11 de agosto de 2019
11.08.2019

Diarios de un viaje en el tiempo

La cámara recopila durante casi cuatro años los lugares más recónditos de la antigua Birmania, desde desiertos hasta junglas

11.08.2019 | 03:25
Chang Woodoo, budista de etnia Siamese. Trabaja como barman en el Happy Bar en Khao San, calle de referencia para mochileros en Bangkok.

Llegué para fotografiar una de las dictaduras más largas del mundo y acabé seducido por la riqueza étnica y cultural de Myanmar. Myanmar, la antigua Birmania, es un país compuesto por casi 150 grupos étnicos que hablan más de 100 idiomas y practican casi todas las religiones conocidas, incluidas centenares de sectas. Tienen guerrillas paramilitares en los cuatro puntos cardinales enfrentadas al gobierno (dirigido por la etnia mayoritaria de los Bamar) de la manera más feroz. Y ostentan el triste récord de protagonizar la guerra civil más duradera del mundo. Un conflicto que comenzó en febrero del año 1961, entre el KIA (Kachin Independence Army) y el Tatmadaw (Fuerzas Armadas de Myanmar). Por otro lado, el país carece de infraestructuras básicas como carreteras, lo que convierte los pueblos que componen la nación, en pequeñas islas en medio de la selva. Esto propicia que los diferentes grupos étnicos, por desconocimiento, se demonicen los unos a los otros.

Establecido en medio de este panorama, me planteé desde mi humilde atalaya de extranjero y fotoperiodista, hacer algo que pudiera contribuir al conocimiento entre los distintos grupos étnicos. Centrándome en fotografiarlos y mostrar, tanto a ellos como al resto del mundo, su humanidad y forma de vivir. Para combatir el desconocimiento entre grupos indígenas que tanto miedo y tensión generaba. Con este objetivo, comencé un trabajo que me ha llevado en torno a diez años Face Oblivion [Enfrentando el olvido], un proyecto que surgió cuando vivía en Myanmar, la antigua Birmania, en el año 2011.

La cámara me llevó durante casi cuatro años a los rincones más recónditos de Birmania, desde los desiertos de Bagan, capital religiosa de la nación, hasta las junglas de Laiza, pasando por Putao, donde nace la cordillera del Himalaya. Durante esta etapa, para poder financiar el proyecto trabajaba a su vez para varios medios de comunicación internacionales, colaborando en reportajes sobre los cambios sociopolíticos que estaban sucediendo en el país. Lo que no imaginaba por entonces, es que esta labor acabaría truncando mis planes.

Levantamiento de sanciones

Tras el levantamiento de las primeras sanciones por parte de EEUU y la UE en el 2012, los birmanos comenzaron a perder el miedo al dictador y a soñar con ser libres. Las manifestaciones se multiplicaban a lo largo y ancho del país, ser testigo de una de ellas provocó que me deportaran por primera vez. El 11 de Febrero del 2015 cubría una manifestación en la región de Ayyarwaddy, en el suroeste del país, junto con otro compañero fotógrafo. Ambos llevábamos dos días siguiendo a un grupo de estudiantes birmanos que venían andando desde sus pueblos, para unirse a una gran manifestación, en Rangún ese mismo fin de semana. Habíamos pasado varios días con ellos y fotografiado veladas de convivencia nocturna en las que proyectaban como sería su país tras caer el último tirano del Sudeste Asiático. Nosotros, planeábamos donde íbamos a publicar el reportaje pero, la policía tenía otros planes para nosotros. A medio día de la tercera jornada un aparentemente simpático agente, se acercó a mi interesado por lo que hacía, mantuve la calma y mentí. Tenía un visado de turista porque es lo más sencillo y rápido para entrar al país y que no te vigilen constantemente. Le conté, que me había encontrado la manifestación y que estaba simplemente haciendo turismo, a lo que me respondió que estaba prohibido hacer fotos. Acto seguido, me di cuenta de que mi compañero Jony estaba siendo escoltado por otros dos agentes hasta el interior de una pick-up policial. Ya llevábamos varias horas aparcados en el exterior del aeropuerto de Rangún, metidos en aquel raquítico espacio cuando, Alex, el compañero de piso de Jony nos llamó para preguntarnos ¿qué estaba pasando?¿por qué la policía esperaba por fuera de su casa en el centro de la ciudad?

Jony, balbuceó una parca explicación temiéndose lo peor. Los agentes, nos entregaron a inmigración y lo primero que hicieron estos, que casi no hablaban inglés, fue pedirnos dinero. Supusimos ambos, que querían que les pagáramos para dejarnos ir. No fueron más que perjuicios, pues ya habíamos pagado otras veces para salvar situaciones complicadas. Nos pedían dinero para comprar los billetes a Tailandia y que nos marcháramos de su país lo antes posible y sin hacer ruido. Pasamos la noche en el suelo de la sala de espera, en un aeropuerto cerrado hacía horas, sin saber muy bien que iba a ocurrir con nosotros. Tras casi 24 horas, nos expulsaron sin sello de deportación y con la promesa de que no seríamos incluidos en la lista negra de periodistas. Más adelante descubriría que nos mintieron.

Pasé un mes en Tailandia, descansando y haciendo algunos encargos fotográficos mientras esperaba por la renovación mi pasaporte en la embajada de España en el país de las sonrisas. Sabía, que al cambiar de pasaporte tendría una nueva numeración y que Myanmar, aún no estaba demasiado informatizada. Si entraba por algún punto remoto del país y por casualidad, mi nombre, había sido incluido en la lista negra, no saltaría la alarma que impediría que continuara mi ambicioso proyecto. Después de haber entrado a través de China de manera ilegal y pasar dentro un mes con los rebeldes Kachin, aquello no me parecía demasiado arriesgado. Así lo hice y no tuve ningún problema.

Durante 28 días estuve centrado en fotografiar, recorriendo la frontera con India en busca de algunas de las tribus más inaccesibles de esa zona del mundo. Mi compañero de viaje era Ko Sai, un birmano de casi dos metros, que había pasado de traductor a amigo después de años viajando juntos. Estaba realmente encantado de que aquello no hubiese sido más que una anécdota para contar a mis colegas.

Ya en el aeropuerto de Rangún, dispuesto a marcharme y con la sensación de traerme en la mochila un buen material, comencé a fijarme en que un agente fronterizo me miraba demasiado, de pronto me asaltaron las dudas. ¿Me habrán pillado? Intenté convencerme de que era imposible, había muchos Arturo Rodríguez en España y el número de pasaporte era nuevo. Al llegar mi turno, caí en la cuenta de que habían cambiado el formato de pasaporte. ¡Madre mía! No le había prestado demasiada atención hasta ese momento. Ahora, en la cabecera de la página principal, muy pequeño pero visible, se leía algo así, este pasaporte es una copia por pérdida o substracción del anterior número. Un escalofrío me recorrió la espalda, todo el bello del cuerpo se puso de punta y mi cabeza no paraba de dar vueltas. Me reproché no haber cruzado por tierra, todo hubiese sido más sencillo en informal. La cara del agente cambió de pronto, me miró fijamente y me dijo: "Usted no debería estar aquí" Hacía dos años había pasado un fin de semana en un calabozo chino y no tenía muchas ganas de probar los Birmanos. Aquel tipo pequeño y con cara de pocos amigos me ordenó que esperara en un lado mientras hacía una llamada. Tras pocos minutos, aparecieron una serie de personajes que parecían sacados de una mala película de artes marciales que me llevaron hasta la habitación donde pasaría las próximas 48 horas. Me hicieron todo tipo de preguntas y revisaron todo mi material mientras, trataba de explicarles que lo que hacía era turismo. No me trataron especialmente mal a parte, de darme la comida y el agua justa y luego cobrármela a precio de un restaurante con estrella Michelin. Cuando me estamparon el sello de deportación en el pasaporte, supe que esta vez si que me costaría regresar.

Justo cuando volvía a Tailandia, me llamó un buen amigo diciéndome que tenía un buen trabajo para mi en Canarias, por el que me pagarían bien. Se trataba de seguir a Fernando Clavijo, en aquellos tiempos, candidato a la presidencia del Gobierno de Canarias. Pensé, ¿por qué no? Nunca me había interesado demasiado la política pero, imaginé que sería una experiencia interesante y bien pagada. Al cabo de unas semanas me ofreció quedarme si ganaba las elecciones. A pesar de mis reticencias iniciales, decidí que tal vez había llegado el momento de hacer una pausa con Asia.

Un año y medio después estaba de nuevo en Bangkok pidiendo otro visado para entrar en Myanmar, se acababan de celebrar las primeras elecciones democráticas en el país desde el año 62 y aunque aún no se había conformado gobierno, me había dicho un colega de profesión que, justo antes de los comicios habían eliminado la lista negra en una muestra de buena voluntad por parte de la dictadura. Era cierto y conseguí el entrar de nuevo.

Tramitando un nuevo visado

En agosto del año pasado, traté de tramitar un nuevo visado por internet con la intención de ocupar mis vacaciones en mi historia interminable, me lo denegaron. Hablé con el mismo amigo periodista y me comentó, que el nuevo gobierno "democrático" había decidido recuperar la maldita lista. No me lo podía creer. Aún así compre un billete a Tailandia y me presenté en la embajada. Me lo denegaron de nuevo y me echaron a la calle a empujones, con la advertencia de que no volviera a pisar nunca, ni su país ni una de sus embajadas o tomarían medidas más drásticas. No estaban fanfarroneando, lamentablemente hay muchos periodistas encarcelados en este nuevo y democrático país agasajado por Occidente.

Tras un par de días en shock, me recompuse y decidí dar un giro al proyecto mientras la situación en Myanmar siguiera igual y aquí, empieza la nueva historia. Recorreré nueve países de Sudeste Asiático, desde Papúa Occidental hasta Tailandia, para fotografiar los diferentes grupos étnicos que conforman esa parte del mundo, donde conviven mas de un millar de grupos humanos que han evolucionando durante de miles de años, algunos de ellos en total aislamiento. Puntualmente, cada domingo, podrán seguir mis aventuras al otro lado del mundo en estas páginas y en mis redes sociales.

Cuando lean estas líneas, probablemente estaré en Bangkok gestionando los primeros visados y permisos, será una semana interesante, de reencuentro con viejos amigos y donde tomaré las primeras fotografías en el norte de Tailandia.

La gloriosa sencillez en la cocina presume casi siempre del mismo argumento. ¿Hay algo mejor en el mundo que mojar un trozo de pan crujiente en la yema cremosa de un huevo bien frito? Ferran Adrià, cuando le preguntaron, fue el primero en asegurar que no, que nada era "más barato, sencillo e irresistible". Para vencer la tentación de la felicidad tranquila, fue también el primero en traspasar las fronteras creativas que nadie había alcanzado. Pudiera parecerlo pero no es contradecirse, simplemente se trata del propio engranaje de la vida que consiste en dar vueltas en busca de la perfección cuando ésta surge de una simple y modesta sintonía.

Aunque con un sentido universal, el pan en la yema de huevo puede considerarse también el símbolo de la cocina pobre que los italianos han elevado a categoría gastronómica con esa habilidad que tienen para extraer importantes conclusiones de las cosas más sencillas que otros dejan pasar de largo. La cucina povera ha existido y existe en Italia como en cualquier otro lugar del mundo pero nadie ha sido capaz de historiarla e ilustrarla como en Italia. España, sin haber acuñado un vocablo para definirla, mantiene una rica tradición en comidas económicas que han combatido las hambres. Nuestros tortos elaborados únicamente a base de agua y harina de maíz, fritos en la sartén; las sopas de ajo: agua, pan, ajo, pimentón y, según el lugar, huevo; las gachas, la ropa vieja, las migas de pastor, el salmorejo y el gazpacho, etcétera.

En Italia, antes de la Segunda Guerra Mundial, los que trabajaban en la tierra lo hacían bajo la mezzadria o mediería, un sistema de clases de propietarios de tierras y pobres agricultores que también ha pervivido en las tierras castellanas. La devastación de la guerra y sus consecuencias solo hicieron que los tiempos de los trabajadores agrícolas fueran más difíciles. De ese tiempo precisamente proceden algunas de las recetas que perduran e incluso han conseguido auparse en los grandes fogones, siendo adoptadas en algunos casos por las mesas pudientes.

La cucina povera, de los pobres o campesina se basa en la costumbre de no desperdiciar nada comestible y usar una variedad de técnicas simples para hacer que cada bocado sea lo más sabroso posible. El secreto está en el ingenio que se emplea en el uso de casi nada mientras se mantiene una reverencia por el todo. Una filosofía de vida que pese a la modestia está regida por ciertas leyes superiores que para aliñar una simple ensalada sugieren la participación de un avaro para que vierta el vinagre, un espléndido para el aceite, un sabio para la sal, un cuerdo para la pimienta y un loco para removerla.

Los mejores ejemplos de esta sencillez radical está en la acquacotta, una de las sopas más pobres ?agua, pan, aceite, algo de verdura y tocino, típico?, sustento de los butteri de las marismas toscanas al cuidado de las manadas. En la panzanella ?pan empapado en agua vinagre, tomate, cebolla, aceitunas y albahaca? que se come también en Toscana cuando llega el verano. Y el pan santo, fruto de sumergir un trozo de la hogaza en el caldo, cubierto por el cavolo nero (col) hervido y un chorro de aceite. "Corpo pieno, anima consolata", o lo que es lo mismo, estomago lleno, alma en paz.

Los campesinos buscaban en los bosques setas, verduras silvestres y hierbas de todo tipo. Cazaban jabalíes y conejos. Secaban las castañas y las molían para la polenta o para las crêpes que cocinaban en piedras sobre un fuego de leña. Aquí no se hacía otra cosa distinta, sin embargo los italianos fueron capaces de sembrar de épica gastronómica la cocina pobre. Ermanno Olmi dejó planchada en El árbol de los zuecos la imagen aquélla de la hambruna bergamasca de la porción de polenta fría y el queso; el maíz subsistencia de los campesinos cuando no existe apenas otra cosa que llevarse a la boca como ocurría en la desolada belleza de la película.

La polenta, que se cocía en grandes ollas, removiendo con la mescola (cuchara de madera) cada cinco minutos y por espacio de tres cuartos de hora desde que rompía el hervor, con el tiempo pasó a integrarse en los platos de la alta cocina. En cambio las sopas de pan que nuestras abuelas regaban de leche y comían con cuchara en un plato hondo acompañadas de un buen pedazo de mantequilla son historia que casi nadie recuerda.

Son muchas los factores, ambiente, clima y cultura, pero además de ello la ausencia de carne en la cucina povera los que en Italia contribuyeron al desarrollo de una tradición alimentaria basada en la variedad del producto vegetal, su gran contribución, con el impasto, al patrimonio culinario.

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