Los Carneros de Tigaday: la estampida que mantiene vivo el corazón del Carnaval de El Hierro
Ser vecino del barrio de Tigaday o del municipio herreño de La Frontera es uno de los requisitos para, cumplida la mayoría de edad, salir entre los Carneros de Tigaday. Un incentivo para quien alcanza los 18 años y es aceptado para participar en la estampida, como la de este domingo de Carnaval y que se repetirá este martes

Los Carneros de Tigaday / Ayuntamiento de Frontera

Parafraseando la cita bíblica «muchos son llamados, pero pocos los escogidos», algo similar ocurre entre cuantos optan a integrar el rebaño de Carneros de Tigaday, que tradicionalmente salen tal día como ocurrió este Domingo de Carnaval en la primera de las dos estampidas que celebran cada edición; la segunda está prevista para este martes, también de Carnaval.
Para ser miembro de este colectivo señero de El Hierro, y que desde 2018 goza de la declaración de Bien de Interés Cultural, uno de los requisitos es ser natural de la Isla del Meridiano, preferiblemente del municipio de Frontera. A eso se suma otra condición: haber cumplido la mayoría de edad. De ahí que salir como uno más de los Carneros de Tigaday, tradición que después de la Guerra Civil española recuperó Benito Padrón y continuó su hijo Ramón, fallecido el año pasado, constituya un privilegio para aquellos que presumen de ADN herreño y gustan de esta tradición.
Esta edición está marcada por el compromiso de mantener a salvo la identidad de cuantos salieron en la primera de las estampidas: casi sesenta carneros y una docena de «locos». La edad mínima son los dieciocho años requeridos, y en las filas existen componentes que, aunque rondan las cuatro décadas, llevan más de la mitad de su vida participando en las estampidas. Entre los mayores, incluso hay quien ronda el medio siglo de vida.
Selección y preparación del rebaño
A las cinco de la tarde, el rebaño salió desde la Casa del Miedo, las instalaciones que en el pasado fueron la finca de Benito Padrón, donde se custodian las zaleas e incluso se incrementa el número de ropas, así como las cabezas de los carneros.
La solicitud se realiza semanas antes a los miembros de la asociación, que elaboran una relación de aspirantes. Junto a los veteranos están los nuevos candidatos; no todos salen. Los más antiguos, especialmente aquellos que dan vida al personaje de los locos, mantienen este papel por la responsabilidad que supone: no solo conocer la tradición, sino también garantizar el comportamiento que se precisa.
En el caso de los nuevos integrantes del rebaño, también se toma en consideración su saber estar, conocimiento y respeto por la tradición, así como que garanticen unas condiciones físicas adecuadas para aguantar el esfuerzo de la estampida.
El recorrido que transforma el pueblo
Así, a las cinco de la tarde salió el rebaño con los locos desde la Casa del Miedo para recorrer el barrio de Tigaday que, cada Domingo y Martes de Carnaval, multiplica con creces la afluencia de personas que transitan por sus calles.
La celebración comienza con un silencio expectante que apenas deja oír el tintineo lejano de los cascabeles. De pronto, la calma se rompe con una estampida. Un grupo de figuras cubiertas con zaleas, cornamentas y máscaras inquietantes irrumpe en las calles sembrando asombro, risas y carreras. Así se viven Los Carneros de Tigaday, donde tradición y teatralidad se funden.
El origen de esta representación tiene su cuna en la cultura ganadera. Durante siglos, la convivencia entre los habitantes y el ganado marcó la economía, el paisaje y la identidad local. De ese mundo pastoril nace la inspiración para imitar al carnero —líder de la manada y símbolo de fertilidad en numerosas culturas— como figura central de una parodia que hunde sus raíces en antiguas celebraciones populares.
Una escenificación heredada del mundo pastoril
Ataviados con pieles auténticas, los participantes reproducen la estructura de un rebaño tradicional: avanzan guiados por pastores, se agrupan, se dispersan y persiguen al público entre sonidos estruendosos de cascabeles. El reto consiste en huir de ellos para evitar el tizne o betún con el que impregnan a quienes alcanzan, una marca que se convierte en recuerdo visible de la experiencia.
El recorrido revive así una escenificación que remite al modelo tradicional de trashumancia y vida rural, convertido hoy en un espectáculo colectivo cargado de simbolismo.
La tradición estuvo a punto de desaparecer, pero fue recuperada gracias al empeño del vecino Benito Padrón y de colectivos locales que apostaron por rescatarla como seña de identidad cultural. La salida desde la conocida Casa del Miedo marca uno de los momentos más esperados, generando una mezcla de sorpresa, caos controlado y entusiasmo colectivo.
Una tradición viva que se resiste al olvido
Al caer la tarde, las últimas embestidas anuncian el final de la jornada y devuelven el silencio a las calles, interrumpido solo por los aplausos. Más que un espectáculo, Los Carneros son una recreación viva del pasado ganadero herreño, una manifestación que conecta a varias generaciones con su historia.
Se trata de una de las tradiciones más puras y genuinas del Carnaval insular, reforzada ahora por iniciativas de conservación y divulgación que permiten interpretar y comprender este legado durante todo el año.
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