiones en las extremidades, con infartos, derrames y agotamiento mortal. Las autoridades de entonces, atención, pensaron que lo mejor es que continuaran bailando, e incluso proveyeron de músicos y escenarios, para facilitar la plaga de danzantes, algo parecido al bozal general al que ha sido sometida la población del planeta. Ahora: 1988, «Ocho alumnas de un total de 52 de un colegio público de Enseñanza General Básica (EGB) de Alicante sufrieron, en un intervalo de 10 días, mareos, taquicardia, hiperventilación y pérdida del conocimiento. Descartadas las causas orgánicas, un estudio transversal de probables causas determinó, como factores asociados a los casos sintomáticos, el sentimiento de incomprensión de los padres, la actitud negativa hacia el estudio y el desayuno insuficiente. Un juego de papeles (role playing) mantenido con las alumnas reveló que el llamar la atención del profesor en cuyas clases se producía la sintomatología constituía un importante factor en la etiología del fenómeno. Siguiendo los criterios de Small se llegó a la conclusión de que la epidemia de origen desconocido era un brote de histeria colectiva». El abstract del paper de M.T. Ruiz, E. Pascual y J.M. López, se titula: Histeria colectiva en un colegio público de Enseñanza General Básica: análisis de un brote epidémico (Medicina Clínica. Vol. 91, 1988).

Otro caso documentado, un clásico: Tanzania, un chiste en un colegio provocó que la población de varias ciudades de Tanganica sufriera incontrolables ataques de risa, en 1962, durante 18 meses, causando en los sufrientes, dolor, desmayos, problemas respiratorios, erupciones cutáneas y ataques de llanto. Otro caso, también de 1962, en una fábrica textil de Estados Unidos, se expandió el rumor de que insectos el lugar transmitían un virus muy resistente, y decenas de trabajadores empezaron a sufrir náuseas, mareos, vómitos y somnolencia, aunque nunca se encontró que nadie fuera mordido o picado por insecto alguno. Un caso más, muy conocido, el de la Guerra de Los Mundos, en 1938, cuando Orson Wells narró, a través de la radio Columbia Broadcasting System, antes de la II Gran Guerra, que los extraterrestres nos invadían, y al final de la tarde, miles de personas salieron a las calles de Nueva York y Nueva Jersey, en pleno pánico por el inicio de la invasión. Hoy tenemos una nueva y gigantesca historia de histeria colectiva, o en palabras de Girauta, patología colectiva, y se llama… Covid19 ¡A bailar, tembladores!

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