El 2 de julio de 1961, Ernest Hemingway se quitaba la vida en su casa de Ketchum, Idaho. Hace ahora sesenta años. Dejaba atrás su vida de aventuras y su literatura sencilla, cruda, hermosa y perfecta. Escribía como vivía y ello le permitió crear su propio estilo, único, inconfundible y genial. El estilo Hemingway.

Para la conmemoración de estos sesenta años de su muerte Editorial Lumen ha llevado a cabo la reedición de uno de sus mejores volúmenes de relatos que bajo el título genérico de Cuentos, reúne 49 historias de un joven Hemingway, pero que ya muestra una firme voluntad de crease una personalidad literaria propia y de escritor genial.

En el volumen encontraremos relatos antológicos como Las nieves del Kilimanjaro, o La breve vida feliz de Francis Macomber; obras maestras como La capital del mundo, Gato bajo la lluvia o Los asesinos; y otras grandiosas como Hoy es viernes o Diez indios, todos antológicos e imprescindibles.

En ellos y en el resto podemos degustar la mayoría de los temas que conforman la estructura narrativa de Hemingway : el conflicto entre el hombre y la naturaleza, la soledad y la falta de comunicación entre las personas, la exaltación de la virilidad y de la valentía y la sombra de la muerte acechando siempre al final del camino.

El volumen viene acompañado del famoso relato de Gabriel García Márquez en el que evoca la única vez que se cruzó con Hemingway, cada uno por una acera del bulevar de Saint Michel, en París. El colombiano desde su acera le gritó «Maeeeestro» y el otro desde la suya la respondió en castellano «Adioooós, amigo».

García Márquez elogia la maestría de Hemingway y lo compara con Faulkner, otro de sus maestros: «Cuando se logra desmontar una página suya, (de Faulkner) uno tiene la impresión de que le sobran resortes y tornillos y que será imposible devolverla otra vez a su estado original. Hemingway, en cambio, con menos inspiración, con menos pasión y menos locura, pero con un rigor lúcido, dejaba sus tornillos a la vista por el lado de fuera, como en los vagones de ferrocarril. Tal vez por eso Faulkner es un escritor que tuvo mucho que ver con mi alma, pero Hemingway es el que más ha tenido que ver con mi oficio».

En los cuarenta y nueve relatos de este volumen encontramos ya, pese a su juventud, al mejor Hemingway, al que encaja a la perfección, gracias a su escritura escueta y sin ornamentos, con el relato corto. De ahí esa brillantez en relatar en cinco o siete páginas un suceso vital lleno de vida, muerte y encrucijadas.

Magistral y mítico el titulado Hoy es viernes. Los tres soldados romanos que crucificaron a Jesús se divierten emborrachándose en una taberna judía tres acabar la ejecución, y van recordando lo bien que se ha comportado a diferencia de otros crucificados, de cómo uno de ellos le clavó la lanza, de cómo su grupo de apóstoles eran «unos cagados» que no quisieron saber nada de él y solo las mujeres «se han quedado a su lado». Al final se van sin pagar pues es viernes y el día de paga es el miércoles.

Delicioso igualmente Gato bajo la lluvia. La mujer de un matrimonio americano de turismo en algún rincón de Italia, insatisfecha por ansiar y poseer cosas de las que carece, se encapricha de un melancólico gato que ve desde su ventana,agazapado bajo la lluvia; baja a cogerlo pero al llegar, el gato, su último deseo, se ha esfumado.

En otro relato magistral por su sencillez, por todo lo que insinúa y deja al albur de los sentimientos, Diez indios, relata como un Cuatro de Julio, Nik siente que le han roto el corazón» cuando se padre le cuenta que ese día había visto a su novia, la joven india Prudence Mitchell, retozando en el bosque con Frank Washburn. El joven se acuesta roto por el llanto y finalmente se desata la tormenta exterior que va pareja a la suya propia. «Cuando se despertó en plena noche oyó el viento en los abetos y las olas del lago llegando a la orilla, y se volvió a dormir. Por la mañana el viento era vendaval y las olas eran altas en la costa, y estuvo mucho rato despierto antes de acordarse de que le habían roto el corazón».

En Los asesinos cuenta cómo el pasado nos persigue y de manera irremediable quiere saldar cuentas. Dos tipos entran a media tarde en una cafetería de un pueblo perdido. Son dos matones profesionales que van en busca del sueco Ole Andreson, un antiguo boxeador con viejas cuentas pendientes en Chicago. Alguien avisa al sueco para que huya, pero este sabe que su destino está marcado.

En La capital del mundo, descubrimos en Madrid a Paco, un camarero que ansía ser torero. Vive en una pensión llena de toreros fracasados. Tras una jornada de trabajo se emborracha con Enrique, el lavaplatos. Hablan de los peligros del toreo. Entonces, para probar su valor y destreza torera, Enrique toma una silla y le pone cuchillos, a modo de cuernos, y la hace embistir contra Paco como lo haría un toro. Paco esquiva los cuchillos al principio, pero después de engañar a la muerte varias veces, un cuchillo le atraviesa la pierna y le corta la arteria femoral.

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