Sucede en ocasiones que cuando alguien descubre haber sido víctima de un engaño, o se siente decepcionado por el curso inesperado que toman los acontecimientos o abatido cuando una situación aboca a resultados desfavorables, suele concluir —a veces en tono de advertencia o de velada amenaza— con esta sentencia solemne: “La vida da muchas vueltas”. Con ella se insinúa que la situación que ha propiciado el desenlace inesperado es potencialmente cambiante, y lo que hoy se nos presenta como seguro y cierto, no deja de ser mutable e inconstante porque mañana “pueden cambiar/virar las tornas”. Y así “se enderecen las cosas” en sentido favorable a quien padeció el percance y viceversa, es decir, arrastrar hacia una situación desfavorable a quien provocó la anterior, se benefició de ella o permaneció impasible ante la adversidad del prójimo.

Se trata, pues, de una frase proverbial de cierta enjundia filosófica que a modo de memento nos recuerda de la precariedad e inconstancia de las cosas y que el curso de los acontecimientos puede cambiar repentinamente, como mismo la suerte de los hombres está sujeta, quizás, al azar, a los dictados de la diosa Fortuna o al gobierno de fuerzas ignotas. “La vida da muchas vueltas” nos reporta la imagen del mundo, del globo terrestre, que rota incesante sobre sí mismo a la vez que sigue su trayectoria en torno al Sol. Pero al mismo tiempo nos sugiere el movimiento giratorio de una especie de “rueda de la fortuna” que a modo de una “gran ruleta cósmica” nos devuelve indefectiblemente el mal que causamos a los demás; nos retribuye y nos pone delante a situaciones, a veces no deseadas e insospechadas. A menudo viene precedida de otra expresión popular que dice: “Nunca digas de esta agua no beberé (porque la vida da muchas vueltas)”. Este uso guarda un tono de incerteza que bordea lo presagioso o la sugerencia. Dando a entender que por poco verosímil que parezca una situación imaginada, las cosas pueden cambiar, aún drásticamente, y favorecer que acontezca lo inesperado.

Esta frase proverbial se registra en el refranero popular español desde antiguo (aunque creemos que goza de proyección universal) en la forma: “Non digas aun desta agua no beberé”, generalmente unido a un razonamiento conclusivo que es el que motiva el aire sentencioso con que se pronuncia. En registros posteriores se solía variar la negación como una forma de reforzarla: “Nunca diga nadie desta agua no beberé”. El mismo Cervantes recurre a ella para expresar los cambios imprevistos que nos depara la vida y lo que le sucede a uno le pude pasar a cualquiera. Lo que da un valor sinonímico cuando no de refuerzo a la expresión comentada.

“La vida da muchas vueltas”, según el tono y contexto en que sea pronunciada, puede dotar al hablante de cierto aire “profético”, como si, aún en medio de la incertidumbre, insinuara algo que está por acontecer, o de un cierto bagaje que acaso lo inviste de la sabiduría que otorga la experiencia vivida, aunque este rol solo sea aparente y coyuntural. En otras ocasiones, dependiendo también de la circunstancia y entonación, puede mostrar un ceño admonitorio o de advertencia, incluso de subrepticia amenaza. En cualquiera de los casos, subyace la duda ante el destino y las vicisitudes de los acontecimientos que los convierte en contingentes. Y es esta contingencia ante el devenir la que hace incierta y precaria la vida misma, “porque la vida da muchas vueltas, y nunca se sabe