Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

La teoría evolutiva del mono drogado

La hipótesis del mono dopado» propone que los primeros humanos pudieron desarrollar nuevas capacidades cognitivas tras consumir hongos alucinógenos

La teoría evolutiva del mono drogado

La teoría evolutiva del mono drogado

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

Lara de Armas Moreno

Todo indica que existió un salto evidente en las capacidades cognitivas entre los primeros Homo sapiens y Homo erectus. Esta brecha fue el punto de partida que llevó al etnobotánico y defensor de los psicodélicos Terence McKenna a publicar, en la década de 1990, su obra Food of the Gods. En ella proponía que el salto cognitivo del Homo sapiens pudo estar relacionado con el descubrimiento y consumo de hongos alucinógenos.

A pesar de lo sugerente de esta hipótesis, la comunidad científica nunca la consideró plenamente válida, viéndola más como una especulación que como una propuesta respaldada por evidencias sólidas. Sin embargo, en tiempos más recientes, el micólogo Paul Stamets ha mostrado cierto apoyo a esta idea, reavivando el debate en torno a sus posibles implicaciones.

La teoría de Terence McKenna, conocida como la «hipótesis del simio dopado», propone que, durante las migraciones hacia nuevos territorios, los primeros humanos habrían descubierto de forma accidental hongos que crecían en el estiércol de ciertos animales. Al consumirlos, sus cerebros se habrían estimulado, alcanzando niveles más complejos de funcionamiento y desarrollando nuevas capacidades de procesamiento de la información, lo que pudo favorecer la expansión de la imaginación y la creatividad.

En palabras del propio McKenna: «Homo sapiens se abrió camino hacia una conciencia superior comiendo», y «fue en este momento cuando el ritual religioso, la creación de calendarios y la magia natural cobraron protagonismo».

McKenna centró parte de sus investigaciones en la psilocibina, un compuesto psicoactivo natural presente en más de 200 especies de hongos. Esta sustancia actúa principalmente sobre los receptores de serotonina en el cerebro, alterando la forma en que se percibe la realidad.

La psilocibina incrementa la conectividad entre regiones cerebrales que normalmente no están estrechamente vinculadas, lo que puede dar lugar a experiencias sensoriales y emocionales más intensas. Diversos estudios sugieren que, bajo su influencia, la actividad cerebral tiende a organizarse de manera más integrada y menos fragmentada, favoreciendo procesos como la creatividad, el pensamiento lateral y la introspección.

Desde esta perspectiva, esta expansión cognitiva podría haber ofrecido a nuestros ancestros un terreno fértil para el desarrollo de nuevas capacidades mentales y formas de pensamiento más complejas.

Basándose en la premisa de McKenna, Stamets presentó en 2017 Psilocybin Mushrooms and the Mycology of Consciousness, una obra con la que intentó reavivar la hipótesis de McKenna y plantearla como una posible respuesta al enigma de la evolución humana.

«Lo realmente importante que debemos entender», afirmó, «es que hubo una expansión repentina del cerebro humano hace unos 200.000 años. Desde una perspectiva evolutiva, se trata de un cambio extraordinario, y aún no existe una explicación concluyente para este aumento tan rápido en el tamaño y las capacidades del cerebro humano».

Frente a las propuestas de Terence McKenna y Paul Stamets, existen teorías alternativas más ampliamente aceptadas que atribuyen el desarrollo cognitivo humano a factores sociales. Según estas perspectivas, el aumento de nuestras capacidades mentales estaría vinculado al surgimiento de los primeros vínculos comunitarios y a las crecientes exigencias de la interacción social, que habrían impulsado habilidades como el lenguaje, la cooperación y la planificación.

Por otro lado, algunos investigadores han estudiado el uso de plantas psicoactivas en las primeras etapas de la humanidad, aunque se muestran escépticos ante la llamada «hipótesis del mono dopado». La arqueóloga Elisa Guerra-Doce, experta en este ámbito, considera que se trata de una idea excesivamente simplista, ya que reduce un proceso evolutivo complejo a un único factor.

Determinar cuán pronto surgió la fascinación humana por los estados alterados de conciencia podría aportar claves importantes sobre la plausibilidad de la hipótesis de McKenna. Sin embargo, por el momento, esa cuestión sigue sin una respuesta clara.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS

Tracking Pixel Contents