24 de enero de 2020
24.01.2020

"Las mujeres han tenido que pagar muy caro su anhelo de libertad"

Aitana Sánchez-Gijón (Roma, 1968) se atreve por primera vez con la danza en el espectáculo 'Juana', un montaje dirigido y coreografiado por Chevi Muraday, en el que la palabra tiene también su peso específico

23.01.2020 | 20:41
Aitana Sánchez-Gijón, en uno de sus papeles.

Juana es su primera incursión en la danza. ¿Qué la movió a meterse en este proyecto de Chevi Muraday?

La curiosidad y la necesidad de utilizar el cuerpo de una manera más global me fue surgiendo poco a poco a raíz del trabajo que hice con Andrés Lima, primero en Capitalismo y después en Nerea y a través del trabajo de laboratorio y de investigación que fuimos haciendo, en el que participó gente del mundo de la danza y del circo. Hacíamos mucho trabajo corporal y fui sintiendo esa necesidad de utilizar todo el instrumento de una forma más total. Entonces vi un espectáculo de Chevi Muraday que se llamaba En el desierto, en el que había actores que bailaban y bailarines que actuaban y pensé: 'Esto es lo que yo quiero'. Fue como una revelación. Tiempo después me encontré en un estreno a Chevi y le dije: 'Quiero hacer algo contigo, hazme bailar'. Y me contestó: 'Ten cuidado con lo que propones porque yo recojo el guante' y, en efecto, poco después me vino con la propuesta de 'Juana'.

¿Ha sido complicado para usted combinar movimiento y palabra?

Sí, mucho. Aunar palabra y movimiento fue la parte más difícil, tanto es así que yo sentía que mi cerebro entraba en cortocircuito. Al principio no daba pie con bola y fue bastante desesperante, pero, a fuerza de ensayar y repetir, finalmente salió. Ten en cuenta que desde que Chevi me hizo la propuesta hasta el estreno de Juana, el pasado octubre, hemos estado quedando durante más de un año y medio para bailar juntos, explorando cuáles eran mis capacidades, mis posibilidades y el lenguaje común que podíamos encontrar. Poco a poco se fueron integrando el resto de miembros del elenco hasta crear esta conciencia grupal en la que yo me podía desenvolver sin parecer un elemento extraño, teniendo en cuenta que ellos utilizan su cuerpo como lo hacen los bailarines de contemporáneo y yo lo que hago es expresarme con él.

¿Juana tiene más de danza o de teatro?

El mayor peso de la palabra lo llevo yo, porque además doy voz a todas esas Juanas, pero ellos también utilizan, en menor medida, la palabra. En mi caso, el movimiento y la palabra están al cincuenta por ciento.

Usted da voz en esta obra a Juana de Arco, Juana la Loca, la Papisa Juana, Sor Juana Inés de la Cruz y Juana Doña. ¿Qué tienen en común todas ellas, además del nombre?

En realidad el hecho de haberlas escogido es porque realmente es muy llamativo que, a lo largo de la historia, haya habido Juanas tan singulares, importantes y heroicas. Pero realmente el nombre de Juana puede englobar a todas las mujeres que se han rebelado contra su destino, que han luchado por derribar muros o que simplemente se han opuesto al orden establecido para ejercer su libertad y atreverse a ser. Eso es lo que tienen en común, que todas ellas tuvieron esa valentía, ese impulso y esa necesidad de ser por encima de todo y algunas de ellas, no todas, tuvieron que pagar un precio muy alto para conseguirlo. Las mujeres, en general, a lo largo de la historia, han tenido que pagar muy caro su anhelo de libertad.

¿Tiene un cariño más especial por alguna de estas Juanas?

Bueno, quizás el personaje que me toca más es el de Juana Doña, porque es el que está más cerca en el tiempo y porque yo tuve un padre que vivió la lucha antifranquista y, como ella, pasó un tiempo, no tanto, en la cárcel porque era comunista y se exilió en Roma. Hay ahí algo emocional que me liga con Juana Doña.

¿Qué papel tienen los hombres en este montaje?

Por un lado, los hombres son como una manada que oprime, sojuzga, castiga, amedrenta y coarta la libertad de estas Juanas, pero también se convierten, por momentos, en una manada de lobos que las acompañan y les lamen las heridas. No queríamos hacer una función de malos y buenos o un alegato feminista en el que las mujeres son víctimas de los hombres y punto y final. Queríamos hacer una reflexión que fuera mucho más allá y, en realidad, los textos escogidos por Juan Carlos Rubio y Chevi Muraday apelan a eso. La lucha a través del tiempo de estas Juanas se puede extrapolar. Es una lucha por la libertad, en este caso encarnada por las féminas porque han sufrido mucho a lo largo de la historia por el solo hecho de ser mujeres.

¿Tildaría la obra de feminista?

Sí, lo es profundamente. Otra cosa es querer hacer una cosa panfletaria. Estamos en el terreno del teatro, de la danza, de lo poético, de lo existencial, de lo profundo y de lo complejo. A mí el arte me interesa para expresar sentimientos y emociones, inducir a la reflexión y mostrar la complejidad de la vida y por eso es un texto político también.

El año pasado protagonizaba La vuelta de Nora con un papel de otra mujer rompedora...

Nora es otra Juana. Yo llevo haciendo Juanas muchos años, también Medea; Hécuba, de Troyanas, o La Chunga. No importa el nombre que les pongamos. Desde hace tiempo siento atracción por este tipo de personajes que se atreven a desafiar el orden establecido.

¿Les queda a las mujeres en cine, teatro y televisión mucho terreno por luchar para conseguir la igualdad con los hombres?

Sí. Yo como actriz he padecido en mis carnes el hecho de, a partir de una edad determinada, dejar de de ser la chica de la película para convertirme automáticamente en la madre de la protagonista o en un satélite de los personajes masculinos. Pero te digo, de todos modos, que esto ahora está empezando a cambiar un poco. Creo que influidos por todas estas series maravillosas que nos llegan de Estados Unidos y de otros países en los que las mujeres van cobrando más protagonismo, también las maduras. Y ya vemos en nuestra ficción como hay esta proliferación de series con personajes femeninos cada vez más interesantes de todas las edades.

Últimamente la hemos visto más en teatro y series que en cine, no sé si es algo circunstancial...

No sé a que obedece, pero noté un escalón clarísimo a partir de los 35 años y a partir de los 40 ni te digo. En los últimos diez años he hecho una película y alguna colaboración. Si yo solo hubiera dependido del cine, realmente me tendría que haber retirado. Si no fuera porque en el teatro tengo la suerte de encarnar a personajes complejísimos y fabulosos y que en televisión han estado contando conmigo, pensaría que yo solo era una cara bonita que funcionó mientras el sistema consideró que era objeto de deseo y que en el fondo no era buena actriz. Pero afortunadamente mi carrera ha ido por otros derroteros y tengo la autoestima muy bien porque tengo una carrera teatral inmejorable y en televisión he tenido la oportunidad de hacer papeles muy potentes y satisfactorios.

Lleva haciendo teatro toda la vida. ¿Qué significa para usted este arte?

Es como el útero, la madre, el espacio sagrado en el que se produce ese ritual mágico y ese pacto tácito con el espectador de viajar juntos en el tiempo y en el espacio a través de una historia, compartiendo el mismo instante. Es un espacio de catarsis, de reflexión, de emoción y también de riesgo. Es una sensación muy límite lo que siento cuando me subo a un escenario.

Usted fue la primera mujer en presidir la Academia de Cine. ¿Qué le aportó esa experiencia?

Amplió mi punto de vista y me hizo entender la profesión desde todos los ángulos. Yo tenía mi punto de vista de actriz, pero junta tras junta, pude hacerme consciente de la problemática y de las circunstancias de cada uno de los los oficios de esta industria.

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