El mundo de la edición (por lo general y salvo contadas excepciones) no es consciente del papel civilizador que la traducción ha desempeñado a lo largo de la historia ni del modo en que ha contribuido al desarrollo de las distintas literaturas, de los géneros y de las lenguas. De ahí que tampoco haya valorado como debiera la labor del traductor, que sólo en el caso de los textos bíblicos y grecolatinos clásicos ha merecido cierto reconocimiento. Tampoco en las reseñas de prensa (y sólo algo más en las de las revistas) se destaca el logro o el fracaso del traductor. Lo que no deja de ser un dato significativo, ya que no es lo mismo leer a un autor en una traducción que en otra: la obra y la percepción de la misma varían. Recuerdo que una vez, en Viena, escuché a Juan Benet criticar duramente a Dostoievski por una frase que a él le irritaba, y alguien del público le preguntó si había leído al autor ruso en su propia lengua o en una traducción. Benet dijo que no sabía ruso y que lo había leído en traducción, a lo que la persona que le había preguntado replicó: “Léalo en ruso o en una buena traducción, y opine”. Creo que esta anécdota es un ejemplo que ilustra bien la necesidad de que haya buenas traducciones y también de que no todas las traducciones son iguales ni valen lo mismo.

Creo, y además lo he escrito, que el Taller de Traducción Literaria de la Universidad de La Laguna ha realizado una labor verdaderamente ejemplar, que debiera ser seguida y emulada por otras instituciones y universidades. En primer lugar, ha tenido un criterio estético en la elección de los textos; en segundo lugar, ha hecho lo que podríamos llamar “traducciones colaborativas” o “colegiadas”, que son una garantía de la calidad lingüística y poética de los traductores; en tercer lugar, ha dado a conocer entre los hablantes y escritores de nuestra lengua a poetas y prosistas de lenguas minoritarias y de acceso restringido o difícil. Eso —la calidad del autor y del texto elegido, así como la calidad de quienes han asumido la tarea de traducirlos— me parece el rasgo distintivo de una empresa hermenéutica y poética a la vez como es ésta, cuya solvente trayectoria celebramos aquí. Por eso mismo me resulta difícil, e incluso me atrevería a decir injusto, pronunciarme por una u otra de las versiones realizadas por el Taller durante un cuarto de siglo, ya que las he disfrutado con un placer igual. De no pocas de ellas me he ocupado en mis reseñas y, por mi vocación y formación, soy un entusiasta, por ejemplo, de los Tres poemas secretos (ocultos o escondidos) de Giorgos Seferis.

Ante la circunstancia de que el Taller de Traducción Literaria haya cumplido veinticinco años de actividad ininterrumpida debo expresar la admiración y el agradecimiento a cuantos lo han hecho posible.

Jaime Siles (Valencia, 1951) es poeta, filólogo clásico y traductor del alemán, el catalán, el francés, el griego, el latín, el inglés, el italiano y el portugués.