El sueño del tiempo es un buen ensayo a su manera, ameno, sin dejar de ser riguroso en ningún momento y, por si esto fuera poco, galería de arte, banda sonora, cartelera de cine y referencias literarias que nos acompañan de principio a fin, marcando el tempo de su lectura. Me había propuesto leerlo pausadamente, para evitar cierta suerte de entropía (desorden viene a significar, nos dicen López-Otín y Kroemer), entropía que parece rodear la vida de los que tenemos poco tiempo y acabamos deviniendo en náufragos del tiempo. Fue imposible. Tienen los autores la capacidad del rey Midas: convertir todos los temas que tocan —que no son pocos— en algo tan valioso como el oro. Debo advertir que, si el lector permite que el entusiasmo y la curiosidad se apoderen de su voluntad, está perdido. La lectura no acabará, ni muchísimo menos, cuando llegue a la última página; habrá dejado referencias sin consultar, curiosidades sin explorar y remedos de lecturas previas que deseará revisitar, eso sí, con una nueva mirada, guiada por “la flecha del tiempo”.

El texto está amenizado por innumerables curiosidades y hechos sorprendentes cuya mención no sólo es inviable hacer aquí, sino que privaría al lector del encanto de encontrárselos, tal que polvo de estrellas, a medida que avanza en su lectura. No obstante, como botón de muestra, me concedo la licencia de mencionar dos ejemplos: los seres inmortales que, según como se mire, efectivamente existen y, entre los relojes que el ser humano ha ido diseñando a lo largo de su ancestral labor de medir el tiempo, los de carácter sensorial, entre otros, los relojes de fuego aromáticos.

Con todo, estimo que lo más relevante de la obra se sitúa en el hilo conductor tramado con tanta maestría, que nos permite transitar, usando expresiones tomadas de la economía, desde lo macro hacia lo micro; desde el origen del universo, y por tanto del tiempo, hace alrededor de 14.000 millones de años, hasta nuestras células poniendo en marcha nuestros relojes biológicos. De este modo, vamos pasando de lo cosmológico, filosófico, mitológico y aun antropológico, a nuestras señas personales; nuestro tiempo cronológico (externo al organismo) y biológico (intrínseco), tan reales como la vida misma, mal que les pese a algunos físicos y filósofos que piensan que solo el presente es real y, en consecuencia, el flujo del tiempo es una construcción mental. López-Otín y Kroemer encuentran una solución de compromiso que ni aun los más escépticos tratarían de refutar: “El cerebro […] piensa la vida y sueña el tiempo” (p. 19).

Los pasajes que analizan cómo conceptualizamos el tiempo (incluyendo expresiones lingüísticas que resultan desconcertantes, en la medida en la que traducen más que palabras) abarcan desde la frontera del conocimiento científico hasta las demarcaciones antropológicas (o al revés). Y aquí, inevitablemente, me vino a la mente el Dreamtime (Tiempo del sueño, que no al revés) de los aborígenes australianos y sus trazos de la canción (tal y como los denominó el escritor de viajes Bruce Chatwin): melodías rituales que les permiten interconectar el territorio y respetar ciertos lugares como verdaderos santuarios; entenderse entre ellos, aun hablando distintas lenguas (la cadencia, en definitiva, el tiempo como intérprete del espacio); compartir permanentemente bienes simbólicos e intangibles (como el conocimiento; en su caso, la canción) y, en suma, ligar la espiritualidad de los orígenes (el Dreamtime o Tiempo del ensueño en términos menos literales) a algo tan terrenal como el suelo que pisan.

Denso e intenso dicen los autores que es el capítulo referido a las claves del envejecimiento. En mi opinión constituye todo un filón de oro para los profanos, ya que desentraña los mecanismos clave del envejecimiento, sirve de preámbulo imprescindible a las posibles formas de ralentizarlo que se tratan más adelante. Aquí nos ponen en la batea las pepitas de oro que el estado del arte en la ciencia permite extraer, con vistas a valorar las posibilidades de dilatar el tiempo biológico, desincronizándolo del cronológico; desde intervenciones como manipulaciones genéticas o de células y procedimientos farmacológicos, todas ellas de momento en fase experimental, hasta estilos de vida que apuntan maneras de favorecer la longevidad, con la ventaja de depender, en principio, de nuestras propias decisiones: entre otros, la restricción calórica —sin malnutrición—, el ejercicio físico moderado y dedicar suficiente tiempo al sueño. Conviene mencionar el acierto del enfoque interdisciplinar adoptado en el análisis de algunos de los temas tratados. Este es el caso de la historia del envejecimiento; todo un recorrido en el tiempo para explicar, incluso desde el punto de vista sociológico, el lugar que nuestros ancianos ocupan actualmente (o que les permitimos que ocupen) en nuestra sociedad. En esta línea, los autores adoptan un enfoque socioeconómico y una posición clara en terrenos en los que consideran que es posible y deseable la intervención en estos momentos, recordándonos que, entre las medidas para prolongar el sueño del tiempo, se precisa una reformulación de nuestras políticas, con estrategias como una regulación más estricta de la industria alimentaria o la educación para la salud.

Por último, las breves notas antropológicas incluidas en este libro (que pesa más o menos 552 gramos) simbolizan para mí el bonus track o pista adicional, es decir el regalo de la canción que representa este ensayo y que espero haber entendido más allá de los conceptos científicos con tanta claridad expuestos, en la medida en la que creo haber conectado con toda una filosofía del tiempo o, lo que es lo mismo, de la vida y, en definitiva, con un planteamiento ético que estoy segura de que a muchos nos dejará su impronta. Intuyo que esta obra será atemporal por mucho tiempo.