Las murgas le entraron por los ojos a Juan Padilla a finales de los 60, cuando "veía desfilar a la Ni Fú-Ni Fá" y se "colaba en la Plaza de Toros para ver los concursos" de aquella época. Tal era su gusanillo que incluso, "con los chicos de la calle 18 de Julio" formó "una murga, Los Sonámbulos", que recorría "los bares de la zona en pijama y con calderos". Fue el germen de una vinculación que ha perdurado hasta la fecha, a sus 62 años. Sin haber pasado nunca a una sola final, pero "con la misma ilusión" de siempre.

Tras una primera intentona en Diablos "en el 79" y otra ya materializada "en el 82", un par de carnavales en los Magüey, "prácticamente otros 20 con Juan Luis Zuppo en los Juanveintitretos", y con un pequeño paréntesis en medio, Juan aceptó la llamada de su hijo Juani, máximo responsable de Desbocados. Allí ejerce ahora de presidente, aunque él se considera como "el padre de todos". "Tengo tres hijos en la vida real y otros 70 en la murga durante casi todo el año. Me llaman papá, viejo?", explica sobre lo que vive en una murga que considera "una familia".

Quizá por esa sensación de ser importante y "como si estuviera en casa", Juan mantiene vivo "ese bichito en el estómago". "Cuando se vaya, ese día me bajo de las tablas", asevera. Un cosquilleo que le ayuda a dejar de lado "esos días en los que a veces dan más ganas de no ir a ensayar". "Pero el ver la cara de felicidad de los chicos es impagable", asegura con una sonrisa el mayor de los Padilla, sabedor incluso que su presencia "da fuerzas" al resto: "Si el viejo está aquí, ¿por qué no podemos nosotros?, se preguntan".

El de Juan es un discurso movido por la ilusión murguera. Sin importarle en absoluto los resultados. Una pasión que, eso sí, le gustaría coronar con dos "premios" que aún no le ha otorgado el Carnaval. El primero, "estar por fin en una final, algo que Desbocados lleva rozando un tiempito", antes de una retirada dorada: "Acabar mi trayectoria murguera en la Ni Fú-Ni Fá... si es que me aceptan". Eso, y si su corazón -ya desbocado-, el que le hace seguir amando las murgas, le permite dejar de lado a su familia.