La investigación histórica se parece al trabajo de un detective. Sus pesquisas no buscan culpables, quieren ofrecer las respuestas que el tiempo se ha encargado de esconder. Un nombre inscrito en una talla de Santa Clara le bastó al historiador Juan Alejandro Lorenzo Lima para resolver un rompecabezas.

La historia del arte es una materia apasionante. Aún hoy, los investigadores continúan hallando curiosidades. Despejan los enigmas que el paso del tiempo y las distintas vicisitudes han arrojado sobre muchas de las piezas que forman parte del patrimonio tinerfeño. El arte sacro no queda al margen de esos misterios.

Recientemente, el profesor e investigador tinerfeño Juan Alejandro Lorenzo Lima ha publicado un artículo que arroja luz sobre una curiosa talla de Santa Clara ubicada en la parroquia de Santo Domingo de Guzmán de La Orotava. Con el título Una escultura de José Esteve Bonet en La Orotava (Tenerife), el informe ha sido escogido para su difusión por la revista especializada Archivo de Arte Valenciano, que edita la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos. Pese a estar firmada, son varios los interrogantes que el doctor en Historia del Arte ha logrado despejar. Como si de un auténtico detective se tratara, la conclusión más curiosa que alcanzó es que la Santa Clara que actualmente se venera en el municipio del norte de la Isla no fue concebida como tal. En realidad, se creó en 1784 como una Santa Catalina de Siena.

Según Lorenzo Lima, varias son las claves que hacen de esta imagen algo tan especial: desde la forma en la que llegó a Canarias hasta las razones por las que ha pasado tan desapercibida. “Para el contexto canario esta es una pieza única. Obras firmadas se cuentan con los dedos y pertenece a uno de los escultores más importantes del siglo XVIII español”, precisa.

La mayoría de las obras de arte que llegaban entonces a las Islas lo hacían gracias a las relaciones comerciales con zonas como Andalucía, Génova o el continente americano, no del Levante. Tres aspectos más hacen de esta imagen una rara avis. “Es algo muy peculiar que lleve firma. No sabíamos nada de ella y todo lo que se ha podido saber es gracias a esa inscripción. Además, una cosa más rara aún es que el autor mantuviera un diario con la actividad de su taller”, detalla. “Todo lo que sabemos deriva de esa firma. Reconstruí una especie de rompecabezas para averiguar cómo llegó. No se sabía ni quién la pagó ni donde recibió culto, por ejemplo”. Gracias a esos diarios del autor, el denominado Libro de la verdad, Lorenzo Lima pudo empezar a tirar del hilo.

Esteve Bonet dejó constancia del encargo que recibió desde Tenerife para realizar una imagen de Santa Catalina. “Esa es la referencia que teníamos. Hace muchos años localicé la pieza y me puse a investigar de dónde pudo llegar”, recuerda. Con la fecha de ese encargo y gracias a sus pesquisas en distintos archivos –entre ellos el Diocesano que el Obispado gestiona en La Laguna– este estudioso ha conseguido determinar que la Santa Clara que se venera hoy en Santo Domingo llegó a las Islas como una Santa Catalina de Siena para el desaparecido convento de monjas dominicas de La Orotava, situado entonces en los terrenos que ahora ocupa el edificio de Correos. Es necesario precisar que esta advocación es la titular de la orden dominica, que tiene siempre entre sus imágenes principales a Santa Catalina y a Santo Domingo.

Es probable que llegara a La Orotava para sustituir a una antigua talla quemada en alguno de los varios incendios que sufrió ese recinto religioso. Tras la desamortización, la imagen permaneció olvidada en algún trastero de la iglesia de La Concepción. A principios del siglo XX, cuando se reabre Santo Domingo, se encuentran con una talla de una santa con una toca a la que distinguen como una Santa Clara. “Eso ha propiciado que nadie se hubiera dado cuenta antes de la identificación”, detalla el historiador.

Quedan cosas que averiguar aún, como el nombre del comitente, la persona que financió la talla. No obstante, la curiosidad de estos hallazgos sirven para “hacer una llamada de atención porque casos como este habrán muchos más. Quedan muchas cosas por revisar y por estudiar. Es la punta del iceberg. Quizás no sean tan raros como este. Cuando tú investigas en Canarias, lo habitual es que te encuentres quién la paga pero nunca el autor. Esto ha sido la cuadratura del círculo, solo pasa una vez en la vida”, sentenció.