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El estado de salud en clave cultural

"Nos estamos perdiendo al 95% de los compositores de música clásica"

El director del Programa de Música de la Fundación Juan March, Miguel Ángel Marín, critica la excesiva representación del siglo XIX y de sólo diez autores, que acaparan el 25% de los conciertos

La música clásica cuenta con un público fiel. / Shutterstock

La música clásica cuenta con un público fiel. / Shutterstock

A pesar del reggaeton y el trap, la música clásica vive un momento de esplendor a día de hoy. Y es que "nunca antes en la historia se había escuchado tanta música clásica como ahora", aseguran los musicólogos. Sin embargo, el favoritismo hacia ciertos compositores está provocando la desaparición de autores desconocidos que a pesar de su valor artístico se ven relegados al olvido.

"Nunca antes en la historia ha habido tantas grabaciones, tanto repertorio y tantos autores disponibles para ser escuchados como ahora", confirma Miguel Ángel Marín, director del Programa de Música en la Fundación Juan March y profesor titular de Musicología en la Universidad de La Rioja. En plataformas digitales como Spotify, YouTube o Naxos -una audioteca especializada en música clásica-, podemos acceder a un golpe de clic a un extraordinario repertorio de piezas clásicas, lo que supone "una situación privilegiada, dado que nunca antes había sido tan fácil y tan barato el acceso a este tipo de música", enfatiza este experto.

"El programador debe asumir un riesgo y tratar de encontrar un equilibrio entre los compositores del corpus musical y otros autores más desconocidos"

Miguel Ángel Marín - Fundación Juan March

Asimismo, en los últimos treinta años, las estadísticas reflejan un incremento y una expansión importante en cuanto a oferta educativa, conservatorios y otros centros de enseñanza, así como en el número de estudiantes y de orquestas. Ahora bien, si ponemos el foco en la actividad concertística impulsada desde las instituciones musicales en España, se observa que al contrario de lo que ha sucedido con la música popular en vivo, se ha producido un descenso en el número de conciertos de música clásica en los últimos años.

En 2017, se apreció una ligera subida con la celebración de 15.420 actuaciones, un 3% más que el año anterior -consiguiendo una recaudación de 42,91 millones de euros-, pero lejos de las cifras que se manejaban en 2008, antes de la crisis económica, cuando se alcanzaron los 17.859 conciertos y los 45,29 millones de euros, según recoge el último Anuario publicado por la SGAE.

Conciertos: música popular versus música clásica

328,9millones de euros de recaudación

87.924conciertos

42,9millones de euros

15.420conciertos

«Obsesión» por los autores canónicos

Sin embargo, si hacemos un análisis del contenido de estos conciertos, la salud de la música clásica es preocupante. A través del big data, este investigador, autor del estudio 'Reto al oyente: cómo cambiar tendencias en la programación de la música clásica', pone de manifiesto una "tendencia excesivamente conservadora en términos de programación" no sólo en España, sino en el resto de Occidente. Los conciertos de música clásica se limitan a interpretar obras fundamentalmente del siglo XIX, cuando el término de 'música clásica' engloba prácticamente once siglos de música.

"Las primeras partituras datan ni más ni menos que de los siglos IX-X y sin embargo, hay una concentración obsesiva y desproporcionada en un periodo muy concreto; dentro de ese periodo, en unos autores muy concretos; y dentro de esos autores, en unas obras muy concretas", critica Marín, quien lamenta que "nos estamos perdiendo al 95% de los compositores de música clásica".

Después de analizar alrededor de 5.000 conciertos programados por 785 instituciones y celebrados en 283 ciudades de todo el mundo entre 2010 y 2015, este experto en musicología concluye que únicamente estaban representados en torno a 2.000 compositores. Y de esos 2.000, el 0,8% acaparaban más de la mitad de las interpretaciones. Además, de la lista de esos 33 compositores predilectos, en los diez primeros -lo que supone el 0,3% del total- se concentraban un cuarto de las interpretaciones musicales. Así, la lista está liderada por: Beethoven, Mozart, Bach, Brahms, Schubert, Debussy, Ravel, Tchaikovsky, Shostakóvich y Rachmaninov. "Son todos autores que cualquier melómano conoce perfectamente porque en términos estadísticos casi todos los programas tienen una obra suya", detalla.

Infografía realizada por Izaskun Garaizabal.

En resumen, señala, "la programación musical se condensa de forma desproporcionada y obsesiva es un grupo muy pequeño de compositores, y aunque puede cambiar un poco la lista en función de la ciudad, más arriba o más abajo, pero en conjunto son siempre los mismos y son todos del siglo XIX", advierte este experto. "Hay una anomalía, en la que yo le veo cierto peligro, porque es algo así como aun teniendo unas posibilidades enormes, alimentarte exclusivamente de un único ingrediente o comer sólo hamburguesas, aunque éstas sean sabrosísimas", advierte.

En su opinión, el reto consiste en combinar los autores que engrosan el corpus canónico existente en cualquier disciplina artística, "cuya obra es de tal magnitud y excelencia que todas las generaciones siguientes la tienen como referente y la admiran con enorme entusiasmo" -destaca, con otros autores, nuevos o del pasado, "que tienen cosas interesantes que decir y pueden descubrir a los oyentes nuevas maneras de contemplar y disfrutar del arte".

Muchas veces se establece "un círculo vicioso" dentro del triángulo de agentes -programador, intérprete y oyente- que cocinan la vida concertística de las ciudades. "Aunque todos puedan tener su parte de responsabilidad, al final, quien toma las decisiones últimas es el programador, que debe asumir un riesgo y tratar de encontrar un equilibrio, que es distinto para cada institución o ciudad", precisa. No obstante, es partidario de salir del camino conocido apostando por fórmulas distintas de programación y nuevos formatos de conciertos, aunque eso implique hacer un esfuerzo para persuadir a los oyentes de "que merece la pena escuchar otra música", porque "no es cierto que los oyentes siempre quieren escuchar lo mismo", cuestiona. "Según mi experiencia, si la música es buena y está bien interpretada, el oyente agradece la oportunidad de descubrir nuevas obras", cuenta.

El futuro, en manos de la educación musical de los jóvenes

-¿Augura un buen estado de salud para la música clásica? ¿Teme su desaparición en el futuro?

-Me parece inconcebible un futuro sin música clásica, no me imagino que eso ocurra. Es verdad que es cierto también que en el ámbito de la música clásica hay una tendencia conservadora, tanto en la programación como en el formato de los conciertos, y eso está intensificando que sea un público envejecido. La edad de los oyentes de la música clásica en vivo tiende a ser elevada, pero hay cierto tipo de conciertos y festivales donde predomina la gente de mediana edad. Además, habría que analizar el perfil de los oyentes en las plataformas digitales. Y hay que tener en cuenta que cuando esa gente mayor fallezca vendrán otros que les reemplazarán. Quizá, los jóvenes, cuando alcancen cierta edad, empiecen a consumir música clásica en vivo. Esto está ocurriendo en otros países.

Los conciertos didácticos de la Fundación Juan March

5.000alumnos de 12 a 16 años

120centros educativos

+50%es su primer concierto de música clásica

4,3puntos sobre 5 es la nota que dan a esta experiencia

-Teniendo en cuenta los gustos de las nuevas generaciones, ¿cree que es compatible que los jóvenes que ahora escuchan reggaeton o trap cuando lleguen a cierta edad van a escuchar música clásica?

-Hemos tenido un retroceso en la formación en música, no ya clásica, sino de la música de cierta sofisticación o elaboración, en la educación en general y eso puede tener sus consecuencias. Por ello es muy importante la sensibilidad hacia la educación del público. Ya prácticamente no hay ninguna orquesta ni ninguna institución que no ofrezca conciertos didácticos o no cuente con proyectos centrados en la formación del público, pero por muy bien coordinadas que estén estas actividades, no pueden compensar el enorme déficit de la educación Primaria y Secundaria.

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