08 de septiembre de 2019
08.09.2019

"Preferiría no hacerlo"

La enigmática expresión de 'Bartleby, el escribiente', el cuento magistral de Herman Melville publicado en 1853, sigue viva en el bicentenario del nacimiento del escritor

08.09.2019 | 00:34

El enigma literario de Bartleby, el escribiente, el cuento magistral de Herman Melville (Nueva York, 1819-1891), aloja tantas posibilidades diversas y certeras de lectura que, dos siglos y medio después de su publicación en 1853, su insólita renuncia pasivo-subversiva continúa nutriendo la incógnita de por qué Bartleby "preferiría no hacerlo". Este personaje singular nace de la herida abierta de su autor, de quien el 1 de agosto se conmemoró el bicentenario de su nacimiento y quien, pese a su consagración en la historia de la narrativa universal, murió abismado en el fracaso, la pobreza y el olvido ante el naufragio comercial de su obra magna, Moby Dick (1851). En este sentido, Bartleby, el escribiente se erige en el quejido frágil e inmortal de este escritor norteamericano que, en las antípodas de la odisea desesperada de su capitán Ahab en pos de la ballena blanca, concibió luego a un humilde copista que sucumbe a la nada hasta apagarse lentamente.

En homenaje al 200 aniversario de Melville, la editorial Nórdica Libros publica una cuidada edición ilustrada en cartoné de Bartleby, el escribiente, arropada con dibujos de Javier Zabala, Premio Nacional de Ilustración en 2005, que recrea el universo frugal de este amanuense, parapetado tras un alto biombo verde con vistas a un muro de ladrillos en un rutinario bufete de Wall Street.

Precisamente, el título original del cuento, Bartleby the Scrivener: A Story of Wall Street, incluye este último anexo, Una historia de Wall Street, para situar la naturaleza paródica de este retrato del aislamiento y la deshumanización en los prolegómenos del capitalismo en la sociedad estadounidense, como prefiguró, apenas un siglo después, el maquinismo voraz de Tiempos modernos, de Charles Chaplin (1936). Sin embargo, aunque el relato de Melville también transita entre el humor, el surrealismo y el delirio, los derroteros de Bartleby rayan el existencialismo que, en palabras de Jorge Luis Borges, su traductor canónico al español, prefiguró a Franz Kafka, pues la renuncia simple del escribiente encierra los conflictos más hondos del alma humana.

La tímida expresión renuente de Bartleby hila este conmovedor relato que transcurre en un despacho de abogados situado en un piso alto del número X de Wall Street y que regenta un prestigioso abogado en calidad de narrador testigo intradiegético. Esta voz sin nombre ?a diferencia de Bartleby, cuyo nombre constituye casi su única referencia biográfica? describe con minuciosidad el escenario previo al advenimiento del protagonista: en su oficina emplea a dos copistas y un chico de los recados, apodados Turkey, Nippers y Ginger Nut, en función a sus respectivas excentricidades, y que, en conjunto, comparten su aplicación silenciosa a las tareas y su escasa inclinación al entusiasmo poético. Pero la sobrecarga laboral motiva el requerimiento de un cuarto empleado y es entonces cuando, ante la puerta, emerge Bartleby, "esa figura pálidamente pulcra, lamentablemente decorosa, incurablemente desamparada".

Su adaptación primera resulta exitosa, puesto que "escribía extraordinariamente" y "trabajaba día y noche, copiando, a la luz del día y a la luz de las velas". Sin embargo, una mañana, cuando el abogado-narrador solicita el examen de un breve escrito, Bartleby, sin moverse de su ángulo, con una voz singularmente suave y firme, replica: "Preferiría no hacerlo". Desde entonces, esta sentencia jalona la deriva del comportamiento impasible del nuevo escribiente, quien, ante cualquier nueva solicitud, examen o mandato, responde que "preferiría no hacerlo" y, si bien el uso del verbo "preferir" contradice cualquier signo de obstinación, contumacia o dogmatismo, su decisión se muestra irrevocable.

Esta "conducta extraordinaria", en palabras del narrador, desata la consternación de todos sus compañeros de oficina, que tildan la respuesta del escribiente de "resistencia pasiva, capricho de mula o portentosa mansedumbre". Sin embargo, su superior, pese a la perplejidad, el desconcierto y algunas "cóleras espasmódicas", experimenta no sólo una creciente compasión hacia este hombre de "rostro enjutamente sereno y ojos grises" sino que, incluso, pese a desobedecer ?o preferir no obedecer? sus órdenes, manifiesta "una confianza singular en su honestidad". Pero Bartleby seguirá prefiriendo no hacerlo, y todo lo demás es silencio.

¿Y qué esconde la réplica de Bartlebly? La mayoría de los cuentos memorables en la historia de la narrativa breve universal se sustenta en un enigma: por qué los intrusos invaden las estancias ajenas en Casa tomada, de Julio Cortázar; por qué Neddy Merrill decide cruzar el condado de piscina en piscina hacia su casa en El nadador, de John Cheever; por qué la esposa se obstina en rescatar El gato bajo la lluvia en el cuento de Ernest Hemingway o, en este caso, por qué Bartleby preferiría no hacerlo. Pero en cada uno de estos clásicos literarios desfilan personajes solitarios que deambulan en el vacío y que emprenden una acción como huida o manifestación de otro deseo.

En este sentido, la renuncia de Bartleby suscita una multiplicidad de interpretaciones, que pendulan entre la melancolía, la abulia, la pasividad, la alienación, la impotencia, la indiferencia, la independencia, la rebeldía, la subversión, la negación, la desesperanza o la "voluntad de nada".

Esta última expresión articula el interesante ensayo Bartleby y compañía (Anagrama, 2000), del escritor barcelonés Enrique Vila-Matas, que toma la referencia de Bartleby para reflexionar sobre la pulsión negativa de lo que denomina como el "laberinto del No", en el que se internan aquellos escritores que, de pronto, renuncian a escribir y enmudecen para siempre.

Esta constelación de autores entreteje, a juicio de Vila-Matas, "la más atractiva y perturbadora tendencia de las letras contemporáneas" y en esta red de silencios desfilan figuras universales como Juan Rulfo, J. D. Salinger, Friedrich Hölderlin, Arthur Rimbaud o Carmen Laforet, entre muchos otros, que adujeron justificaciones tan diversas como las presiones externas, la pérdida del misterio, la sombra de la locura o el descreimiento en la propia vocación. Uno de los pretextos más creativos fue el que esgrimió Rulfo cuando, después de publicar El llano en llamas y Pedro Páramo, abandonó la literatura y, ante el estupor general, arguyó: "Es que se me murió el tío Celerino, que era el que me contabas la historias".

En su investigación, Vila-Matas sostiene que cada uno cultiva su propia versión del "tío Celerino", pues, al fin y al cabo, el conflicto entre escribir y no escribir es siempre un pulso contra uno mismo. Así lo revela Watt, el personaje forjado de escombros de dudas, creado por Samuel Beckett: "En mi vida sólo ha habido tres cosas: la imposibilidad de escribir, la posibilidad de hacerlo, y la soledad, con la que ahora salgo adelante".

Sin embargo, Vila-Matas concluye que sólo esta pulsión negativa o Laberinto del No, que se pregunta qué es la escritura y dónde está y cuál es su pronóstico, abre un camino hacia la auténtica creación literaria que está por venir. Esta es una de las paradojas lúcidas y rebeldes de los bartlebys, en consonancia con las palabras de Marguerite Duras, que suscriben que "escribir también es no hablar. Es callarse. Aullar sin ruido". En esta línea, en los Tres ensayos sobre Bartleby publicados en el apéndice de una reedición del cuento por parte de la editorial Pre-Textos (2005), el filósofo italiano Giorgio Agamben indica: "Como escriba que ha dejado de escribir, Bartleby es la figura extrema de la nada de la que procede toda creación y, al mismo tiempo, la más implacable reivindicación de esta nada como potencia pura y absoluta".

Por otra parte, la renuncia de Bartleby es también un pulso contra la autoridad en esta Historia de Wall Street, donde su derecho a preferir no hacerlo constituye un grito de dignidad que, en tiempos de explotación y precarización laboral, adquiere un valor casi revolucionario. El propio Albert Camus, ferviente admirador del cuento de Melville, declaró que "un hombre rebelde es un hombre que dice no", así que, bajo este prisma, Bartleby se erige en el último hombre libre que, desde su protesta sostenida hasta la inanición, nos recuerda que existe la posibilidad de no hacerlo.

Y en un plano más filosófico, la seducción de la nada encierra también un conflicto existencialista o identitario en cuanto a que el inmovilismo de Bartleby congela todas las expectativas y, a un tiempo, mantiene vivas todas las potencialidades de escritura y de vida. Sin embargo, el escribiente escoge la muerte como culminación absoluta de su libertad. Esta desesperanza serena atesora una clave en el único detalle biográfico que revela el narrador en el epílogo del relato, que responde al rumor de que Bartleby, antes de recalar en su oficina, se desempeñó como subalterno en una oficina de cartas muertas que debía clasificar día tras día y arrojar a las llamas. ¿Cuánto revela acerca de la melancolía de Bartleby esa avalancha de letras con rumbo a ninguna parte, sin respuesta al otro lado del buzón?

Con todo, quizás Bartleby, el escribiente no sea sino un trasunto de su propio creador que, esquinado por un rígido sistema comercial que rechazó la epopeya ballenera más monumental jamás escrita, optó por escribir desde los márgenes del éxito y el fracaso. "Melville prefiere no escribir una novela cuyo narrador prefiere no hacer literatura acerca de un escribiente que prefiere no escribir", glosa el filósofo José Luis Pardo en el citado ensayo de Pre-Textos. Por tanto, la renuncia silenciosa de Bartleby constituye el reverso de la obsesión encarnizada de Ahab: ambas leyendas representan un anhelo de plenitud que no alcanzaron ni el escribiente, ni el capitán, pero sí las letras.

Pero todas estas digresiones no son sino lágrimas en la lluvia de interrogantes que suscitan, todavía hoy, los personajes del inmenso océano literario de Melville y, si pudiéramos retrotraernos dos siglos y medio para resolver su enigma, en el fondo, preferiríamos no hacerlo.

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