Solo viendo la devoción que despierta entre quienes han mantenido viva su llama a través de los siglos, se puede uno hacer una idea de la grandeza, de la dimensión enorme de la figura de José de Anchieta, nuestro Padre Anchieta, hoy santo gracias a la sensibilidad de otro jesuita, americano de nacimiento, como es el papa Francisco.

Cuatro siglos se ha esperado por una canonización justa que obedece, sobre todo, más que a los milagros comprobados, al compendio de virtudes personales y espirituales de quien es el primer santo de La Laguna y el lagunero más universal.

La iglesia de an Ignacio, que lleva el nombre del fundador de la Compañía de Jesús, no fue elegida al azar por el papa. La misa, serena, bellísima, celebrada entre sus muros barrocos, encierra una profunda simbología. Primero, por la cercanía del acto, que se corresponde, asimismo, con la sencillez de la vida de Anchieta y con la prédica de Francisco. Y, también, porque se reconoce la labor excepcional de un hombre que cruzó el océano para llevar la evangelización sin imponerla, apartándose así de las creencias de la época, que tenían al indígena por inferior. Anchieta, "un joven de 19 años que fundó una nación de la nada", como recordó el pontífice, se afanó en educar al pueblo que encontró a su llegada, entenderlo y procurarle techo y, sobre todo, en estudiar y comprender su lengua, sabiendo que un idioma contiene una visión del mundo, una cultura completa a la que quiso acercarse para hacerla suya.

Tras la canonización, no solo los laguneros y los canarios estamos de enhorabuena. Lo está, por supuesto, el pueblo hermano de Brasil, que venera, quiere y respeta desde antiguo la figura de José de Anchieta y que comparte con nosotros, de manera más que generosa, el enorme legado que dejó el lagunero en esas tierras.

Lo está, también, la Compañía de Jesús, al ver reconocida, a través de Anchieta, una labor formadora que se extiende por todo el mundo y que continúa a través de los siglos. Lo están, en suma, quienes entienden que el encuentro, el intercambio entre culturas, es mucho más enriquecedor y humano que la imposición. Así lo hizo Anchieta y es, precisamente, lo que le da esa enorme dimensión personal y espiritual que lo ha hecho santo.

Estos días en Roma se han vivido momentos emotivos y cercanos. Gracias a la generosa invitación del Obispado, hemos podido trasladar al papa la alegría de los ciudadanos y ciudadanas de La Laguna, orgullosos de compartir tierra natal con Anchieta. Le hemos hecho llegar, a través de un Libro de Firmas, el testimonio de esta ciudad única que ha dado hombres y mujeres irrepetibles y le hemos llevado un bajorrelieve de la casa en la que vivió el santo, que se va a convertir en centro neurálgico de toda la actividad anchietana, que no es poca.

Él, a cambio, además de enviar su afecto al pueblo lagunero, nos ha hecho un regalo inconmensurable con esta canonización que pone a La Laguna, una vez más, en las rutas de todo el mundo, que refuerza su singularidad como tierra única y que hace que sus habitantes conozcamos y amemos mucho más la figura de nuestro paisano más destacado.

*Alcalde de an Cristóbal de La Laguna