Entierro de la Sardina: miles de viudas reivindican la esencia del Carnaval
La carroza de Pepe Benavente volvió a animar el cortejo que comenzó junto a Capitanía para finalizar con la quema en la Alameda

Andrés Gutiérrez

«¡Vamos, chicas, al entierro!». Una viuda anónima le tocaba al portero del bloque G del Edificio Salesianos, frente al antiguo hospital militar, para invitar a sus compañeras de aventura a agilizar los preparativos porque el cortejo fúnebre estaba a punto de partir. Él, o ella, o elle, estaba a la altura de la plaza militar, pero intuía que el desfile más transgresor del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife estaba a punto de salir.
Miércoles de Ceniza, arranque del duelo carnavalero
Miércoles de Ceniza. Día de Entierro de la Sardina y, paradojas de la vida, el duelo «se recibe» en la calle de Juan Pablo II; claro que en el pasado era 18 de Julio, así que con la aplicación de la memoria histórica en tiempos del entonces alcalde Miguel Zerolo se cambió el nombre, aunque pareció una profecía por la importancia que ha cobrado esta vía en el inicio del Entierro de la Sardina.
Rumbo a la vía que acota el lateral de la Capitanía Militar de Canarias, flanqueada por rejas, un matrimonio mayor se llevó el sofoco de haber cruzado en rojo y un coche de alta gama ni se percató, algo que al parecer tuvo que ver con el estado en el que se encontraba el conductor. No fue el único sobresalto... Eran las nueve y media, iba a comenzar el Entierro de la Sardina, que estuvo bailando durante el día entre las nueve y las diez de la noche... y un tranvía bajó como si nada rumbo a Fundación, cuando los días fuertes de Carnaval el servicio se paralizaba a la altura de la plaza de la Paz, un pequeño detalle que pasó inadvertido en este multitudinario acto.
Un desfile popular que mantiene viva la esencia del Carnaval
Santa Cruz de Tenerife puede presumir de un acto transgresor y desordenado que mantiene viva la esencia del Carnaval que hace el pueblo; es uno de los actos que casi adolece de público porque miembros de grupos o anónimos amantes de la fiesta se echan a la calle en un desfile familiar.

Entierro de la Sardina del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife 26 / Andrés Gutiérrez
Entre los primeros desmayos, cuando aún la comitiva esperaba la orden para comenzar a desfilar hasta la Alameda, donde se quería quemar a la Sardina antes de la medianoche y echar los fuegos en la charca de la Plaza de España, lo protagonizó el grupo de «bambones», entre los que se encontraba Adonai Hormiga, un «pata negra» del Carnaval heredero del magisterio de su recordado padre, Luis «Hormiga» Suspi. A su lado, «Guaci hoy; mala mañana», se presentaba otra desconsolada viuda, que también daba cuenta de que estaba acompañada por el «Padre Damián».
La sardina ‘Ildefonsa’, símbolo del Carnaval 2026
En el convoy de espera, abriendo, la carroza de la Sardina diseñada, de nuevo, por Elena González, la hija del recordado Enrique González Bethencourt, el fundador y director de la Afilarmónica Ni Fú-Ni Fá, de la que quedan las ropas de la Cofradía del Chicharro que vistieron un puñado de componentes y amigos de la institución del Carnaval. Entre ellos, el incondicional Juan José Gastañazatorre, quien fuera concejal del PP en Durango y que continúa vinculado al Carnaval por los siglos de los siglos.
En la rueda de prensa que habían convocado por la mañana el alcalde, el concejal de Fiestas y la diseñadora de la Sardina, Elena González sorprendió con un secreto guardado: «Cada una de las sardinas tiene nombre; la de este año, Ildefonsa». Pues eso: Ildefonsa transitó en carroza y parecía levitar, o nadar, entre una docena de banderas de países latinoamericanos en un claro guiño al motivo del Carnaval que toca a su fin el próximo Domingo de Piñata: los ritmos latinos, y con unos labios prominentes que recordaban a la mismísima Celia Cruz.
Personajes, humor y tradición en el cortejo
Pasar por el cruce de Méndez Núñez para incorporarse a Juan Pablo II era de premio..., pero aun así lo consiguieron las viudas que, según se leía en la cartelería que acompañaba a un féretro y una camilla, venían del depósito de cadáveres, con luz incorporada.
En ese devenir entre la carroza de Ildefonsa y la plataforma del gran Pepe Benavente, acompañado por Jonhy Maquinaria y Rafael Flores «Morocho», y hasta por su representante, Blanqui Dorta, se vio a algún cuarentón con sotana de cura del siglo pasado que parecía más sacada de un fondo de armario que adquirida en un bazar.
Mientras Pepe Benavente hacía pruebas de sonido, no pudo quedar prendado por los «cachetes» —de imitación de gomaespuma— de una de las «catrinas» de las que se disfrazaron una veintena de triquikonas.
Historias humanas que sostienen la fiesta
Abriendo el desfile, Manolo Peña, fundador y presidente de Mamelucos hace más de cuarenta años, el eterno guardia británico que escolta todos los años a la Sardina. En el entierro, a su vera, el compañero que se buscó este año, Diego León, 42 años siendo primero un mamelón y luego un mameluco.
Para que todo estuviera a punto, Manolo Peña se rodeó de Silvestre Pérez y Joaquín Cruz García, los manitas de la Casa del Miedo, herederos de una tradición artesanal que pasa de generación en generación dentro del Carnaval.
Marcando el ritmo del desfile, el grupo de percusión «Los Fieles», entre los que se encuentra el expresidente del Tribunal Superior de Justicia de Canarias, Luis Doreste, que aparcó el mazo judicial pero mantiene el del bombo.
Música, viudas y participación popular hasta la quema final
De pronto, la calle se hace canto. Pepe Benavente lo da todo con «El Polvorete», que secunda la legión de viudas que flanquean la carroza del cantante, mientras la comitiva enfila Méndez Núñez y El Pilar.
La comitiva desborda la calle, donde las viudas son mayoría. Es la esencia de una fiesta donde el pueblo reivindica la calle y mantiene el espíritu transgresor.
Poco antes de las once se incorporaban los Víctor, padre e hijo, unidos por una pasión: el Carnaval.
La Sardina estaba previsto quemarse en la Alameda a la medianoche, si bien la fiesta continuará hasta este fin de semana.
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