El otro lado… ¿qué es eso del otro lado de Manuel Padorno? ¿Qué hay al otro lado? Les aseguro que cuanto más lo pienso menos sé sobre ello. Tras años de lectura y estudio de la obra padorniana debo confesarlo, no tengo la menor idea. A tratar de entrever algo en esta compleja realidad, filosófica y literaria, he dedicado íntegramente mi prólogo en el tercer tomo de las obras completas de Manuel Padorno. Pero todo ha sido en vano. Veamos, pues, los antecedentes de la derrota.

Desde la época positivista, mediado el siglo XIX, desde que se instaló entre nosotros la figura del científico y desde que el suyo ha venido a ser el discurso dominante, con sus estadísticas y su materialismo radical, ¡qué tiempos estos para el científico! otras maneras de comprender la realidad han quedado reducidas al absurdo. Sabemos que fue a finales del XIX cuando se proclamó la muerte de Dios y con él, en el mismo pack, fueron las religiones y también podría datarse en aquel mismo periodo el principio del fin del discurso filosófico. Fue un paradójico positivista, precisamente Sigmund Freud, quien redujo la filosofía a la elaboración tan teórica como paranoica con la que el filósofo de turno intenta protegerse de la realidad y de los discursos filosóficos que le precedieron.

Pero la ciencia, aquella ciencia que arranca desde el positivismo, se ha olvidado del mero placer que otorga ese saber inútil que la impulsó desde sus orígenes. Suplantada por su hija bastarda, la tecnología, vivimos instalados en una jauja tecnológica que no tolera la existencia de nada que remita a lo sagrado, lo simbólico o lo misterioso y en su ciego afán de penetrar sin fin en la esencia de las cosas, ha llegado a socavar sus propios cimientos, abriendo ante nosotros el vacío vertiginoso de la posmodernidad.

De aquellas tres hermosas hermanas, pues, que nos podían conducir a la verdad, poesía, ciencia y filosofía, solo queda en pie, bien es cierto que precariamente y acechada por innúmeros peligros, la primera. Es ahora más que nunca, diluidas las religiones, exhausta la filosofía y agujereada la ciencia, cuando nos queda la poesía, leño en el mar o palabra que puede mostrarnos alguna verdad. Aunque no toda la poesía, ciertamente; en realidad, rara es la palabra poética capaz de alentarnos en medio del terrible déficit simbólico que nos acosa y nos ahoga hoy en día. Una de ellas, por supuesto, y por eso se hacía necesaria la publicación de estos tres tomos exquisitamente editados por Pre-Textos, es la de Manuel Padorno.

Es ahora cuando releo lo escrito y en absoluto me satisface. Todos los intentos conducen a la melancolía. Intentémoslo, no obstante, de otra manera. No está de más insistir en la identidad, no solo de sonido, entre los términos poeta y profeta. Todo poeta, todo gran poeta, es un profeta que nos abre la puerta a una inédita realidad. A veces, en razón de esa capacidad para ver más allá, el poeta llega al punto de vislumbrar algo tan fundamental como es la propia muerte. Recordemos a César Vallejo y aquel soneto titulado Piedra negra sobre una piedra blanca donde llegó a decir: “Me moriré en París con aguacero, […] tal vez un jueves, como es hoy, de otoño”. Y así parece que fue. Manuel Padorno es el profeta del otro lado. El poeta del otro lado. Pero ¿qué hay al otro lado? ¿Qué es el otro lado?

En relación con la filosofía platónica, el otro lado se ubicaría aquí, en nuestra propia realidad y deberíamos ser capaces de acceder a ello, siguiendo determinadas pautas. En algunos momentos Manuel Padorno reconoce que “el otro lado nunca es este”, es decir, que estará siempre aquí pero más o menos oculto. O que, una vez que lo hayamos alcanzado, siempre habrá otro lado, algo más allá que sondear. El otro lado se encontraría en las consecuencias últimas de las cosas, en su significado definitivo, en su verdadera esencia. Solo aquellos dispuestos a realizar un arduo trabajo de sentido llegarán a desdoblar esta realidad y alcanzarán la recompensa del saber definitivo: los capaces de librarse de las cadenas de la caverna y salir del mundo de las sombras hacia la luz. Entonces ya estarán en el otro lado.

Pero de nuevo me sabe a poco lo conseguido. Debo reconocer, una vez más, mi fracaso. Con la venia, me arriesgaré a un último acercamiento a modo de decálogo incompleto ahora, obligatoriamente incompleto y también, seguramente, condenado al fracaso.

  1. Si encuentran un mosquito en el baño, no lo aplasten con la zapatilla o con cualquier otra arma doméstica, antes bien, háganse sus amigos.
  2. Si se hacen a la mar en una nave, no lo hagan sin la compañía de un pintor un filósofo y un poeta. De todos modos y a la postre, el barco terminará siendo una isla, esta, la Gran Canaria, o una casa, aquella, la de Punta Brava, donde proseguir nuestra navegación inmóvil.
  3. Vean siempre con la lengua y concedan absoluta independencia a todos los miembros del cuerpo. Permitan, por ejemplo, que su brazo salga volando, dé por ahí una vuelta y retorne más tarde, cuando a él le plazca, a su articulación.
  4. Constrúyanse una casa junto al mar y que sea de cristal. Nunca sabrán en ella si se encuentran dentro o afuera.
  5. Encuentren un trabajo en la fábrica de luz. Terminen su doctorado en estulticia. Háganse estajanovistas de lo inútil. Y pidan siempre, por último, en los bares una bebida desconocida.

Entonces, si cumplen todos estos preceptos, cosa imposible, salvo para Manuel Padorno estarán al otro lado y verán la luna nueva al mediodía, podrán caminar sobre el mar como si fuese una larga carretera y dormirán a la sombra del árbol de la luz.