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Entrevista |

El valle de los espejos

En estado de deterioro alarmante, las Charcas de San Lorenzo, uno de los enclaves de Las Palmas con mayor cantidad de valores naturales y culturales, tiene un enorme potencial para afrontar la crisis climática

Una panorámica de las Charcas

Una panorámica de las Charcas / Lola Santana

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Mariano de Santa Ana

Comencemos con una pregunta: ¿otro espacio patrimonial que añadir a la lista de bienes protegidos, con sus consiguientes cargas de restauración, mantenimiento, vigilancia y gestión? Y aventuremos una respuesta en forma interrogativa: ¿y si, en lugar de verlo así, lo vemos como un activo estratégico? ¿Activo estratégico? Sí, y con múltiples rentabilidades. Una de ellas, la económica: el potencial de este espacio para generar retornos mediante la reactivación de la agricultura de proximidad en suelos hoy abandonados y, debidamente regulado, un turismo de naturaleza -avistamiento de aves, rutas etnográficas, actividades formativas- de alto valor añadido. ¿De qué espacio hablamos? De las Charcas de San Lorenzo, uno de los enclaves con mayor concentración de valores históricos, etnográficos, paisajísticos y ecológicos de Las Palmas, desatendido desde hace demasiado tiempo por la administración con mayor responsabilidad en su conservación: el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. Este dato no exime de la suya al Cabildo de Gran Canaria y al Gobierno de Canarias.

Como en tantos casos en la historia de Las Palmas, la protección de este fascinante humedal artificial de 182 hectáreas, situado en la Vega de San Lorenzo, se debe a la movilización ciudadana. En 1998 el proyecto municipal para construir en él un campo de golf de dieciocho hoyos y una urbanización de casi seiscientos chalés, provocó una enorme protesta. Participaron en ella asociaciones vecinales, grupos ecologistas, defensores del patrimonio cultural y colectivos sociales, así como biólogos, arquitectos, geógrafos, médicos, enfermeros y otros profesionales independientes, integrados en la Plataforma Ciudadana Salvar las Charcas de San Lorenzo. Entre ellos se encontraban la activista vecinal Mavi Delsan, el arquitecto Carmelo Suárez y el ecologista Juanse Rodríguez, que acompañan al autor en su visita al lugar, así como Mario César Hernández, naturalista, con quien el reportero mantiene una conversación posterior.

Finalmente, la presión ciudadana, en forma de manifestaciones, charlas y alegaciones, logró que aquel proyecto municipal no se ejecutase. Evitó, pues, la destrucción de este «singularísimo sistema hidráulico», como lo caracteriza Carmelo Suárez, pero quedaron pendientes otras dos aspiraciones: su rehabilitación y su reactivación.

Ciertamente, se han dado pasos importantes en su protección legal: en 2006 la Cotmac aprobó el Plan Especial del Paisaje Protegido de Pino Santo, que reconoce expresamente los valores paisajísticos, culturales y ecológicos de las Charcas de San Lorenzo. Y en 2012 el Ayuntamiento las incorporó al Catálogo General Municipal de Protección y reservó el suelo para lo que un día habrá de ser el Parque Agroambiental de San Lorenzo. Desde entonces, esta iniciativa, ideada y promovida por un grupo de vecinos para compatibilizar la conservación del patrimonio hidráulico de las Charcas con su uso agrícola y su disfrute público, se encuentra prácticamente en punto muerto.

Tarros canelos en las Charcas

Tarros canelos en las Charcas / Lola Santana

Rehabilitar y reactivar, pues, íntegramente, las Charcas de San Lorenzo, pero para ello es condición previa y necesaria conservarlas. Sin atención material, su protección jurídica es completamente insuficiente para evitar el deterioro alarmante que están provocando en ellas la acción combinada del abandono de la agricultura, la erosión ambiental y la falta de civismo.

Entre el tramo medio del barranco de San Lorenzo y el antiguo camino que lleva su nombre, este corredor hidráulico y agrícola conforma un sistema integral de captación, almacenamiento y distribución de agua integrado por tomaderos, minas, machos, pozos, acequias, cantoneras, canales, túneles, muros de contención, acueductos, bombas, una decantadora, una torre con sifón y las propias charcas: una cuarentena de estanques de barro expansivo, muros de mampostería e impresionantes taludes de tierra de entre cuatro y seis metros de altura, construidos de forma sucesiva por esclavos y campesinos entre finales del siglo XVII y principios del XX. Aunque fueron ejecutadas para el regadío agrícola, las Charcas se convirtieron también en hábitat de aves, capturadas durante mucho tiempo para consumo cárnico familiar y abastecimiento del mercado local.

Juanse Rodríguez recuerda que, en tiempos de sus abuelos, el enclave era conocido como «Valle de los Espejos», por el espectáculo del reflejo del sol en el agua almacenada. Ésta, procedente de la lluvia, llega principalmente a través del barranco de San Lorenzo, e indirectamente desde el barranco del Pintor, que confluye con el anterior aguas arriba, en el casco antiguo de lo que fue municipio de San Lorenzo y hoy es parte de Las Palmas. Más allá del barranco del Pintor, un sistema de túneles conectado con Las Meleguinas posibilita el trasvase hacia este de agua que corre por el Guiniguada y que también acaba en el humedal.

Por todo lo dicho hasta aquí, se comprenderá que, además del económico, este paraje tiene también otros potenciales de rentabilidad indisociables del anterior, como el social y el ecológico.

El acelerado crecimiento de Las Palmas desde los años sesenta del siglo pasado, época también de abandono de la agricultura por la irrupción del turismo de masas, no vino acompañado de un incremento relevante de espacio público de calidad, ni de integración de la ciudad y la naturaleza: el espacio público construido es escaso y, salvo excepciones, de ínfima calidad. El extraordinario soporte natural de la ciudad parece más un adversario que debe ser aniquilado por el urbanismo moderno que un factor principal que este debe aprender, con mayor aceleración aún, a integrar: junto a las Charcas de San Lorenzo, el barranco Guiniguada es el otro paraje con mayor densidad de valores naturales y culturales de Las Palmas. Desgraciadamente, cuando entra en la urbe hasta su desembocadura en el mar, es sepultado por una hoy prescindible Autovía del Centro.

Estructura hidráulica tradicional en Las Charcas

Estructura hidráulica tradicional en Las Charcas / Lola Santana

Derecho a la naturaleza en la ciudad: deber inaplazable de los gobernantes que han de garantizar a la ciudadanía condiciones para una vida buena. En su coyuntura actual, como relicto rural en la trama de Las Palmas, el potencial de rentabilidad social de las Charcas de San Lorenzo es, en este sentido, de primer orden.

La estructura de la propiedad de las Charcas, de carácter privado, no es una dificultad insalvable. Todo lo contrario. Fuera del mercado inmobiliario por su protección legal, la zona en desuso agrícola, la mayor, puede ser objeto de un gesto decidido de adquisición por parte del Ayuntamiento. Para quienes mantienen aún en uso agrícola la otra parte, y con él el irremplazable paisaje cultural y el formidable ecosistema, los vecinos que concibieron e impulsaron el proyecto de Parque Agroambiental de San Lorenzo proponen, como indica Mavi Delsan, «su integración en el mismo, con respeto a su propiedad, como ya ocurre en la finca de Osorio».

Rentabilidad ecológica

Pero la mayor rentabilidad social que puede obtenerse de esta parte de Las Palmas es su rentabilidad ecológica. Según los principales indicadores científicos internacionales, la crisis climática es el desafío más grande que afronta actualmente la humanidad, hasta el punto de que compromete su supervivencia misma. La mitigación y adaptación al cambio climático antropogénico precisan de cuantos sumideros de carbono sean posibles, especialmente en las ciudades, principales emisoras de gases de efecto invernadero.

Las Palmas tiene en este paraje un sumidero de carbono de primer orden que necesita protección efectiva de su biodiversidad, singularmente de sus aves acuáticas y migratorias, que descansan e incluso anidan en él desde su construcción, y que desaparecerían con su desecación. Especies, como, entre otras, la picoespátula, el alcaudón real, la focha común, la polla de agua, el tarro canelo, el chorlitejo chico y la cigüeñuela, «esenciales» -indica Mario César Hernández- «porque forman parte del control biológico de otras especies de flora y fauna, porque regulan las plagas y porque no puede concebirse un espacio natural sin las aves a nivel del mundo».

A pleno rendimiento, las Charcas son un enorme dispositivo de regulación hídrica que sostiene el humedal en el contexto de un clima cada vez más árido y constituyen, por ello mismo, un refugio contra el efecto isla de calor que, señalan los principales indicadores científicos globales, aumenta sin cesar y constituye un riesgo cada vez mayor para la salud.

Una cigüeñela en las Charcas

Una cigüeñela en las Charcas / Lola Santana

De modo que, además de sus valores patrimoniales asociados al pasado, que hay que proteger, las Charcas de San Lorenzo tienen grandes valores ecológicos, vinculados al presente y el futuro cercano, que pueden proteger. ¿Cómo? ¿Este sistema tradicional es más efectivo que su reemplazo por tecnología punta para enfrentar el calentamiento global? Pues sí. Como explica Carmelo Suárez, toda nueva intervención a esta escala, comportaría también una huella ecológica que implicaría la liberación a la atmósfera de toneladas de dióxido de carbono y el consumo de miles de litros de combustibles fósiles. A pleno rendimiento, este lugar, construido con la sabiduría ingeniera de otros tiempos para captar, distribuir y almacenar agua de lluvia, tiene capacidad para contribuir de forma notoria a atender necesidades apremiantes de la población actual de Las Palmas.

Para concluir, volvamos entonces por donde empezamos, por la cuestión de la rentabilidad económica: rehabilitadas y reactivadas, las Charcas de San Lorenzo evitarían enormes costes materiales y sociales asociados a la crisis climática. Atendido como se merece, en el Valle de los Espejos la ciudad se miraría y se gustaría.

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