Güímar revive la magia de sus burras
Vecinos y visitantes disfrutaron anoche en la plaza de San Pedro de la recreación de las Burras de Güímar, un número que se ‘inventó’ de la costumbre oral Javier Eloy Campos y que define el Carnaval local.

Andrés Gutiérrez

Las brujas volvieron disfrazadas de burras a Güímar, como en 1992 inventó Javier Eloy Campos en un conjuro que nació para plantar cara al todopoderoso Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, en su etapa de esplendor con multitudinarios bailes y orquestas y artistas internacionales en detrimento de las carnestolendas del resto de pueblos de la Isla.
Detrás de la dirección estuvo, por cuarto año consecutivo, Montse Placer, acompañada en la coordinación por Luis Marrero, que volvieron a recrear historias de los mayores. Relatos de brujas, maldiciones, transformaciones y supersticiones que hablaban de un fraile desterrado, de mujeres capaces de convertirse en animales, de apariciones imposibles y de una imaginación campesina donde lo mágico convivía con lo cotidiano. De ese cruce entre folclore y necesidad festiva nacieron Las Burras.
Siete casas del barrio prestaron, una vez más, sus portales y sus sombras. De ellas salieron las figuras que representaban los pecados capitales, convertidos en animales testarudos y simbólicos. El cortejo comenzó a descender desde San Pedro Arriba acompañado por motoristas –de la asociación Los Aguiluchos–, personajes alegóricos, catrinas, diablos, inquisidores y escupefuegos. La batucada marcó el pulso de una bajada que no buscaba la espectacularidad fácil, sino la atmósfera.
Al llegar al espacio de representación, la plaza de San Pedro, a las puertas de la iglesia, comenzó el relato dramático. Los campesinos aparecieron con un cochino negro, lo sacrificaron simbólicamente y, entre bromas y gestos heredados de la cultura rural, se dispusieron a labrar la tierra. Entonces divisaron a las burras y decidieron utilizarlas para el trabajo. Poco a poco descubrieron que aquellos animales tenían algo inquietante, demasiado humano. El miedo se transformó en violencia y la escena derivó hacia la revelación. Las burras eran brujas.

Las Burras de Güímar, desde San Pedro Arriba rumbo a la plaza de la iglesia. | ANDRÉS GUTIÉRREZ
El aquelarre surgió entre conjuros, fuego y música. El mal hizo su entrada con una fuerza visual que este año se reforzó con nuevos efectos especiales y máquinas de llamas que alcanzaron gran altura, una apuesta técnica que sorprendió incluso al propio equipo durante los ensayos.
La irrupción del diablo descendiendo entre bengalas y motores, sigue siendo uno de los momentos más impactantes del espectáculo. No por su estridencia, sino porque resume el conflicto que articula toda la obra. La eterna pelea entre lo oscuro y lo luminoso.
Después llegó la Iglesia. La intervención eclesiástica, incorporada con la apertura de las puertas del templo, este año sí, que añadió una dimensión nueva al montaje. El obispo y su séquito aparecieron para restaurar el orden, escenificando una lucha simbólica con el mal que culminó con la captura de las burras, atadas a la sardina como parte del castigo ritual.
Pero la tradición, fiel a sí misma, no permite finales cerrados. Las burras escaparon. Siempre escapan. Porque esta historia no concluye, se repite. Regresa cada año como una metáfora que mezcla ironía, religión, campo y carnaval.
Montse Placer, que durante años participó como campesina antes de asumir la dirección, confesó que su relación con la representación ha sido la de quien entra casi por casualidad y termina formando parte de una familia. No procede del mundo escénico profesional, sino de la organización de eventos y de una larga implicación en la vida cultural del municipio. Quizá por eso defiende que el verdadero motor del espectáculo no está en los recursos técnicos, sino en el colectivo humano que lo sostiene.
Con el respaldo municipal, Güímar puede presumir de un acto único en el Carnaval de Tenerife y Canarias, sus burras, que anoche escaparon del conjunto que volverán para contarlo el año próximo. n
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