21 de septiembre de 2019
21.09.2019

Un 'Ocaso de los dioses' luminosamente nocturno

El prestigio del Campoamor de Oviedo ha crecido con este ciclo wagneriano, elogiado en los más diversos foros musicales. Las ovaciones a la conclusión de la

21.09.2019 | 01:18
Imagen de una función del 'Ocaso de los dioses', en el Teatro Campoamor de Oviedo.

tercera función del drama final, tras cinco horas en el teatro, hablan por sí solas

Ver lleno el Campoamor en la tercera de cuatro funciones de El ocaso de los dioses me trajo a la memoria la controversia en torno a la primera incursión de la Ópera ovetense en el mundo wagneriano, con una producción excelente de Tristán e Isolda. Hace de esto algunos años, muy pocos para no valorar la rapidez de la adopción que ha permitido producir lo más complicado y costoso del llamado "Canon de Bayreuth": la tetralogía El anillo del nibelungo que muy contados teatros españoles (Madrid, Barcelona, Bilbao y Sevilla, con la única excepción de Valencia y, ahora, Oviedo) presentan en escenografías no alquiladas o coproducidas.

Este Ocaso consuma la apuesta ganada por la anterior directiva, la de Jaime Martínez en la presidencia y Javier Menéndez en la dirección artística, asumida con apasionada solvencia por la actual de Juan Carlos Rodríguez-Ovejero y Celestino Varela, ambas con el decisivo apoyo de la Fundación EDP y la cooperación de entes públicos, empresas y patrocinadores particulares.

El prestigio del Campoamor, contrastado en todo el país, ha crecido con este ciclo wagneriano, elogiado en los más diversos foros musicales. Las ovaciones que presencié -y compartí- al final de la tercera función del drama final, tras cinco horas en el teatro, hablan por sí solas: indiscutiblemente, Oviedo es una ciudad wagnerista y tal vez proyecte una Sociedad Wagneriana como las casi doscientas que ya existen en las urbes más cosmopolitas, y también las más insólitas de los cinco continentes.

Señas diferenciales

Son numerosas las señas identitarias del Wagner ovetense. Entre ellas, una tan decisiva como la de hacer virtud de la necesidad. Los problemas físicos, tecnológicos y, en menor medida, acústicos del Campoamor, son bien conocidos y esperan soluciones nada fáciles. De otra parte, producir escenografías competitivas con las de los primeros teatros del mundo es un deporte prohibitivo y no siempre legitimador de los precios de las localidades. La tetralogía ovetense comenzó con ese modelo y supo evolucionar hacia la esfera digital, no solo representativa del videoarte de nuestro siglo XXI sino propicitoria de recursos prácticos tan importantes como el de recuperar las plantillas instrumentales de imposible acomodo en el foso del Campoamor.

En el Sigfrido de 2017, la orquesta en escena ya sonó wagneriana en plenitud. Este Ocaso de los dioses de 2019 ha sabido aprovechar el tesoro cultural de las dos orquestas profesionales que residen en la ciudad: la OSPA y la Oviedo Filarmonía. Ocupan un segundo plano del escenario a lo largo de su mejor dimensión, que es la gran anchura de boca. La edición que poseo de la partitura recomienda algo más de 120 atriles. No sé cuántos salen a escena en Oviedo pero la sonoridad es plenamente satisfactoria teniendo en cuenta que el designio de Wagner no es el gran volumen, al que apela en momentos contados, sino las densidades armónicas y las polifonías simultáneas en las distintas secciones del colectivo.

El problema (ya típicamente ovetense) de cantar con la batuta a la espalda está muy bien resuelto en los ensayos, sin un solo desajuste. El maestro alemán Christoph Gedschold dirige con desahogo, sin volverse hacia los cantantes o el público. Su solvencia es manifiesta, como también la sonoridad idónea de cada pasaje, que en la escritura wagneriana no "rellena" un acompañamiento sino que es estructural por la combinación sucesiva o las mezclas leitmotívicas. Numerosas pantallas distribuidas en la sala permiten seguir de frente el trabajo directorial y constatar el sentido de los tempi batidos, las entradas del canto, la gama de intensidades, etc.

Videogramas

Las proyecciones videográficas en planos superpuestos, siempre en movimiento transformador de cada imagen, excluyen los límites de la "versión concierto" o semirepresentada. De hecho, el mixto de abstracción y simbolismo de ese imaginario flotante es tan creativo como para proponer un relato paralelo del drama, poético u onírico, y suplir con éxito la decoración inmóvil.

Así supera el equipo de Carlos Wagner y Fausto Morales el déficit espacial del teatro y el coste de los decorados corpóreos que cambian hasta seis veces en una producción convencional. La experiencia comenzó con el Sigfrido de 2017, pero en este Ocaso alcanza su punto ideal de madurez y belleza, con despliegue imaginativo y calidad de realización dignos de premio en cualquier certamen de videoarte. Obviamente, la cromática se limita casi siempre al gris sobre negro para lograr la mayor definición de la narrativa digital. No hay colores ni luz diurna pero el iluminador Alfonso Malanda se las arregla para que la noche permanente no desdibuje los perfiles emblemáticos de los personajes; al contrario, en escena y en el frecuente uso del pasillo central de la sala, todo parece remedar la vida de los sueños.

Magnífico cartel

No menos relevante es la entidad de los cantantes, con cuidadosa selección de las voces más jóvenes y enteras del momento, sea cual sea su lugar en el ranking internacional (que tan ingratas sorpresas depara en ocasiones). El indiscutible rol protagonista, Brunilda, suena grandioso en la interpretación de la soprano suiza Stephanie Müther, dominadora del volumen, la respiración, el fraseo y las exigencias dramáticas. Siempre va a más en el canto épico que exige este Wagner simbolista. Su Starke, Scheite, la escena final de la inmolación, es conmovedora sin merma del estilo. El público la vitorea con entusiasmo.

Escuchamos al mismo Sigfrido de 2017, el ruso Mikhail Vekua, un cañón de voz que seduce por su generoso y muy comunicativo sonido de tenor heróico, así como por el dinamismo escénico. Excepcionalmente grande y noble la voz del barítono israelí Boaz Daniel en un Gunther que suele sonar en volúmenes de menor entidad. Por físico y color vocal es igualmente espléndido Hagen del bajo ruso Taras Shtonda, sinuosa e inquietante exégesis de la perversidad. De lujo la Gutruna de la soprano Berna Perles y la Waltrauta de Agnreszka Rehlis, espléndida de expresión y medios en la gran escena con Brunilda. Y, cerrando el reparto, justo apluaso a la calidad y precisión polifónica de las tres Nornas (Cristina Faus, Sandra Fernández y Perles), y las tres Hijas del Rin (Vanessa Goikoetxea, Marina Pardo y Marina Pinchuk).

El Coro masculino de la Opera de Oviedo, con la colaboración de Intermezzo, borda su brillante parte del segundo acto desde los pasillos laterales de la platea. Es la única página coral de toda la Tetralogía y se espera siempre con expectación. En este caso, la unidad, la juventud vocal y el acento satisfacen la mayor exigencia.

Es muy difícil salir del Ocaso de los dioses con una satisfacción sin fisuras, pero la versión asturiana la propicia en plenitud afrontando una apuesta de riesgo: la admirable superación del espacio insuficiente.

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