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Leocadio Martín, psicólogo: "Las fobias están entre los problemas psicológicos con mejor pronóstico terapéutico"

El profesional analiza las causas que están detrás del miedo a volar o a navegar y aborda las terapias que resultan más eficaces para superarlo

El psicólogo Leocadio Martín.

El psicólogo Leocadio Martín. / Ramón de la Rocha

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Las Palmas de Gran Canaria

¿Qué les ocurre psicológicamente a las personas que llegan al punto de ser incapaces de subirse a un avión o a un barco?

Lo que ocurre es que el sistema de alarma del cerebro ha aprendido a asociar ese medio de transporte con un peligro extremo, aunque la experiencia real no lo justifique. No es una decisión consciente ni una exageración voluntaria, sino una respuesta automática del organismo que se dispara antes incluso de subir. El cuerpo reacciona como si la amenaza fuera real e inminente: taquicardia, dificultad para respirar y sensación de pérdida de control. En ese estado, la lógica no ayuda demasiado. Decirle a alguien que los aviones son seguros cuando está en plena respuesta de pánico es como intentar apagar un incendio con argumentos.

¿En qué se distingue una fobia de un simple temor?

El temor es proporcionado y manejable. Una persona puede tener cierta aprensión antes de subir a un avión, notar algo de tensión y, aun así, hacerlo sin que eso la desborde. La fobia, en cambio, genera una respuesta de miedo intensa y desproporcionada respecto al peligro real. Lo más importante es que empieza a organizar la vida en torno a la evitación. Cuando se llega a este punto y una persona toma decisiones relevantes para no tener que enfrentarse a ese miedo, ya no se puede hablar de un temor, sino de una fobia.

¿Qué señales indican que ese temor está empezando a condicionar la vida de los afectados?

La señal más clara es la evitación activa: rechazar viajes, cambiar planes o buscar alternativas que impliquen no volar o no embarcar. Pero hay señales más sutiles que aparecen antes, como la ansiedad anticipatoria las semanas previas a un viaje, las pesadillas, la búsqueda compulsiva de información sobre accidentes, o la necesidad de que alguien les acompañe para poder hacerlo. Cuando el miedo empieza a ocupar espacio mental fuera de la situación temida, es momento de prestarle atención.

¿Por qué algunas personas desarrollan este miedo aunque nunca hayan sufrido una mala experiencia en estos medios de transporte?

Porque no siempre hace falta vivirlo en primera persona. Las fobias también pueden aprenderse por observación, por ejemplo al ver a alguien cercano reaccionar con terror, o a través de la información, como ocurre cuando determinadas noticias sobre accidentes se instalan en la memoria emocional. También pueden surgir por generalización desde otros temores. Una persona con claustrofobia, por ejemplo, puede trasladar ese miedo al interior de un avión, mientras que alguien con miedo a perder el control puede proyectarlo en situaciones en las que depende de un piloto o está a merced de las olas. El cerebro es muy eficiente a la hora de aprender a tener miedo y no necesita haber vivido directamente una experiencia para incorporarla.

"El cerebro es muy eficiente a la hora de aprender a tener miedo y no necesita haber vivido directamente una experiencia para incorporarla"

¿El miedo a volar y el miedo a navegar tienen un origen parecido o existen diferencias importantes entre ambas fobias?

Comparten el núcleo, que es la sensación de no tener control sobre lo que ocurre y la percepción de que no hay salida posible si algo va mal. Sin embargo, tienen matices distintos. El miedo a volar suele estar muy ligado al pánico a las alturas y a la turbulencia como señal de catástrofe inminente. El miedo a navegar, en cambio, aparece más frecuentemente asociado al mar como entorno amenazante en sí mismo y también al mareo, que en algunas personas desencadena respuestas de pánico. En ambos casos, lo que dispara la respuesta no es el peligro objetivo, sino la interpretación catastrófica de las sensaciones.

¿Se pueden llegar a superar?

Sí. Las fobias específicas están entre los problemas psicológicos con mejor pronóstico terapéutico. No hablo de aprender a tolerarlas o de convivir con ellas, hablo de superarlas de verdad, hasta tal punto que la persona pueda volar o navegar sin que eso suponga un sufrimiento significativo. No es rápido ni cómodo, porque requiere enfrentarse a aquello que se ha estado evitando, pero los resultados son sólidos y duraderos.

¿Qué abordajes terapéuticos han demostrado ser más eficaces?

La terapia cognitivo-conductual, y dentro de ella especialmente las técnicas de exposición gradual, es la que cuenta con mayor evidencia científica. Consiste en acercarse progresivamente a la situación temida, primero en imaginación y luego en situaciones reales cada vez más próximas al estímulo, hasta que el cerebro aprende que la amenaza no es real y la respuesta de alarma se desactiva. En los últimos años, la realidad virtual ha abierto posibilidades muy interesantes, ya que permite hacer esa exposición de forma controlada y segura, con resultados muy prometedores. También pueden ser útiles las técnicas de relajación y regulación emocional, no como solución en sí mismas, sino como herramientas de apoyo durante el proceso.

¿Qué sucede cuando una persona evita viajar durante años por miedo?

La evitación da alivio inmediato y por eso es tan difícil de abandonar, pero a largo plazo hace exactamente lo contrario de lo que promete. De hecho, refuerza el miedo, le dice al cerebro que la amenaza era real y que hizo bien en huir. Con cada viaje que no se hace, la fobia se consolida un poco más. Además, hay un coste vital que se acumula: destinos a los que nunca se fue, eventos familiares a los que no se pudo asistir u oportunidades laborales que se rechazaron. Con el tiempo, la persona puede empezar a construir su identidad en torno a esa limitación, lo que hace aún más difícil plantearse cambiarla.

¿Qué recomendaciones les daría a las personas que tienen un viaje programado para este verano y tengan ansiedad solo de pensarlo?

Lo primero es que no intenten convencerse de que no tienen miedo. Negarlo no lo elimina y reconocerlo sí permite manejarlo. En segundo lugar, que no busquen garantías absolutas, ya que ningún medio de transporte las ofrece y buscarlas solo alimenta la ansiedad. Por otro lado, les diría que aprendan alguna técnica de respiración y la practiquen antes del viaje, no solo en el momento del pánico. También es importante avisar a quien les acompañe de cómo se sienten para no cargar solos con el esfuerzo. Y si la ansiedad es muy intensa, lo recomendable es que lo consulten con un profesional antes de ese viaje. Unas pocas sesiones pueden marcar una diferencia real. El objetivo no es no sentir nada, sino poder hacerlo aunque se sienta algo.

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Fuente: La Provincia - Diario de Las Palmas

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