Hay una famosa sentencia romana, Tempus fugit, que significa que el tiempo se escapa, que se nos va de las manos, y que hoy tiene que ver con toda esa gente a la que, la crisis del covid-19, está dejando atrás gracias a la lentitud de los gobiernos, cabildos, y ayuntamientos en general.

En este cruce de caminos en que nos encontramos, cuando tenemos que aprender a dejar que se vaya el mundo de antes de la pandemia, y asumir que ese mundo ya no volverá a ser igual, al menos en las ciudades, en los espacios públicos que habitamos, en la arquitectura, en el movimiento entre nosotros los ciudadanos, resulta que el agobio que sentimos es cada día mayor porque todo sigue casi igual en la Administración. Y, sin embargo, lo que más preocupa en general a la Función Pública son sus derechos y no el hecho de querer empezar a construir ya ciudades resilientes, porque el tiempo se va, y muchas personas no podrán participar de esa nueva vida porque sus gobiernos no llegarán a tiempo para ellas.

Dar para que te den

Es como en las relaciones personales, cuando una de las partes no da todo lo que debe dar, en este caso el amante podría ser el gobierno (todos, los alcaldes, los presidentes de cabildo, de comunidad autónoma, cada funcionario en su puesto de trabajo), y es a veces un amante que, de repente, nada más empezar una relación (una vez es nombrado cargo público), nos decepciona, nos deja de lado, nos da largas. Y entonces el país, los ciudadanos, la otra parte de la relación, el otro amante, llena su agenda con otras cosas, con las que puede, se busca la vida, porque ese amante (el gobierno que nos debería cuidar y atender, porque está ahí solo para ocuparse de nosotros los ciudadanos), no está. Y esa relación de confianza se rompe. Desgarra y ya no se espera nada. Se pierde la confianza en el sistema, en la capacidad de comunicación real, de igual a igual, en la capacidad de reacción, de logística, de planificación, de pensamiento racional y adecuadamente veloz a las circunstancias. Solo queda esperar y esperar.

Recuperar esa confianza es difícil. Y esto es lo que está pasando (como pasó en 2008) en el mundo de los arquitectos. La arquitectura, en general, sabe que, en la actualidad, en España, no hay ninguna Angela Merkel que esté ahí para cuidar de nosotros (me incluyo en el colectivo porque me siento parte de lo que se hace y deshace en arquitectura, y ciudad y urbanismo, en este país y en el mundo), para acompañarnos en el camino. Sabemos que no podemos dormir tranquilos. Somos rehenes de un gobierno lento y confuso. Muy corto de miras en materia de arquitectura y resiliencia y en lo que necesitamos no solo los arquitectos, sino la ciudadanía en general, porque, al fin y al cabo, el colectivo de arquitectos debe trabajar para la sociedad en su conjunto, pero de la mano de lo público.

En relación con lo de no dejar a nadie atrás, la profesión de los arquitectos no podría estar peor situada en este país en este momento. Siguiendo con los romanos, Ulpiano (uno de los grandes juristas del imperio) decía que "El Derecho consiste en tres reglas o principios básicos: vivir honestamente, no dañar a los demás y dar a cada uno lo suyo".

Qué importante sería ahora dar a cada uno lo suyo a tiempo. Y qué duro es saber que eso no sucederá. Y que tendremos —como en 2008— que volver a emigrar, o abandonar la profesión, abandonar nuestro país, y así también dejarle a su suerte en esta materia, dejar España, Canarias, de nuevo, inacabada, como inacabadas e incompletas están tantas obras, tantas esquinas de nuestras islas.

Menos mal que, en este mundo que ya es global-global, también las nuevas ideas vuelan por los espacios digitales, y descubrimos otras realidades, otras velocidades. Corea vuelve a ser ejemplo, al convocar su nueva bienal de arquitectura. Toda la convocatoria de esta bienal coreana se inspira en que las ciudades del mundo se han enfrentado a una pandemia sin precedentes, que mostró cuán interconectados estamos y cuánto dependemos unos de otros, a pesar de los límites geográficos que nos separan. El punto de partida es entender que estamos en una intersección de dos ejes perpendiculares principales (una encrucijada) que evoca el Cardus romano (camino norte-sur) y Decumanus (camino este-oeste): ¿cuál seguir?

*Abogada, doctora en arquitectura. Investigadora de la Universidad Europea