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Paula Álvarez: de mascota a directora de galas

«¿Sabes lo que más me alegra de que la gala gustara tanto?... Era un homenaje a mis abuelos maternos». Paula Álvarez regala corazón. De chica un día le cuestionó a su padre si era rara: preguntaron en el colegio por músicas favoritas y ella dijo zarzuelas, lo mejor que se espera de la hija y nieta de fregolinos.

Paula Álvarez, al frente de la torre de control en uno de los ensayos de las galas del Carnaval 2026. |

Paula Álvarez, al frente de la torre de control en uno de los ensayos de las galas del Carnaval 2026. | / ÁLVARO ARMAS

Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

Paula Álvarez no afronta una gala de Carnaval como un espectáculo sino que la afronta como una oportunidad de exponer cómo siente la fiesta desde la perspectiva de la nieta de uno de los grandes presidentes de Los Fregolinos, Enrique Álvarez. Empezó de mascota con una bandeja repartiendo los libretos de los repertorios y este año se ha estrenado al frente de la dirección de las galas infantil y de mayores.

Paula venía avalada por los éxitos en los espectáculos de las Fiestas de Mayo o el agasajo a los Reyes Magos en el estadio. Pero la clave del éxito de las galas, en particular de los mayores, no se aprende en la universidad. «¿Sabes lo que más me alegra de que la gala gustara tanto?», decía horas después de bajar el telón, todavía con la adrenalina en el cuerpo. «Que era un homenaje a mis abuelos maternos». Lo cuenta como una confidencia, sin buscar un titular.

La obertura, los códigos narrativos, el uso del humor cotidiano, las telenovelas de sobremesa y esa atmósfera de cercanía que impregnó la gala de mayores nacían de ahí: de Adelita y Baltasar, los abuelos maternos que la criaron junto a sus padres y que hoy ya no están. «Fue la manera que tuve de regalarles mi trabajo», resume sin grandilocuencia, pero con una verdad que encoge el alma.

Paula creció literalmente entre bastidores sin proponérselo. Mientras otros niños jugaban en la calle, ella repartía metopas, banderitas y fregolinos de oro siendo apenas una cría. Hay imágenes en las que aparece diminuta, subiendo y bajando las escaleras de la plaza del Príncipe, rodeada de rondallas, coros y disfraces. «Nací en junio y en febrero ya tenía puesta una gola de fregolina», suele decir. No es una frase hecha: es su biografía resumida.

Nieta de Enrique Álvarez, histórico presidente de Los Fregolinos, hija de rondallero (Fernando que ha militado, además de en Los Fregolinos, en Gran Tinerfe, el Orfeón La Paz y El Cabo), y criada en una casa construida por su abuelo en Santa Cruz, Paula es heredera de una forma muy concreta de entender la fiesta: desde el respeto, la lírica y el trabajo silencioso. Su vínculo con el Carnaval no es solo festivo; es cultural, casi pedagógico. «Yo soy lo que soy por mis abuelos, por mi madre y por mi barrio», insiste. Adelita y Balta la llevaban caminando a la guardería, al colegio de Geneto, a las fiestas de mayo, a los actos del Carnaval, incluso cuando sus padres trabajaban jornadas interminables. «Se desvivieron por ella», recuerdan en la familia. «Fueron padres, no abuelos».

Adelita y Baltasar, los abuelos maternos de Paula, el día de su comunión. | EL DÍA

Adelita y Baltasar, los abuelos maternos de Paula, el día de su comunión. | / EL DÍA

Ese poso vital se notó en sus primeras galas carnavaleras. La infantil, planteada como un espectáculo efectista, ágil y visual; la de mayores, concebida desde el humor, la ironía amable y la complicidad generacional. Dos galas distintas, con lenguajes propios, pero unidas por una misma raíz: contar historias desde el cariño. «Quería que no tuvieran nada que ver», explica. Y lo logró, consciente de que el público infantil y el de mayores no esperan lo mismo ni se emocionan igual.

A sus 29 años, Paula Álvarez es la directora artística más joven de la historia del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife. Llegó sin atajos ni focos prematuros, desde abajo, tras estudiar Marketing y Publicidad, realizar prácticas en el área de Fiestas y empaparse durante años del engranaje interno del Ayuntamiento. Fue paje, fue técnica, fue productora y ahora es directora. «Nunca me planteé llegar aquí», reconoce. «Pero mi vida no se entiende sin el Carnaval».

Aunque es incondicional del concejal de Fiestas, Javier Caraballero, tiene más vocación de Pepito Grillo que de ‘palmera’. Es crítica consigo misma, exigente hasta el extremo y profundamente inconformista. «Siempre encuentro fallos», admite entre risas. Defiende la renovación de formatos, el diálogo real con los grupos y la necesidad de atreverse a mejorar sin romper la esencia. Cree en escuchar a los colectivos, en consensuar cambios y en huir del refugio fácil del «siempre se ha hecho así». Lo hace desde un perfil poco habitual: joven, formada, de barrio y sin necesidad de apellidos para abrir puertas.

El día de la gala infantil, el primero de los dos espectáculos que dirigió este año, más que nervios afrontó la cita con nervios. Y con corazón. Agradecido. Acababa de fallecer días antes Pepe del Rosario, quien llegó a ser gerente de Fiestas tras ser la eterna mano derecha de Juan Viñas. Para Paula, ‘tío Pepe’, a quien dedicó esa, su primera gala del Carnaval.

Paula sigue viviendo en el distrito Suroeste, rodeada de recuerdos y de futuro. Desde allí observa, planifica y sueña. Sus hermanos pequeños, Sandra y Fernando, apuntan maneras desde otros caminos: ella hacia la producción, él hacia una vocación muy distinta, la Policía. Paula acompaña, aconseja y protege, como hicieron con ella. «Son mi orgullo», presume.

«Es una tía de barrio», repiten quienes la conocen. Y no como etiqueta, sino como identidad. En este primer estreno carnavalero ha demostrado relato, sensibilidad y una lectura clara de hacia dónde puede caminar; lo mejor que el Carnaval tiene futuro con gente con ella: de mascota a directora de galas. No es un ascenso meteórico. Es una historia de constancia, herencia emocional y amor profundo por una fiesta que no solo se celebra, sino que se cuida. Una historia que no empieza en un escenario ni termina en un aplauso. Una historia que no se estuvia; se vive.

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