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El día que Santa Cruz se quedó chica durante su Carnaval

La capital tinerfeña vive una jornada pletórica, con excelentes temperaturas y unas ganas bárbaras de vecinos y visitantes de disfrutar del Carnaval en la calle, con señas de identidad

Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

El Carnaval volvió a demostrar que no entiende de relojes ni de estadísticas cuando la calle decide latir por sí sola. El Sábado de Piñata en Santa Cruz de Tenerife se escribió más en la memoria emocional que en los balances numéricos, aunque ambos coincidieran en señalar una jornada extraordinaria. Desde primeras horas, la ciudad amaneció con ese presentimiento que sólo se da en los días señalados: ganas de fiesta sin necesidad de explicación, una especie de acuerdo tácito entre el cielo despejado, la temperatura amable y miles de mascaritas dispuestas a hacer suyo cada metro de asfalto.

A medida que avanzaba la mañana, el centro se transformó en un museo efímero al aire libre donde las obras no se cuelgan, sino que caminan, saludan, bailan y se fotografían con desconocidos. Un museo vivo, sin taquillas, en el que el disfraz sigue siendo la mejor forma de presentarse sin necesidad de credenciales. En cada esquina había una historia mínima: grupos que se reencontraban tras un año, familias que repetían ritual, visitantes sorprendidos por una fiesta que no se contempla, sino que se participa.

El corazón diurno volvió a instalarse en la Plaza de la Candelaria, convertida desde hace años en el gran salón urbano del llamado Carnaval de Día. La fórmula, que hoy parece indiscutible, nació en 2008 impulsada por el entonces alcalde Ángel Llanos a partir de una idea del comunicador Paco Padrón. Aquella intuición —trasladar la fiesta a las horas de sol— ha terminado por consolidarse como uno de los grandes aciertos contemporáneos de la celebración, capaz de reunir generaciones distintas bajo una misma banda sonora y de reconciliar la intensidad carnavalera con la luz del Atlántico.

Así se ha vivido el segundo Carnaval de Día de Santa Cruz de Tenerife 2026

Así se ha vivido el segundo Carnaval de Día de Santa Cruz de Tenerife 2026 / Andrés Gutiérrez

A pocos pasos, la Calle de La Noria reafirmó su papel como escenario con identidad propia. Ambientación de acento caribeño, guiños a la estética habanera y una decoración que invitaba más a quedarse que a pasar. El trabajo coordinado desde el distrito Centro-Ifara, con la implicación de la concejala Purificación Dávila y del murguero Sergio de Armas, logró que la vía se convirtiera en un espacio temático donde la música marcó el ritmo durante más de nueve horas continuas, casi sin tregua.

Allí, la proximidad —esa cualidad tan carnavalera— hizo que músicos y público compartieran casi el mismo plano. El encargado de enhebrar la jornada fue DJ Afrokán, que dio paso a propuestas como Troveros de Asieta, Rumba Manigua, Clave de Son y Trovadores de Cuba, responsables de convertir el entorno en una verbena continua, de esas en las que nadie pregunta la hora porque todos saben que van a quedarse.

La plaza como altar

Mientras tanto, el escenario principal ofrecía un recorrido musical con marcado acento canario. Nueva Línea, Pepe Benavente y El Morocho jugaron en casa ante un público que coreó cada estribillo como si formara parte de la memoria colectiva. El toque internacional llegó con Tonny Tun Tun antes de que Maquinaria Band enlazara la tarde con la noche.

El relevo fue natural, sin pausas ni ceremonias: Orquesta Saoco, Wamampy, Tropin, Generasión, Sonora Olympia y Dinacord sostuvieron la ebullición hasta la madrugada, cuando DJ Osorio estiró la celebración con la naturalidad de quien sabe que el Carnaval nunca termina del todo, sólo se toma pausas.

El ambiente se expandió también hacia la Plaza del Príncipe, completamente abarrotada, imagen poco habitual en años anteriores y que confirmaba una evidencia sencilla: había ganas de Carnaval y la ciudad respondió como sabe hacerlo, abriendo sus espacios como si fueran la prolongación del salón de casa.

Entre los grandes escenarios y la música amplificada sobreviven rincones donde la fiesta se explica mejor. Uno de ellos volvió a ser la Plaza Isla de la Madera, junto a la antigua Recova y al Teatro Guimerá, enclave cargado de memoria carnavalera.

No había comenzado la tarde, y se fue incrementando la presencia de amantes de la fiesta que aseguraban haberse trasladado en barco desde Gran Canaria, para regresar por la misma noche de ayer.

Incluso también se organizó Madrid una despedida de soltero que acabó en el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife la tarde de ayer, el grupo de monjas vestidas con hánito naranjas, y el prometido, enfundado de cura; cosas que solo pasan en Santa Cruz por Carnaval.

En la plaza Isla de La Madera, junto al Guimerá, apareció, como cada año, Darío López con su ya inseparable propuesta Te lo curraste, mascarita, una invitación a reivindicar el disfraz hecho en casa, el que nace en garajes, patios y reuniones de amigos. La iniciativa, impulsada junto a Elena González –hija de Enrique González, histórico padre y fundador de Afilarmónica Ni Fú-Ni Fá y de las murgas de Canarias–, no reparte premios ni establece clasificaciones: reparte conversación, miradas cómplices y fotografías que viajan luego por las redes como pequeñas cápsulas de tradición.

Ovejas perfectamente caracterizadas, enormes cholas con relato propio o barricas convertidas en ingenios móviles demostraron que la imaginación sigue siendo el verdadero motor de la fiesta. Allí el disfraz no es un accesorio, sino una narración en tela, cartón y paciencia.

Pelea de gallos

La emoción encontró otro de sus momentos en la tradicional pelea de gallos entre Bambones y Diablos Locos, trasladada excepcionalmente a la Iglesia de la Concepción debido a las obras del recinto habitual. El duelo mantuvo su ironía característica, pero esta edición adquirió un tono distinto, casi litúrgico, al convertirse en homenaje a José María Jiménez. Las coplas compartidas, más que enfrentarse, se elevaron como una plegaria cantada que recordó que la fiesta también sabe detenerse, mirar atrás y agradecer a quienes ayudaron a construirla.

Fue un momento de júbilo y orgullo murguero, construido desde la afinidad y la pasión por la fiesta, dejando atrás la rivalidad por los premios y marcado por la camaradería entre Diablos Locos y Bambones.

Durante una hora, la plaza fue teatro, memoria y sátira; el público respondió consciente de estar presenciando algo más que un intercambio de letras: una reafirmación de la identidad murguera que ha dado personalidad propia al Carnaval chicharrero.

Desde ese Carnaval casi doméstico hasta el gran formato musical de la avenida Francisco La Roche, la jornada avanzó de menos a más, como una marea festiva que gana intensidad sin que apenas se perciba. El broche contemporáneo llegó con los conciertos encabezados por Sebastián Yatra y Nicky Jam, reflejo de una celebración que convive sin complejos entre tradición e industria musical global, entre la murga de barrio y el artista de proyección internacional.

Esencia de Carnaval

Lo vivido no fue únicamente una sucesión de actuaciones o actividades programadas, sino una expresión colectiva de identidad. Miles de personas disfrazadas, sin distinción de edad ni procedencia, compartieron un mismo espacio con la naturalidad que define al Carnaval cuando se celebra en la calle: cercanía, humor, improvisación y una convivencia que convierte cada esquina en escenario.

Santa Cruz volvió a demostrar que el Carnaval no pertenece a los escenarios ni a los programas oficiales, sino a la gente que lo habita y lo reinventa cada año. Porque hay días en que una ciudad no organiza una fiesta, sino que se deja llevar por ella. Y el Sábado de Piñata fue, precisamente, uno de esos días que no se cuentan: se sienten, se guardan y, con el tiempo, se terminan llamando memoria.

Sábado de Piñata intenso, cargado de emociones y sensaciones, donde esta edición se amplió y creció, conquistando la calle de La Noria, con un ambiente cubano, con señas de identidad que caracterizan la fiesta en la calle más allá de las actuaciones internacionales para proyección exterior. n

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