Amalgama
La ministro Redondo

La ministra de Igualdad, Ana Redondo, durante la manifestación del Orgullo 2026. / Sergio Pérez / EFE
Juan Ezequiel Morales
La ministro de Igualdad, Ana Redondo, ha resuelto de un plumazo uno de los grandes problemas de la biología contemporánea. Hombres y mujeres ya no pertenecemos a la misma especie, sino que somos, según declaró en los Cursos de Verano de la Universidad Complutense de este año, “especies radicalmente distintas, que no tienen mucho que ver”. Darwin necesitó cinco años de navegación en el Beagle, miles de observaciones y más de veinte años de reflexión antes de publicar El origen de las especies, pero a la ministro le bastó una mañana en El Escorial.
La noticia merece celebrarse. España, que no consigue fabricar microprocesadores avanzados ni colocar una universidad entre las mejores del mundo, acaba de producir una revolución taxonómica, y cuando hasta ahora creíamos que hombres y mujeres pertenecían a la especie Homo sapiens, podían reproducirse entre sí y compartían prácticamente todo su patrimonio genético, nos hemos dado cuenta de que la ciencia era eso que existía antes de que los ministerios empezaran a redactar la realidad.
Conviene reconocer que el disparate fue pronunciado y la información publicada por Europa Press. Redondo añadió que había que ayudar al género masculino a “evolucionar” social y emocionalmente, pues los hombres permanecen anclados en privilegios que les impiden reconocer la debilidad y expresar sentimientos. La ministro tal vez utilizaba “especie” y “evolución” como metáforas, pero el problema es que una ministro no puede invocar la biología cuando le interesa impresionar al auditorio y pedir después que no se interpreten biológicamente sus palabras. Quien ocupa un ministerio llamado precisamente de Igualdad debería conocer la diferencia entre sexo, género, especie, evolución biológica y transformación cultural, y no se exige a una ministro que domine la genética de poblaciones, pero sí que no emplee palabras científicas como matracas ideológicas.
El disparate resulta todavía más evidente si lo contrastamos con Simone de Beauvoir, una de las filósofas tutelares del feminismo contemporáneo, aunque nada permita suponer que la ministro la haya leído. Su célebre afirmación “no se nace mujer, se llega a serlo” no significa que la mujer constituya una especie diferente ni que el hombre pertenezca a una fase inferior de la evolución, sino que significa exactamente lo contrario, que la anatomía no contiene un destino social y que sobre el cuerpo sexuado se construye históricamente una determinada condición femenina. Beauvoir trataba de liberar a la mujer del esencialismo, y mostrar que no existe una esencia eterna de lo femenino que obligue a ser sumisa, maternal, doméstica, delicada o dependiente. Redondo toma esa tradición antiesencialista y la transforma en un nuevo esencialismo, el de que mujeres y hombres serían criaturas radicalmente distintas y una de ellas habría evolucionado más que la otra. Beauvoir intentó sacar a la mujer de la jaula de la naturaleza, y la ministro mete a ambos sexos en zoológicos separados.
Hay algo involuntariamente cómico en afirmar que las mujeres se han liberado de sus estereotipos mientras se reduce a los hombres a un estereotipo. Ellas aparecen como seres emancipados, plurales, emocionalmente desarrollados y capaces de cuidar, y ellos, como un bloque homogéneo de privilegio, testosterona, incompetencia afectiva y miedo al llanto. Se combate la caricatura de la mujer con una caricatura del hombre con el prodigioso método de destruir un prejuicio fabricando otro.
Tampoco mejora la cosa cuando Redondo descubre una prehistoria prácticamente paritaria, posteriormente destruida por las religiones, que habrían “globalizado el machismo”. La arqueología puede inferir división del trabajo, jerarquías, alimentación, movilidad o prácticas funerarias, pero no puede certificar que Og y Ogla, en la cueva de Altamira, se repartieran el poder al cincuenta por ciento antes de aprobar por asentimiento el presupuesto anual de la caverna.
Y, por cierto, Simone de Beauvoir, en El segundo sexo rechazó la fantasía de una edad dorada matriarcal y sostuvo, con todos los límites antropológicos de su época, que las mujeres no habían ejercido originariamente un dominio histórico sobre los hombres. Traerla, por ese entorno ministerial de la igualdad socialista, como descubridora de una Arcadia paleolítica paritaria es citarla al modo contemporáneo, se conserva la frase famosa y se elimina el libro.
No importa que “especie” no signifique sexo, que “evolucionar” no signifique acudir a un taller de inteligencia emocional, que igualdad no signifique identidad, que diferencia no signifique inferioridad, o que una construcción cultural no sea por ello completamente arbitraria. El discurso político contemporáneo necesita palabras sin fronteras para trasladarse cómodamente de la biología a la moral, de la moral al derecho y del derecho al presupuesto.
Redondo podría haber dicho algo perfectamente razonable, como que ciertos modelos tradicionales de masculinidad dificultan a algunos hombres expresar vulnerabilidad, participar en los cuidados o solicitar ayuda psicológica. Eso se puede debatir, estudiar y hasta compartir, pero la frase razonable no produce titulares, y era necesario ascender desde la sociología hasta la biología, declarar la aparición de una segunda especie humana y anunciar que una de ellas debe evolucionar bajo la tutela pedagógica del Estado socialista.
La ministro quería combatir el esencialismo y terminó esencializando, quería defender la igualdad y comenzó proclamando una separación radical. Estamos ante algo corriente y quizá preocupante, ante una alta autoridad política que no distingue una categoría científica de una metáfora ideológica. La razón queda en una situación incómoda, pues carece de ministerio, de presupuesto y, sobre todo, de departamento de comunicación.
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