El año que Los Indianos también llegaron en cruceros al Carnaval de Santa Cruz de La Palma
Bajo el atrio del ayuntamiento, entre torrijas, Julián Cabrera Martín recuerda cuando en los Indianos que se habían el martes de Carnaval "éramos treinta o cuarenta"; para su satisfacción, "esto se ha desmadrado"

Andrés Gutiérrez

La capital palmera se convierte cada Lunes de Carnaval en la capital de las carnestolendas de Canarias, con una tradición que, según algunos, comenzó en la primera parte del siglo XVIII y que, con el paso de los años, en especial en los últimos treinta años, ha ido cogiendo empaque. Desde la novelería de los años sesenta hasta finales de los ochenta, cuando de la mano del matrimonio formado por Pilar Rey y Antonio Abdo comenzó a tomar cuerpo, hasta sumar a Víctor Sosó, que desde comienzos de los noventa popularizó el personaje de la Negra Tomasa.
Un triduo festivo que transforma la isla
Santa Cruz de La Palma, y la Isla Bonita por extensión, vive inmersa en una fiesta que tiene triduo. Arranca el viernes con la fiesta de la peluca, que irradia a buena parte de los municipios palmeros, para seguir el sábado con el Carnaval en Santa Cruz y La Polvacera en Los Llanos de Aridane, y ya en la recta final el Domingo de Carnaval, en la capital palmera, con el desfile de Embajadores, que poco a poco parece agonizar, para ganar protagonismo en la última década Los Indianitos.
Y todo eso sorteado con fiestas que se desarrollan fuera del corazón neurálgico, la Calle Real y el corazón de la capital palmera en general, y que alimenta un tránsito para asistir a fiestas en Los Cancajos y Casa Goyo.
La ciudad amanece de blanco
Este Lunes de Carnaval, Santa Cruz de La Palma amaneció con una alfombra blanca para recibir a los Indianos, como ocurrió ya el año pasado cuando se trasladó la fiesta de los niños a la Alameda.
La presencia en el puerto palmero de dos cruceros, que trasladaron a más de cinco mil personas, obligó a cambiar a la Negra Tomasa su hoja de ruta para desembarcar en la capital. Así, comenzó su recorrido desde el escenario del recinto festivo instalado en la avenida marítima; y es que este año bien se podría decir que, en el colmo de la fantasía, el personaje central de Los Indianos llegó en crucero.

Así se ha vivido Los Indianos en Santa Cruz de La Palma / Andrés Gutiérrez
A la espera de que Sosó llegara a la plaza de España, en el atrio del Ayuntamiento palmero, cumpliendo con el protocolo, Julián Cabrera Martín y Pilarín González convidaban con torrijas palmeras –porque para eso tenían almendritas picadas por arriba– mientras Julián echaba mano al bolsillo y entregaba a su interlocutor unos broches como quien otorga carta de naturaleza para la visita.
Cuando eran 30 personas
No miran el reloj ni el bullicio creciente de la mañana blanca; miran hacia atrás. Allí, dicen, empezó todo.
–Reuníamos aquí veinte o treinta personas…
La frase queda suspendida en el aire, como el polvo de talco que todavía no ha empezado a volar. Hace más de cuarenta años, recuerdan, Los Indianos no eran esa marea humana que hoy invade cada esquina, sino una cita casi doméstica. Un gesto entre conocidos. Una broma organizada con seriedad.
Nombran a quienes estaban desde el principio: Antonio Abdo y Pilar Rey, junto a otros vecinos que convertían la escalinata en oficina improvisada. Sobre la mesa –una mesa cualquiera, de las que se sacan a la calle– colocaban un libro.
–El que venía de indiano firmaba en el acta.
No había disfraces espectaculares ni multitudes. Apenas un centenar de personas. Sombreros prestados, trajes heredados, una maleta vieja para dar el tipo. Aquello no era un evento; era una complicidad. Los primeros Indianos tenían más de tertulia que de desfile. Así lo recuerda Julián Cabrera Martín, quien fue durante 42 años encargado municipal. Organizó festejos, coordinó actos, vio pasar generaciones enteras de Carnaval y también muchas ediciones de la Bajada de la Virgen. Dice que empezó a vivirla con apenas doce años, «cuando iba bajando a la Virgen», como si la devoción fuera también una forma de crecer.
En aquel tiempo nadie hablaba de cifras. Nadie imaginaba cruceros atracando con miles de visitantes ni vuelos completos solo para venir vestidos de lino blanco.

Así se ha vivido Los Indianos en Santa Cruz de La Palma / Andrés Gutiérrez
–No llegábamos a cien personas –repiten–. Éramos pocos.
Luego, casi sin darse cuenta, la fiesta «empezó a desmadrarse».
Hoy llegan dos cruceros con cerca de cinco mil pasajeros. Se suman visitantes de Gran Canaria, Tenerife, de todas las islas y de más allá del océano. La ciudad, que ya era puerto de ida, se convierte también en puerto de regreso simbólico.
Santa Cruz cambia de escala durante unas horas: las calles coloniales se vuelven escenario, los balcones miradores, y el talco –ese talco que antes se repartía entre amigos– se convierte en una nevada tropical, especialmente en este día de muchísima calima.
–Yo nunca pensé que esto llegara a tanto.
Y, sin embargo, sonríen.
–A mí me gusta que venga más gente todavía.
Una tradición que se hereda
La fiesta dejó de pertenecer a quienes la iniciaron. Ahora la continúan los hijos y los nietos. Uno de ellos, Rubén, siete años, nieto de Julián Cabrera, participó el día anterior en Los Indianitos. El relevo no es institucional; es familiar, casi biológico. Ahí está la clave del crecimiento. Los Indianos no se organizan únicamente; se transmiten.
Lo que empezó como una recreación afectuosa del emigrante retornado se ha convertido en una celebración colectiva de identidad. Antes se firmaba en un acta para saber quién venía vestido de indiano; hoy sería imposible registrar los nombres. La fiesta ya no cabe en un libro.

Así se ha vivido Los Indianos en Santa Cruz de La Palma / Andrés Gutiérrez
La memoria del talco
Mientras la mañana avanza, el atrio empieza a llenarse de gente vestida de blanco. Los mayores observan el movimiento con la serenidad de quien reconoce algo que ya no le pertenece del todo, pero que sigue siendo suyo.
Ellos conocieron unos Indianos que cabían en una mesa.
Los de ahora necesitan una ciudad entera.
Y, sin embargo, en medio del ruido, la esencia permanece: el regreso imaginario, la parodia elegante, la risa compartida, el relato de quienes cruzaron el mar y volvieron con otro mundo en los bolsillos.
Cada lunes de carnaval, Santa Cruz no solo se disfraza.
Se recuerda.
Historias personales en medio de la multitud
Entre los más pequeños participantes de Los Indianos congregados en el atrio del ayuntamiento, Luka, hijo de Sladja y Saúl Santos, uno de los fotógrafos de la isla más queridos y admirados. El pequeño, un indianito nacido el cinco del cinco de dos mil veinticinco.
Entre risas, miradas cómplices y alguna interrupción cariñosa, Sladja cuenta su historia como quien repasa algo que ya forma parte natural de la vida. Llevan nueve años casados.
Lo dice con sencillez, sin solemnidad, como si el tiempo hubiera pasado deprisa, casi sin darse cuenta. Él, palmero; ella, llegada de fuera, pero ya completamente integrada en la isla y en sus tradiciones.
La conversación se torna familiar mientras reconstruyen fechas y recuerdos. Luka nació un 5 de mayo –«el cinco del cinco»–, una fecha que ella recuerda con precisión porque, dice, es de esas que no se olvidan nunca. Ella, de Serbia, conoció a Saúl en China y este año se estrena en la fiesta grande de La Palma su pequeño Luka, fruto de un amor que comenzó hace nueve años.
Una boda en pleno Lunes de Carnaval
En la espera llegan los protagonistas de la boda indiana de la mañana de este Lunes de Carnaval en Santa Cruz de La Palma.
Mari Luz Plasencia acudió este Lunes de Carnaval al ayuntamiento, pero no a su puesto de trabajo en el área de Cultura, sino para rubricar lo que el alcalde de la capital palmera, Asier Antona, denominó como «un matrimonio de 28 años».
Ella, natural de La Gomera, del municipio de Agulo; él, de la capital palmera y trabajador del Hospital Insular. Mari Luz explicó que decidieron contraer matrimonio el día de Los Indianos porque iban a venir muchos invitados esos días a su casa y aprovecharon para cuadrar el encuentro.
Muchos de los familiares y amigos comenzaron a llegar a la Isla Bonita desde el viernes. «Yo no tengo casas rurales, pero entre unos y otros hemos acomodado a los más de sesenta invitados».
En el pasado, estas celebraciones se desarrollaban en plan parodia, pero en las últimas ediciones han sido tan reales como la vida misma.
La llegada de la Negra Tomasa
No estuvo la Negra Tomasa a primera hora, que acababa de llegar al recinto festivo en la avenida marítima para sortear la presencia de los cruceros, pero entre los invitados sí se vio alguno que recreaba el personaje que encarna Víctor Sosó desde hace más de treinta años.
Comenzaba así el día más blanco de Santa Cruz de La Palma, marcado por la llegada masiva de visitantes y a la espera del personaje central.
La plaza se convierte en La Habana
Cerca de las doce y media, la plaza de España se convierte en la plaza de La Habana nada más llegar la Negra Tomasa. El protagonista se viene arriba ante la muchedumbre que la aclama en un lunes de Carnaval en el que los polvos de talco se multiplican con la calima que se adueña del lugar.
Suena la música, baila hasta la escultura que preside el recoleto aforo; en medio de la nube blanca una pareja se cuela entre la multitud. Henry le pide casarse a Helena. No hace falta micrófonos. El lenguaje corporal lo dice todo.
Historia, memoria y cultura popular
El estudioso Víctor Hernández Correa explica que esta celebración nace como una parodia del emigrante retornado, documentada por primera vez en la década de 1920 e incorporada de forma estable al programa en 1966. Ya en el siglo XIX los vecinos abandonaban sus tareas cuando llegaban barcos procedentes de Cuba. Aquella ruptura del tiempo cotidiano era ya una fiesta improvisada.
Según señala, el éxito de Los Indianos no responde a una estrategia institucional sino a una decisión popular sostenida en el tiempo. La tradición ha ido sumando capas hasta convertirse en un organismo vivo.
Durante toda la jornada más de setenta mil personas recorrieron las calles vestidas de blanco, evocando aquel imaginario de ida y vuelta entre Canarias y América.
El momento culminante llegó con la aparición de la Negra Tomasa, que descendió acompañada por la conga hasta el corazón de la ciudad, desatando el júbilo colectivo.
Al caer la tarde el talco empezará a desaparecer, los trajes se guardarán y la ciudad recuperará su ritmo habitual. Pero la memoria seguirá creciendo, como lo ha hecho desde aquella mesa donde veinte vecinos firmaban un acta improvisada sin imaginar que estaban dando forma a una de las celebraciones más singulares del Atlántico.
Porque Los Indianos no son solo una fiesta. Son una manera de recordar.
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