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Amalgama

Sobran personas, faltan trabajadores

Varios pensionistas juegan al dominó.

Varios pensionistas juegan al dominó. / Europa Press

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Juan Ezequiel Morales

España se dirige hacia una paradoja demográfica formidable, y nos encontraremos con que tendremos cada vez más habitantes y, al mismo tiempo, nos faltarán trabajadores.

Los datos ya empiezan a dibujarlo, y en el primer semestre de 2026 la Seguridad Social incorporó 268.307 nuevos pensionistas y dio de baja a 203.860. La diferencia son 64.447 pensionistas más en apenas seis meses, el mayor incremento registrado en un primer semestre y un 65% superior al del año anterior.

Simultáneamente, España ha superado los 17,4 millones de personas que ni trabajan ni buscan empleo. Ahí están estudiantes, jubilados, incapacitados y personas dedicadas a otras actividades.

Los baby boomers españoles están llegando a la jubilación, las generaciones que vienen detrás son menos numerosas, y para 2030, las proyecciones utilizadas por el Observatorio de la Vulnerabilidad y el Empleo sitúan en unos 33,4 millones las personas en edad laboral y en casi 11,8 millones las comprendidas entre los cincuenta y los sesenta y cuatro años, lo que indica que España será más vieja, y también más grande.

El INE prevé que la población continúe aumentando gracias fundamentalmente a la inmigración. Podemos llegar a 2030 con aproximadamente 52 millones de habitantes y encontrarnos entonces con la extravagancia de ser más españoles que nunca y necesitar trabajadores.

Nuestro bienestar depende, en último término, de cuántos trabajen y de cuánto produzca cada uno, y España tiene problemas en ambos lados de la ecuación.

El Banco de España calcula que sólo el cambio de la estructura por edades puede restar alrededor de 2,8 puntos a la tasa de actividad hasta 2030. La inmigración puede compensar buena parte de esa caída, pero introduce población además de trabajadores, y por eso permite aumentar el PIB total mucho más fácilmente que el PIB por habitante.

El problema aparece cuando preguntamos cuánto queremos enriquecernos. Para que el PIB real por habitante crezca aproximadamente un 1% anual, necesitaríamos que la productividad aumentase alrededor de otro 1%. Para crecer un 2% por habitante necesitaríamos aproximadamente un 2% anual de productividad. Y para alcanzar un formidable 3% necesitaríamos incrementos de productividad cercanos al 3%.

Y aquí aparece el verdadero problema español, podemos importar personas pero no podemos importar indefinidamente productividad.

Si pretendemos conseguir un crecimiento del 3% de renta real por habitante manteniendo nuestra mediocre productividad histórica, las cuentas conducen, bajo hipótesis razonables, hacia necesidades migratorias disparatadas, hacia más de un millón de personas adicionales cada año, y eso significaría millones de nuevos habitantes en muy poco tiempo.

Y cada nuevo habitante necesita casa, agua, energía, carreteras, hospitales, colegios, médicos, policías, transporte y espacio urbano. El crecimiento de la población no crea automáticamente las infraestructuras que esa población utiliza.

Pero hay otra posibilidad, la de que en vez de aumentar continuamente el número de trabajadores podemos aumentar la producción de cada trabajador, y en 2030 dispondremos de una herramienta que ninguna generación anterior tuvo. Se trata de la inteligencia artificial.

Con esto, la ecuación cambia. Esta tercera posibilidad se llama automatización, y cuanto más escasee el trabajo humano, más rentable será sustituirlo.

El envejecimiento, paradójicamente, puede convertirse así en uno de los grandes aceleradores de la inteligencia artificial.

Llegados a este punto aparecen dos Españas posibles para 2030.

La primera decide reducir drásticamente, incluso prohibir la nueva inmigración económica, porque decide estabilizar demográficamente el país y evitar que el crecimiento económico dependa permanentemente del crecimiento poblacional.

Esa España tendría un problema inmediato, que faltarían trabajadores, y sólo tendría tres grandes soluciones: trabajar durante más años, aumentar la natalidad esperando dos décadas, o sustituir masivamente trabajo humano mediante máquinas e inteligencia artificial.

Seríamos menos trabajadores, pero cada trabajador dispondría de cientos de trabajadores digitales.

Y hay una segunda España, que es aproximadamente la que estamos construyendo. Mantendremos una inmigración elevada para compensar el envejecimiento y sostener el número de cotizantes, la población continuará creciendo, el PIB crecerá, el empleo crecerá.

Pero también llegará masivamente la inteligencia artificial, porque la IA llegará en ambos escenarios, ya que la elección no es entre inmigrantes y robots, pues los robots vienen de todas maneras.

Pero en este segundo escenario tendremos simultáneamente inmigración elevada, automatización acelerada y una población creciente que competirá por bienes cuya oferta no puede aumentar a la misma velocidad, que son vivienda, suelo, infraestructuras y servicios públicos.

Podremos ser estadísticamente más ricos y socialmente sentirnos más pobres.

En ambos casos habrá inteligencia artificial, pero las sociedades resultantes serán diferentes.

Una podría apostar por población estabilizada, inmigración excepcional, automatización extrema y crecimiento basado esencialmente en productividad, intentando alcanzar un estado de menor tensión demográfica.

La otra combinará inmigración elevada y automatización igualmente extrema, obtendrá probablemente mayores cifras absolutas de PIB y población, pero deberá administrar mucha mayor presión sobre vivienda, infraestructuras, distribución de la riqueza, identidad y convivencia.

Puede ser una sociedad económicamente más grande y, paradójicamente, más tensa e infeliz, con más crecimiento absoluto, pero también con mayores riesgos de tensión distributiva, presión material e infelicidad social.

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