Entrevista | Coro Millares Hija menor del artista y actual gestora de su legado
Coro Millares: «Falta la gran exposición»
Ingeniera Agrónoma, experta en restauración de jardines históricos, trabaja sin descanso en el centenario de Manolo Millares, su padre. Echa en falta una antológica del artista con prestamos de otros museos, a celebrar en Gran Canaria, con motivo del aniversario. Piensa ya en una fundación o en una donación para la gestión del legado

Coro Millares / Ferrán Nadeu
Javier Durán
Usted acaba de coger el timón para la salvaguarda de la obra y vida de uno de uno de los grandes del arte español contemporáneo. ¿Qué prioridad se ha marcado?
Bueno, realmente llevo casi quince años compaginando mi vida profesional con la gestión del patrimonio familiar. Poco a poco, mi madre ha tenido que ir delegando esa labor por el propio cansancio de la edad y la necesidad de modernizar la gestión del archivo. La prioridad siempre ha sido mantener la obra y la figura de Manolo Millares en la memoria de todos, facilitando con nuestro material todo tipo de proyectos de difusión e investigación gracias a la exhaustiva catalogación de los fondos y su progresiva digitalización.
Hay que luchar contra el olvido...
Desgraciadamente, la memoria es frágil y volátil, y el olvido institucional un mal común. Muchos artistas de gran trascendencia caen en el olvido si no se trabaja a diario y es una pérdida irreparable para las nuevas generaciones que buscan referentes en el pasado. Y Manolo Millares ha sido, y sigue siendo, un referente por la rabiosa actualidad de su pintura.
Manolo Millares falleció relativamente joven. ¿Eso hace más complicado esa gestión?
Realmente las trayectorias artísticas no se completan nunca, en el sentido de que no hay un culmen o un objetivo a alcanzar. Tan solo responden a inquietudes y experiencias vitales del pasado y del día a día que el artista refleja en sus obras. Si esa vida se trunca, tan solo caben especulaciones y yo prefiero centrarme en las certezas.
¿Qué documentos custodia?
En el archivo, distribuido entre Cuenca y Madrid, conservamos su biblioteca, manuscritos, correspondencia, noticias de prensa que él mismo recortaba y archivaba, catálogos de exposiciones, revistas, fotografías, sus películas en Super8, y por supuesto, las obras pictóricas que aun conservamos en la colección familiar. Aparte de custodiar lo estrictamente material, también se vela por la defensa de su legado en la lucha contra las falsificaciones que son una auténtica lacra. Para ello creamos el Comité Millares para la certificación de obras. De todo ello hablaré el próximo noviembre, en el seminario que prepara el CAAM para conmemorar el centenario, en una intervención que se titulará Millares en su archivo.
Usted perdió a su padre cuando tenía un año. ¿Tiene la sensación de que lleva toda una vida preparándose para este trabajo, o todo ha sido circunstancial, sobrevenido?
Si le soy sincera, nunca pensé que terminaría encargándome yo de la gestión de su obra. Mi hermana parecía más predispuesta a ello, y mi formación era más científica que humanista, pero su marcha a Australia hizo que tuviese que cambiar mis planteamientos de vida y dedicarle una gran parte de mi tiempo. Por supuesto es un acto voluntario, por lo que, para las nuevas generaciones, donde hay un mayor desapego, habrá que plantearse otras opciones como el modelo de Fundación o la donación del archivo a un gran museo.
Por qué escribía tanto su padre, ¿tenía necesidad de explicarse a sí mismo?
Él siempre se sintió muy cómodo con la escritura. Era casi una necesidad, y de ahí que se moviese en todos los géneros: poesía, teatro, narrativa, y por supuesto, crítica de arte. Muy conocidos son los textos que escribió en la revista Punta Europa bajo el pseudónimo de Sancho Negro. También nos dejó textos sobre su propia pintura que nos permiten entender mejor sus motivaciones.
¿Era Manolo Millares el más politizado, el más antifranquista del grupo El Paso?
Cada uno a su manera expresaba su oposición al régimen, si bien en la obra de Millares está mucho más presente la denuncia de la barbarie humana a lo largo de los tiempos, como la Inquisición o las guerras. Su justificado anticlericalismo expresado en la serie de Los curas, la represión y censura en la posguerra en Mutilados de Paz, o la corrupción y la hipocresía de los que ostentan el poder. Todos ellos, por desgracia, son temas recurrentes en la historia humana y nadie como él supo expresarlos en toda su crudeza.
Un rebelde...
Precisamente con el título de Millares, rebelde, se inaugura el 2 de octubre la gran exposición del centenario en la Fundación Antonio Pérez de Cuenca, comisariada por Alfonso de la Torre, en la que las obras de mi padre colonizarán todos los espacios de la fundación siguiendo el hilo conductor de su inconformismo.
Hace poco el TEA acogió un seminario en el que tuvo especial relevancia la proyección de tres películas grabadas por su padre. ¿Qué significado tienen para usted?
Este seminario, dirigido por Mariano de Santa Ana y titulado Otro Millares, descubrió facetas de Millares menos conocidas. Bajo esa etiqueta de el pintor de las arpilleras se descubre una persona involucrada en el cine, el teatro, la poesía, el humor, la música, etc. En el caso del cine, utilizó una cámara Súper 8 para grabar vídeos familiares y tres cortometrajes montados por él y filmados con ayuda de mi madre. Millares 1970, el más conocido y el de mayor relevancia; Eros Taro, filmada en casa de César Manrique, y la inédita Diciembre68enero como crítica a las hordas turísticas que invadieron la isla en los años 60 y que se proyectó por primera vez en el TEA.
Otro descubrimiento ha sido su teatro de vanguardia…
Sus obras de teatro «para no ser representadas» tienen humor y crítica a partes iguales. Fue maravillosa la interpretación que hizo Aranza Coello de dos de ellas en el TEA. Me encantaría que se les siguiera dando difusión.
¿Toda esta creatividad colateral a su pintura complica aún más la compresión de Manolo Millares, o todo lo contrario?
Todo lo contrario. Me gusta mucho la definición que hizo de él el director de cine Isaki Lacuesta, calificándolo como poliédrico. Todas las facetas son necesarias para comprenderle como persona y como artista. Su faceta más prominente es la que le asocia a la pintura, pero como contaba anteriormente, no fue su único medio de expresión.
¿Cómo caracterizaría el papel de su madre, Elvireta Escobio, en la gestión de la memoria de MIllares?
Fundamental. En su momento se enfrentó a las galerías y los oportunistas que intentaron convencerla de que, con su marido fallecido y dos niñas pequeñas, lo mejor que podía hacer era vender toda la obra que tenía en su poder. Gracias a su negativa, podemos disponer de material suficiente para poder dar soporte a los proyectos que se nos van planteando y mantener viva su memoria. La defensa de esta memoria nunca es un camino fácil, y supone chocar a veces frontalmente con algunas personas y perder muchas horas de sueño.
Los tiempos han cambiado, pero parece que todavía no ha obtenido el reconocimiento que se merece. ¿Cómo lo ve usted?
Es sintomático que no se haya realizado una gran exposición del centenario en su isla natal a pesar de que mucha gente lleva años demandándola. Y cuando hablo de una gran exposición, no me refiero a exponer las obras de siempre, sino a realizar una antológica con préstamos de otros museos, colecciones estatales o de nuestra propia colección, que ha estado disponible durante todo este tiempo. La última, creo recordar, fue en el CAAM hace veintidós años. También veo muy necesario que haya un compromiso con otros proyectos, como la película que Isaki Lacuesta prepara sobre Manolo Millares y que puede dar una proyección internacional a la riqueza cultural de las islas.
¿Y en cuanto al reconocimiento internacional?
Indiscutible
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Fuente: La Provincia - Diario de Las Palmas
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