Los Ilusionistas del Carnaval de Tenerife, cuando la imaginación desfila en familia
Jonay Regalado mantiene viva la tradición del concurso de disfraces con un grupo que nació de la memoria infantil y hoy se reinventa como una orquesta imposible al ritmo del Carnaval. Esta edición volvió a acaparar el máximo galardón en el certamen que reconoce la originalidad y fantasía.

Los hombres orquesta ideados por Jonay Regalado, y el resto de componentes, para el concurso de disfraces. / María Pisaca

El Carnaval de Santa Cruz de Tenerife no solo se canta o fabrica en las murgas ni se baila en las comparsas. También se construye, puntada a puntada, en los talleres improvisados de casas donde la fantasía comienza mucho antes de que suene la primera batucada. Ahí es donde trabaja cada año Jonay Regalado, diseñador de la murga Los Avispados y uno de los incondicionales del concurso de disfraces del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, que hace partícipe a los siete componentes del grupo la calidad del diseño.
Su colectivo, explica, no nació de manera formal, sino como lo hacen muchas cosas en estas fiestas, casi sin darse cuenta. Es un punto de encuentro familiar y de amigos carnavaleros que decidieron rescatar la tradición que habían vivido de niños, cuando eran sus propios padres quienes los llevaban a participar en el concurso. Con el paso del tiempo dejaron de presentarse, crecieron, pero la semilla quedó ahí, esperando su momento.
Ese momento llegó en 2014, cuando decidieron volver, esta vez por iniciativa propia. Desde entonces no han faltado a la cita. «Quisimos recuperar esa costumbre», recuerda Regalado, «volver a sentir lo que era preparar un disfraz en grupo y compartir el Carnaval desde dentro». Lo que comenzó como un reencuentro con la infancia se ha convertido en una presencia habitual en el coso y en una pequeña marca reconocible por su creatividad.
Ideas que nacen en lo cotidiano
Las ideas, lejos de surgir en un estudio de diseño, nacen en el lugar más cotidiano. Un grupo de WhatsApp. Allí empieza todo cada año. Alguien lanza una ocurrencia, otro la matiza, un tercero imagina cómo construirla. Así, entre bromas, audios y mensajes a deshora, la fantasía va tomando forma hasta convertirse en proyecto real. «Funcionamos como una lluvia de ideas permanente», cuenta. «Uno propone y entre todos vamos transformando esa chispa en algo que pueda desfilar».
La propuesta de este año, enmarcada en la temática de Ritmos Latinos, partió precisamente de esa dinámica colectiva. Si el Carnaval invitaba a la música, ellos decidieron ser la música. Convertirse en una peculiar orquesta carnavalera. No una convencional, sino una que jugara con el efecto visual y el humor que caracteriza a sus creaciones. Cada integrante luce seis brazos simulados, logrando la ilusión de estar tocando varios instrumentos a la vez, como si los ritmos se multiplicaran sobre el asfalto.
El resultado es una formación imposible pero perfectamente sincronizada, una banda que desfila más que camina y que no solo se ve, sino que también se escucha. Porque el grupo incluso cuenta con una canción propia que utilizan allí donde participan, un detalle que refuerza la idea de espectáculo total. «Somos un poco hombres orquesta», bromea Regalado, «y este año lo llevamos al literal».
Teatralidad y memoria visual
No es la primera vez que sorprenden. En ediciones anteriores ya habían demostrado su gusto por la teatralidad y las ilusiones ópticas. En 2024, por ejemplo, presentaron una fantasía que situaba el Carnaval en las alturas de Nueva York, jugando con la perspectiva y el efecto escénico. Aquella propuesta conectaba, además, con la memoria visual de la fiesta y con el legado del artista Juan Galarza, autor de históricos carteles anunciadores.
La joya del Carnaval
Ese mismo espíritu es el que volvió a verse ayer en la avenida de Anaga, durante el coso, donde los disfraces confirmaron que siguen siendo una de las expresiones más libres y participativas de la fiesta. Frente a las grandes producciones, el concurso mantiene ese carácter artesanal, donde la inventiva pesa tanto como los materiales.
En el caso del grupo de Jonay Regalado, cada traje es también una declaración de intenciones. No buscan únicamente desfilar, sino contar una historia, provocar una sonrisa y reivindicar el Carnaval como espacio de encuentro entre generaciones. Padres, hijos, amigos y diseñadores improvisados trabajan juntos para que, durante unas horas, la fantasía sea compartida.
El Carnaval como memoria y juego colectivo
Porque, al final, su propuesta resume la esencia de esta celebración. El Carnaval como memoria que se hereda, como juego colectivo y como escenario donde la creatividad no entiende de edades ni de reglas. Una orquesta que no ensaya en teatros, sino en la vida cotidiana, y que cada febrero vuelve a demostrar que la imaginación también tiene su propio compás en donde su cumple aquello de... todos para uno y uno para todos.
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