Lo vivido anoche en mi cantina fue brutal. Por un lado se demostró las ganas de carnaval que tiene el pueblo y por otro, que la decisión de celebrar una edición en verano ha sido enormemente aceptada, algo que ya le había adelantado a mis clientes. Sobre las seis de la mañana, casi me hizo falta la Unipol para que me ayudase a desalojar mi negocio.

Que alegría supone ver estallar en la calle el buen rollo de nuestro carnaval, la alegría que desprende, la espontaneidad de un pueblo que jamás ha utilizado la fiesta como arma arrojadiza, como ocurre con muchos políticos, para echarse en cara aquello que han hecho bien o que han hecho mal. Comprobar los ataques de unos y otros en las redes sociales, en los medios de comunicación o, incluso, su utilización para fines políticos, hacen que, a los amantes de nuestra fiesta, nos embargue una enorme tristeza; ver que el Gobierno de Canarias se niega, un año sí y otro también, a apoyar la celebración más importante que tenemos produce una mezcla de sonrojo e impotencia. Unos, porque la utilizan y otros, porque la ignoran.

Muchos de mis clientes coinciden con mi opinión. Nuestro Carnaval debería estar gestionado por una comisión mixta, en la que estén presentes personas que han mamado carnaval, que conocen su historia, que lo quieren y que no vean en él un evento al que sacar un rendimiento político y mucho menos ignorarlo. Nuestra fiesta tiene siglos de historia y han sido decenas las personas que se han dejado su vida haciéndolo grande. La lista sería interminable. Algún día deberíamos homenajearlos a todos en un acto en el que nos podamos mirar a la cara y decir que, por fin, nuestro Carnaval no está politizado.