Los disturbios raciales que se extienden a lo largo y lo ancho de los Estados Unidos desde el infame incidente que provocó la muerte del afroamericano George Floyd a consecuencia de la brutalidad policial siguen provocando mareas de protestas entre los sectores políticos e intelectuales más proactivos de la sociedad norteamericana, al tiempo que intensifican el debate social sobre la necesidad de una revisión crítica de la memoria que, en forma de monumentos, piezas teatrales, películas, manifiestos políticos u obras literarias, han contribuido a exaltar la "gloriosa gesta" de la América esclavista y el consiguiente estado de segregación racial que comenzó a brotar desde los años fundacionales de la Unión.

Así pues, la respuesta popular no se ha hecho esperar: decenas de estatuas consagradas a personajes históricos vinculados con el tráfico de esclavos han sufrido reiterados ataques de colectivos antirracistas en su firme propósito por forzar a la Administración Trump a reconsiderar uno de los episodios más deplorables y dramáticos de la historia del país. Por lo pronto, uno de los grandes filmes icónicos del Hollywood clásico ya ha sido públicamente cuestionado por los propios promotores de la industria del espectáculo.

La omnipresencia en la conciencia colectiva de los estadounidenses -y en la del mundo global en su conjunto- de una producción de las características de Lo que el viento se llevó ( Gone with the Wind, 1939), de Victor Fleming, portadora de los valores culturales más reaccionarios y la prueba palmaria del dominio absoluto que ejerce la Meca del Cine como plataforma internacional de difusión de dichos valores es, posiblemente, el caso más emblemático de cuantos podríamos manejar ante la procelosa y muy contradictoria historia de la cultura contemporánea de aquel país, pero existen muchísimos más casos, y no solo en el ámbito cinematográfico, que ponen también blanco sobre negro las brutales contradicciones que han cohabitado a través de los años junto a una excelencia artística indubitable en lo que el gran ensayista y escritor ruso Ilya Ehrenburg bautizó como la fábrica de sueños. Mucha inmundicia al socaire de un arte vivo y luminoso.

De ahí la necesidad imperiosa de mantener una posición mesurada ante el hecho, fácilmente cotejable, de que películas como la de Fleming ofrecen, incluso desde la óptica del revisionismo, juicioso sin duda, al que está siendo sometida durante la segunda década del siglo XXI, razones muy poderosas para seguir admirándola como una pieza cinematográfica de primer orden. Esta afirmación, como la que nos lleva a reconocer la importancia que en el plano artístico tiene, pongamos por caso, El Álamo ( The Alamo, 1960), de John Wayne, otra de las grandes épicas hollywoodenses, marcada por el sesgo derechista de su director, el mítico protagonista de tantos westerns memorables y representante asimismo del ala más conservadora del Partido Republicano durante décadas -no olvidemos que también firma y protagoniza Boinas verdes ( The Green Berets, 1968), uno de los panfletos militaristas más execrables de la década de los sesenta-.

El Álamo, como Lo que el viento se llevó, defiende ideas políticas tan elementales como trasnochadas, aunque contiene un buen número de secuencias tan minuciosamente elaboradas, tan intensas y emotivas que consigue despejar cualquier juicio crítico que escape a su sólida naturaleza artística. Lo mismo podríamos argüir de El nacimiento de una nación ( The Birth of a Nation, 1915), de David W. Griffith, una megaproducción de clara matriz reaccionaria que intenta blanquear, sin el menor rubor, el papel histórico que jugó el Ku Klux Klan durante la Guerra de Secesión, aunque, eso sí, adobada con un tono visual capaz de seducir hasta al más impasible de los espectadores. De hecho ha pasado a los anales de la historia como uno de los filmes más innovadores y visionarios del cine mudo.

Por eso, reexaminar el pasado a través de los símbolos artísticos, ideológicos, sociales, religiosos o políticos que siempre nos lo han representado, constituye uno de los ejercicios intelectuales más saludables, reconfortantes y purificadores que puede practicar cualquier espíritu libre que aspire a algo más que a seguir mecánicamente las pautas trazadas por la historia oficial, tal y como nos la han contado desde la óptica de un idealismo de claros tintes maniqueos. En primer lugar, porque contribuye a sanear nuestras maleadas neuronas y en segundo lugar porque restaña cualquier prejuicio que podamos albergar en algún rincón de nuestro imaginario acerca de determinados patrones de comportamiento que muestran, pese a todo, una realidad parcialmente distorsionada.

Si siguiéramos rastreando la historia clásica y contemporánea del cine estadounidense a la luz de los sucesivos avatares de carácter social y/o político en los que se ha visto envuelto, descubriríamos infinidad de aspectos que nos aportarían datos la mar de reveladores acerca de las enormes contradicciones que han ido configurándolo a través de los tiempos, datos que ponen de manifiesto la frecuente bipolaridad en la que se han ido desenvolviendo muchos de sus creadores, fuertemente condicionados, no tanto como hombres que han elegido libremente su propia senda profesional y existencial como por ser hijos de una civilización que sigue zigzagueando en su empeño por encontrar su propia identidad cultural, lejos de los acontecimientos históricos que han condicionado su nacimiento y posterior desarrollo.

Porque si la solución es la demolición de esculturas -algunas, desde luego, sí justificarían la excepción- y la estigmatización de determinadas películas que integran, por su valía artística, y no por otra razón, el patrimonio fílmico nacional, ¿qué no haríamos, por ejemplo, con la espléndida filmografía de un cineasta como Elia Kazan, autor de rotundas obras maestras, como Pánico en las calles ( Panic in the Streets, 1950), Un tranvía llamado deseo ( A Streetcar Named Desire, 1951) o La ley del silencio ( On the Waterfront, 1954), esta última realizada tras sus polémicas y bochornosas declaraciones realizadas ante el Comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy; o como Edward Dmytryck, autor asimismo de piezas cinematográficas de la categoría de Encrucijada de odios ( Crossfire, 1947), Historia de un detective ( Murder, My Sweet, 1944) o El árbol de la vida ( Raintree County. 1957), que también testificó ante el mismo Comité senatorial contra sus antiguos camaradas del Partido Comunista Norteamericano?¿Hacerlas desaparecer o quemarlas en un enorme pira ante la fachada de cualquiera de los míticos estudios del coloso hollywoodense. Pese a sus ignominiosas actitudes, películas como las citadas merecerían, naturalmente, otro destino.