Diana Rucabado admite que "necesitaba ganar" en agrupaciones coreográficas del Carnaval con su propio grupo
La directora y coreógrafa de Wonder celebra el ritmo que marcó el concurso que ha ganado siempre en Interpretación en los últimos cuatro años

Diana Rucabado, directora y coreógrafa de la agrupación Wonder, que ganó el concurso de grupos coreográficos del Carnaval 2026. / Álvaro Armas

Hay victorias que se celebran y otras que se sienten. La de Wonder, primer premio de Interpretación en el Concurso de Agrupaciones Coreográficas del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife 2026, pertenece claramente al segundo grupo. Para Diana Rucabado, directora y fundadora del proyecto, no fue solo un triunfo artístico. Fue una confirmación personal, una reconciliación con el escenario y, sobre todo, la reivindicación de un nombre propio tras tres años consecutivos ganando bajo otra denominación: LS Tribu, con la que acaparó todos los primeros premios de Interpretación desde que se estableció el concurso por categorías.
Rucabado reconoce que la sensación de ganar no le es ajena. La ha vivido antes. Pero esta vez fue distinta. “Era algo personal”, admite. Wonder no nace como una ruptura con el pasado, sino como una necesidad. La de volver a ser ella misma sin intermediarios, sin máscaras nominales, sin que el éxito creativo se diluya en siglas que no la representaban del todo. Ganar con Wonder era, en cierto modo, cerrar un ciclo emocional abierto el año anterior, uno especialmente duro que marcó un punto de inflexión en su vida personal y profesional.
El regreso al concurso bajo su propio grupo, Wonder, estuvo acompañado de ansiedad, inseguridades y recuerdos incómodos. Los días previos al certamen no fueron fáciles. La presión no venía solo de fuera, sino de dentro. Tres victorias consecutivas generan una expectativa difícil de sostener, y Diana era plenamente consciente de que no se puede ganar eternamente. Aun así, había una petición íntima, casi silenciosa: que, si el día de no ganar tenía que llegar, no fuera precisamente este. No ahora. No con su nombre al frente y su propio colectivo.
Wonder no ajusta cuentas, se reafirma
Wonder no salió al escenario para saldar venganzas ni ajustar cuentas pendientes. Salió para ser Wonder. Para ser Diana Rucabado en estado puro. Con su habitual afán de superación, con su lenguaje coreográfico reconocible y con una idea clara: decir “aquí estoy”. No como desafío externo, sino como afirmación interna. Un golpe sobre la mesa definitivo, no de rabia, sino de identidad.
La coreografía planteada por Wonder apostó por una narrativa completa, entendible de principio a fin, algo que el público supo captar de inmediato. Ocho minutos que, según muchos asistentes, se hicieron cortos. Una historia que se desarrollaba sin fisuras, capaz de mantener la atención, generar emoción y provocar una respuesta visceral en la grada. Hubo quien lloró. Hubo quien se removió por dentro. Y eso, en un concurso coreográfico, no es menor.
Frente a propuestas de altísimo nivel técnico, como la de La Vica, segundo premio de Interpretación, Rucabado defiende que este certamen no es un concurso de baile, sino de coreografía. La diferencia no es semántica. Es conceptual. Mientras el baile mide ejecución, fuerza o limpieza, la coreografía evalúa estructura, narrativa, puesta en escena, emoción y uso del espacio. En ese terreno, Wonder jugó sus mejores cartas.
El riesgo de la magnitud
Uno de los elementos más llamativos de Wonder fue su dimensión. Mover más de 230 bailarines sobre el escenario triplica la dificultad de cualquier propuesta media. La cantidad, insiste Rucabado, no garantiza nada por sí sola. Incluso puede volverse en contra si no está bien utilizada. La clave está en el orden, la forma y el sentido. Tener muchos bailarines sin una idea clara es ruido. Tenerlos al servicio de una historia es potencia escénica.
La directora, formada en múltiples estilos de danza urbana y con experiencia en campeonatos regionales y nacionales, decidió no limitarse a un solo lenguaje. Wonder mezcló estilos, registros y recursos expresivos. No buscó impresionar solo por fuerza, sino por coherencia. Frente a propuestas más habituales en el circuito competitivo —tributos musicales o estructuras ya muy vistas en la danza urbana—, Rucabado apostó por una creación original, artesanal y profundamente emocional.
El concurso coreográfico, en evolución
La victoria de Wonder también se produce en un contexto de transformación del propio concurso. El paso de festival a certamen competitivo, la división de premios entre Interpretación y Presentación y el nuevo formato dinámico implantado este año han elevado el nivel de exigencia. Ya no se trata solo de exhibirse, sino de competir con argumentos sólidos.
Rucabado celebra el nuevo formato: ágil, televisable, sin tiempos muertos eternos y con un uso inteligente del audiovisual. Un frenesí continuo que mantuvo la atención del público y redujo el desgaste habitual de ediciones anteriores.
No obstante, también señala los retos pendientes. El crecimiento del concurso ha generado problemas de aforo, especialmente para padres y madres que se quedaron sin poder ver a sus hijos actuar. Un conflicto complejo, agravado por el cálculo del aforo incluyendo a bailarines que, en realidad, no ocupan las gradas simultáneamente. La posibilidad de establecer fases aparece como una solución futura si el certamen sigue creciendo.
Artesanía, corazón y alma
Wonder también representa una forma muy concreta de entender el Carnaval. Lejos de grandes presupuestos en vestuario, el grupo apuesta por una elaboración casera y colectiva. Madres y padres cosiendo, inventando, creando. No hay costureras profesionales ni trajes de 200 euros. Hay creatividad, manos cansadas y mucho amor. Cuando llega un premio de Presentación, se agradece. Pero no es el objetivo principal.
El verdadero motor de Wonder, según su directora, es el alma. “Lo doy todo”, afirma. Vive y muere por sus ideas. Busca la perfección y defiende cada propuesta con intensidad. Esa entrega se contagia. A los bailarines. A las familias. A un entorno que vive el concurso con una ilusión desbordante desde semanas antes.
Por eso, cuando Wonder ganó, no fue solo un premio más. Fue el reconocimiento a una trayectoria, a una visión del concurso coreográfico y a una creadora que, tras haber llevado al éxito a otros nombres, necesitaba escucharlo claro y alto: Wonder ganó porque Diana Rucabado estaba ahí, con su nombre, su historia y su forma de entender la coreografía.
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