Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Rosela, que nació hace 17 días escuchando Bambones, la 'componente' más joven de Chaladas en el concurso del Carnaval de Tenerife

Hija de una componente de Chaladas y de un integrante de Tiralenguas, la pequeña dormía plácidamente mientras los de Primi Rodríguez 'probaban micros para la primera fase de murgas adultas

Andrés, componente de Tiralenguas, y Paula, de Chaladas, con la pequeña Rosela, en la primera fase.

Andrés, componente de Tiralenguas, y Paula, de Chaladas, con la pequeña Rosela, en la primera fase. / Álvaro Armas Dorta

Humberto Gonar

Humberto Gonar

Santa Cruz de Tenerife

Hay historias que solo pueden nacer en Carnaval de Santa Cruz de Tenerife. No porque ocurran entre focos o bombos, sino porque contienen esa mezcla exacta de emoción, entrega y pertenencia que define la fiesta cuando se vive de verdad. Sin disfraces. Sin postureo. Con el corazón por delante.

La de Paula y Andrés es una de ellas. Y desde ya, también la de Rosela, la componente más joven de cuantas pasarán por la trasera de escenario donde se celebran los concursos de murgas adultas de Santa Cruz de Tenerife.

El lunes tuvo lugar la primera fase. Abría el certamen Chaladas. Allí acudió con su madre, que la dejó a buen recaudo mientras probaba micrófonos. Rosela se sentía feliz, asegura Paola, en especial porque luego siguieron Bambones, un sonido que le era familiar, pues fue esa música la que le acompañó en el paritorio hace 17 días cuando vino al mundo el 9 de enero.

De ahí que entre bastidores se viera la tarde noche del lunes de la primera fase a una mamá murguera amamantando a su pequeña.

Paula, componente de Chaladas, da de comer a Rosela antes de subir a cantar en la primera fase de murgas adultas.

Paula, componente de Chaladas, da de comer a Rosela antes de subir a cantar en la primera fase de murgas adultas. / Álvaro Armas Dorta

Un nacimiento con banda sonora murguera

No es una metáfora ni una exageración romántica. Bambones sonaba cuando nació. Y no como ruido de fondo, sino como banda sonora consciente de un momento único. Mientras la vida se abría paso, la murga acompañaba.

En ese instante quedó sellado un vínculo que habla de herencia emocional, de identidad compartida y de un Carnaval que no entiende de horarios ni de escenarios.

Paula: murguera, trabajadora y madre

Paula lo cuenta con naturalidad, casi restándole importancia, como quien no es del todo consciente de la dimensión simbólica del gesto. Murguera, madre y fisioterapeuta, trabaja en una residencia de mayores, donde cada mañana sus usuarios leen el periódico y siguen con atención el Carnaval.

Saben que Paula “anda por ahí”, entre ensayos, fases y emociones. Y por eso, ella quiere mandarles un beso enorme a todos, porque están pendientes, porque se ilusionan, porque viven el Carnaval como propio y celebran cada paso suyo con orgullo compartido.

Andrés, el padre: primero novio, luego murguero

A su lado está Andrés de León Rodríguez, el padre. Tiene 28 años, es de Garachico, de la Caleta de Interián, y componente de Tiralenguas. Carnavalero antes incluso de conocer a Paula.

Primero fui novio y después murguero”, bromea. Aunque reconoce que fue ella quien terminó de empujarlo a dar el paso definitivo y entrar como componente.

Se conocieron hace ocho años. Él ya seguía la murga desde fuera, desde la grada, desde la afición. Paula le dio el salvoconducto. Y desde entonces, el Carnaval forma parte de la vida cotidiana de ambos. No como excepción, sino como norma.

Elegir murga también es elegir familia

Andrés eligió Tiralenguas por cercanía, por logística, pero sobre todo por sentimiento. Por la unión interna. Por la familia. Porque allí está su tío Richard, “el peludo de la primera fila”, y porque el Carnaval también va de raíces.

Asume con deportividad lo ocurrido el año pasado, cuando Tiralenguas se quedó fuera en una edición con fuerte presencia de murgas del Norte:

“Es un trámite. Otras lo hicieron mejor y pa’lante”

Este año, eso sí, la intención es clara: llegar al sábado y darlo todo.

La llegada de Rosela no fue improvisada del todo. Los meses se contaron. Las fechas se miraron. Se habló en la murga. Se organizó la vida. Durante el embarazo, Paula y Andrés se turnaban para acudir a los ensayos: un día uno, otro día el otro.

Carnaval y crianza, sin dramatismos. Como parte del mismo proyecto vital.

Una niña tranquila… y murguera

Rosela es una niña tranquila, cuentan. Come, duerme y se relaja escuchando Bambones. En el capazo, mientras sonaban las voces, estaba “flipando”, recuerda Andrés entre risas. Relajada. Como en casa.

Como si ya lo hubiera escuchado antes. Porque lo había hecho.

El Carnaval como herencia

La imagen es poderosa: un paritorio, una murga sonando, una niña que llega al mundo sin saber que acaba de convertirse en símbolo. El símbolo de una generación que hereda no solo apellidos, sino pasiones. No solo recuerdos, sino identidad.

El Carnaval, en esta historia, no es concurso. Aunque ya Paula y Andrés ya tienen en sus brazos el primer premio de la vida.

Sábado de Carnaval y logística familiar

Queda la imagen final. El sábado. Dos murgas. Dos escenarios. Chaladas por un lado, Tiralenguas por otro. Padres turnándose detrás del escenario. Refuerzos familiares preparados. Y si no, no descartan pedir la ayuda de Primi Rodríguez, dice Andrés entre risas.

Amor de madre… murguera

Amor de padre… murguero.

Y una niña que nació escuchando Bambones y con la vista puesta en Tiralengüines, la murga infantil de Icod de los Vinos.

Carnaval en estado puro.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents