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Lo que el Carnaval ha unido... la boda de Johnny y Michelle

«Nos unió el Carnaval y decidimos que también marcara nuestra fecha más importante». El concejal de Fiestas, Javier Caraballero, presidió la boda de estos ‘carnavaleros practicantes’ horas antes de que saliera la Cabalgata

Johnny y Michelle, recién casados y en plena Cabalgata anunciadora.

Johnny y Michelle, recién casados y en plena Cabalgata anunciadora. / I love the world

Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

Ya lo cantó Celia Cruz: «La vida es un carnaval», y si no que se lo pregunten a Johnny Felipe, de 46 años, y Michelle Díaz, de 42, protagonistas de una historia de amor nacida entre ensayos, pasacalles y noches interminables de febrero en Santa Cruz de Tenerife.

Michelle llegó desde Venezuela con apenas seis años. Creció en el centro de la ciudad y, como ella misma bromea, se siente «más canaria que el gofio». Johnny, en cambio, es santacrucero de raíz, del barrio de María Jiménez, donde el Carnaval forma parte del paisaje cotidiano. Pudo haber salido con Sofocados, de la escuela del Compi, pero terminó integrándose en la Sociedad Mamel’s, punto de partida de una trayectoria festiva que ya no tendría vuelta atrás.

Los caminos de ambos coincidieron por primera vez dentro del entramado carnavalero, aunque entonces cada uno tenía su propia vida. Fue tiempo después, en la emblemática Casa del Miedo, cuando realmente se conocieron. Allí empezó todo.

«Nos unió el Carnaval y decidimos que también marcara nuestra fecha más importante», cuenta la pareja, que decidió casarse un 13 de febrero, en plena celebración, porque no existía mejor momento para simbolizar lo que habían construido juntos. La ceremonia fue oficiada por el concejal de Fiestas, Javier Caraballero, en un enlace que tuvo tanto de acto institucional como de celebración popular.

Su relación suma ya casi catorce años y ha crecido al mismo compás que su implicación en los grupos del Carnaval. Michelle ha desarrollado una trayectoria especialmente intensa: ha bailado en la comparsa Cariocas, participado en la agrupación Chaxiraxi, colaborado con rondallas y trabajado activamente en la parte artística de presentaciones para Mamelones y Mamelucos. Además, fue fundadora de la murga MasQLocas, consolidando su papel como una apasionada de todo lo que tiene que ver con la fiesta.

Pero Michelle no solo vive el Carnaval. Es también una enamorada del folclore canario, ámbito en el que ha colaborado con el recordado Ubaldo, participando asimismo en distintos festivales organizados con motivo de las Fiestas de Mayo, donde tradición y raíces adquieren protagonismo. Esa doble vertiente —la del Carnaval y la del folclore— define bien su manera de entender la cultura popular: como un espacio de participación, identidad y comunidad.

La pareja celebra entre compañeros su matrimonio.

La pareja celebra entre compañeros su matrimonio. / E. D.

Johnny no se queda atrás. Lleva vinculado a Mamelucos desde 2006, ha formado parte de otras agrupaciones, salió en la murga Los Melosos, participó de niño como mascota en Píotinos y, en los últimos años, también canta con Cariocas, además de haber colaborado en rondallas y diferentes proyectos carnavaleros. Su trayectoria refleja la de tantos santacruceros que han crecido ligados a los grupos, pasando de espectadores a protagonistas casi sin darse cuenta.

Pero si hay algo que define a esta pareja es la continuidad generacional. La hija mayor de Michelle, Yashira, hoy de 20 años, prácticamente se ha criado con Johnny y participa desde muy pequeña en Mamelones. El hijo común de ambos, Iker, de 8 años, empezó incluso antes de nacer: «Ya estaba en la murga desde la barriga», recuerdan entre risas. En su casa, los calendarios se organizan por fases, concursos y galas; los disfraces conviven con los uniformes escolares y los ensayos forman parte natural de la rutina familiar.

La boda fue también un reflejo de ese universo compartido. Inicialmente querían una celebración íntima, casi familiar, pero idearon que coincidiera con el Carnaval por la importancia que ha tenido —y sigue teniendo— en sus vidas, además de sorprender a los invitados llegados desde la Península. Tras la ceremonia, caminaron entre grupos y amigos, casi sin ser conscientes de la repercusión que estaba teniendo su enlace.

«No sabíamos que nos iban a entrevistar ni que iba a llamar tanto la atención. Para nosotros era algo natural: casarnos dentro del Carnaval, que es donde empezó todo», explican. La pareja no oculta su sorpresa por la acogida y el cariño recibido por la gran familia carnavalera. El diseñador y modisto Cristo Velázquez insistió en que salieran a ver la Cabalgata, desencadenando una escena tan insólita como entrañable: muchos los veían vestidos de novios y pensaban que era un disfraz más. «Y para nada… era verdad. ¡No acabábamos de casarnos!», recuerda Johnny.

Hoy, ambos continúan saliendo cada febrero con la misma ilusión que cuando se conocieron. No entienden el Carnaval como un evento puntual, sino como una forma de vida, una red de afectos que mezcla tradición, creatividad y convivencia, y que ahora transmiten también a sus hijos.

Porque, al final, entre tambores, maquillaje y lentejuelas, su historia confirma lo que tantos carnavaleros repiten cada año: el Carnaval no solo llena las calles… también es capaz de unir destinos.

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