De Kim Young-ha (1968) suele pregonarse que su narrativa busca nuevas formas para la novela surcoreana. Pero, a decir verdad, sobra el gentilicio y el verbo es erróneo, porque lo que ha hecho Kim desde que debutó en 1996 con Tengo derecho a destruirme es encontrar nuevos modos de narrar. Quién sabe si mañana seguiremos aquí, la última de sus novelas y la única traducida al castellano junto con la citada, es una escalofriante historia sobre un asesino en serie enfermo de alzhéimer que, tras largos años de inactividad, decide volver a la acción para proteger a su hija. Articulada en fragmentos, alguno de apenas una línea, ninguno de más de dos páginas, la novela, tocada aquí y allá por sutiles pinceladas costumbristas, recrea el oscuro universo de la mente del homicida, en el que nada acaba siendo lo que al principio parece. Pecado tonto perdérsela.