El confinamiento ha sido un tiempo bien aprovechado por Diablos Locos; no por el motivo por el que se ha producido este parón, sino por la dedicación y entrega que han demostrado desde octubre, cuando el Ayuntamiento les transmitió la rehabilitada sede, en la calle de La Candelaria, 3.

Una visita a la sede social de Diablos Locos pone de manifiesto el dinero bien invertido y aprovechado por una murga con 51 años de historia que mató el mono de Carnaval volcándose en trasformar su local de ensayo en su particular museo trónico. Desde octubre a esta fecha no han celebrado ensayos pero se han dedicado a hacer un traje en una casa que, ya cuando se les entregó, sorprendió por la elegante y cuidada estética, y que los trónicos no sólo han puesto en valor aportando a las paredes, testigos de tantos ensayos y anécdotas, el mismísimo espíritu de Tom Carby, de la mano de su hijo y con la mirada puesta en el futuro, con su nieto, Tomy.

La fachada ya opta a primer premio de Presentación, propia de una edificación de estética neoclásica, en una construcción destinada en origen a vivienda unifamiliar responde a la tipología de las construcciones de arquitectura tradicional canaria de mediados del siglo XIX. Pero si bonito es su exterior, la belleza habita en su interior, que fue modificado. Cuenta con dos plantas sobre la rasante incluyendo una remonta retranqueada en la mitad, y una planta semisótano. Hasta ahí, la arquitectura del lugar, donde reside el trozo de cielo que ha bajado Diablos al Carnaval de Santa Cruz.

Recorrido por la casa

La entrada está adaptada para personas con movilidad reducida. Ya la cubierta de madera impone, pero el visitante queda impresionado por la elegancia del lugar, pues de la mano de Maxi Carvajal y su hijo Tomy, han conseguido que las paredes hablen.

Precisamente en la pared de entrada se descubre, presidiendo el salón, la misma imagen que un día se pintó en el local para inmortalizar un radiante Tom Carby, que luce su carcajada y peluca al aire por las que se caracterizó. Sólo un hijo es capaz de, cuando le dicen que van a demoler la casa antigua que le dieron para convertirla en su local de ensayo en el año 1979, para salir al Carnaval 1980, de armarse de paciencia para excavar en la pared y rescatar el fresco. Eso fue en octubre de 2019, cuando iban a comenzar las obras y Diablos se trasladaba provisionalmente a Miramar; con espátula y cúter en mano Maxi entabló casi una conversación con su padre para rescatar las tiras de papel rofase sobre las que se pintó, una operación milimétrica. Luego volvieron a colocarlo en Miramar, en la sede provisional, y ahora ya Tom Carby, retocado por su hijo y su nieto, preside la sede.

¿Quién le iba a decir a Toma Carby que aquella casita media arruinada que le cedió el ayuntamiento y cuyo salón llegó a temblar el ritmo de pasacalles se iba a convertir en esta sede, que se asemeja más a la galería que recorre la historia del Madrid o el Barça que a un local de ensayo?

Junto a Tom tiene un lugar preferente El rinconcito de Bolodia. ¿o es que alguien entiende a Diablos sin sus arepas? Eso sí, una cocina montada acorde a los tiempos que corren, que nada tiene que ver con el pequeño bar y la estancia donde Bolodia y doña Candelaria cocinaban su caviar de Carnaval.

En una esquina, que limita con el salón de ensayo y la cocina, un expositor con las fofuchas elaboradas por Mercedes, esposa de Jeremías, que inmortalizan todos los premios de Presentación cosechados Diablos desde que se fundara en 1971. Nueve fofuchas: siete segundos y un tercero cosechados en los últimos ocho años y otra de 1990, del primero de Presentación. Eso sí, en la estantería se reservan espacios para más.

Otro lugar mimado del local y que está llamado a convertirse en el photo call del lugar: el mirador a la historia de Diablos: el fresco pintado de Tom Carby y, delante, a la izquierda, el disfraz de diablo con el que cosecharon su segundo premio de Presentación en 2020 y, a la derecha, un maniquí que expone el último disfraz que vistió Tom Carby, en 1994, con dos elementos señeros: la última peluca que se puso el alma mater de Diablos Locos y una sandunga que incorporó Maxi Carvajal después de que en la exposición que ya instalaron los Diablos Locos en la Casa del Carnaval con motivo de sus bodas de oro se lamentara de no tener el instrumento que tantas veces tocó su padre, como ocurrió en el hermanamiento entre los carnavales de Río de Janeiro y Santa Cruz de Tenerife, en el año 1988. Nada más enterarse Elena González Ramírez, ahí estuvo ella presta para donar a Diablos una de las sandungas que realizó Enrique González, su padre, amigo y compañero de fatigas en el Carnaval de Tom Carby –aunque en murgas diferentes–, y que luce en la exposición de la flamante sede trónica. También la peluca de Tom Carby tiene su anécdota. Maxi conservaba dos: una está en el maniquí y la otra se da cedió al historiador Ramón Guimerá Peña, convencido del cariño y cuidado que le pone a estas joyas del Carnaval.

En el resto del local, el salón de ensayo, hoy no cuelga letras, sino ploter que ponen en valor el 50 aniversario, Tom Carby, Familia, Letras y disfraces, Palmarés y Momentos memorables. Maxi ha reservado dos espacios que incorporarán a la casa un enorme valor afectivo: fotografías de los aficionados, que evitarán que quede libre la pared y plasmar el calor del público que siempre lo ha arropado con su calor, hasta convertirla en una de las murgas más queridas por los aficionados.

El segundo guiño, de calado artístico, incorporará una decena de propuestas que ha pedido Diablos Locos a los diseñadores y artistas del Carnaval y de Tenerife para que reversionen su logo y que, a falta de recibir todos los originales, Maxi ya adelanta tanto la calidad como la originalidad que muestran estas versiones trónicas de cómo ven a Diablos desde un concepto más artístico.

Hasta ahí, el salón de ensayo, hoy sala de exposiciones. Pero es que Maxi se ha venido arriba, en colaboración tanto con su hijo Tomy, como con Saxo y Rambo, o el rey del multimedia Ruymán, o el Salema... Al final, como dicen Benito y Elías, con el esfuerzo realizado y la belleza del resultado final cosechado, Diablos ha convertido su sede en un museo y tendrán que buscar una sede alternativa para ensayar...

Una vez superamos la piedra amarilla que puso en valor el arquitecto director de la rehabilitación de la casa, el visitante se adentra al corazón de la muestra. La parte baja, donde antes se almacenaban disfraces desafiando a las humedades de la vieja casa, ahora rehabilitada y que se presenta como La cabaña del tío Tom en la que se exponen joyas de la historia trónica, y hasta disfraces en maniquíes gestionados por el diseñador Borja Abreu o Paco Tacoronte, en la tienda Marilyn.

Es una muestra minimalista, para disfrutar de la treintena de suéters que sacó la murga, incluso cuando las primeras ediciones eran limitadas a los componentes; o el primer Trofeo Tom Carby que Diablos entregó a una murga –recayó en Triqui-Traques– y que conservan en esta galería; la primera foto de Maxi Carvajal como componente, en 1972; o el tercer premio de Interpretación que lograron después de cinco años sin final y tras dieciséis años instalados en el desierto del pódium: entre 1980 y 1996; el bello trofeo de Murgas Canarias a la mejor formación del Archipiélago, los tres criticones ganados por el maestro Víctor Asensio, con repertorios de Diablos; la camiseta que le regaló el segundo entrenador del Cádiz, Roberto Perera, a la murga por sus bodas de oro, o hasta una entrada a las presentaciones de Diablos: como la de 1998, que costaba 2.500 pesetas, y en cuya velada, entre otros artistas, actuaba Efraín Medina. Sin olvidar el trofeo Borja Reyes al mejor director, o el que avala su participación en la Champion Murga o el Encuentro de Candelaria, y una fotografía de un amigo inolvidable: Suspi; o fofuchas que recrean la actuación de la Fasnia, con imágenes que inmortalizan un tercero de Interpretación con el que hicieron historia y cantaron con Óscar de León.

Es un museo que, más que contar, hay que visitar.