Arte y formación
TEA estrena el Laboratorio de Investigación y Curaduría con una exposición que cuestiona el uso del espacio
La iniciativa que combina formación, experimentación y práctica curatorial culmina su primera edición con una muestra organizada por los 30 participantes

La propuesta de TEA Tenerife Espacio de las Artes va más allá del formato expositivo tradicional y estos días se abre a nuevos procesos, metodologías y formas de producción compartidas. En ese contexto se inscribe el Laboratorio de Investigación y Curaduría (LIC), una iniciativa que combina la formación no reglada, con la experimentación colectiva y la práctica curatorial. El resultado más visible de esta primera edición es la exposición Un estudio de la espera o qué hacer por placer, un proyecto que no solo ocupa este espacio santacrucero, sino que además lo interroga, al igual que a todo aquel que ahora se acerque hasta el edificio de la capital.
El LIC nace como "algo parecido a un programa de formación", pero con una vocación deliberadamente abierta, tal y como expresa uno de sus coordinadores, Néstor Delgado. De este modo, no se trata de un curso académico al uso, sino de un dispositivo de aprendizaje colectivo que articula conocimientos teóricos, experiencia profesional y dinámicas colaborativas. Desde su lanzamiento en enero, el programa ha reunido unas 30 personas procedentes de ámbitos diversos, como Bellas Artes, Historia del arte, Antropología o Filosofía, con el objetivo de "entender la curaduría no solo desde un punto de vista teórico, sino también desde todo aquello que pasa alrededor del discurso expositivo".
Trabajo en grupo
Lejos de una enseñanza vertical, el laboratorio se estructuró en sesiones periódicas que combinaban presentaciones de proyectos, encuentros con profesionales y ejercicios prácticos. Delgado subraya que la intención era "utilizar las sinergias del museo para contar cómo funciona la curaduría" y para ello incorporaron también aspectos habitualmente invisibles en el relato expositivo, desde los procesos de registro hasta las decisiones logísticas o las negociaciones con artistas. Todo ello se articuló mediante un enfoque participativo en el que el grupo iba asumiendo poco a poco mayor autonomía.
En este sentido, la dimensión colectiva ha sido clave. Los participantes trabajaron inicialmente en subgrupos, para después confluir en un proyecto común que ha dado como resultado esta exposición final que se podrá visitar hasta septiembre. "La idea era trasladar que la curaduría, aunque a veces se entienda como un proceso autoral, es en realidad un trabajo en equipo", explica Delgado. En ese tránsito, el laboratorio se convirtió en un espacio de negociación constante, donde las diferencias de formación enriquecieron el proceso. Como señala una de las participantes, Gabriela Mayato, "gracias a que procedíamos de ramas diferentes, las visiones se enriquecieron mucho". Al mismo tiempo, el trabajo colectivo implicó aprender a gestionar el desacuerdo: "Hay cosas en las que no vas a estar de acuerdo, pero entiendes que es un proceso común".
Formación gratuita
Para muchos participantes, el LIC supuso una oportunidad de acceso a una formación habitualmente inaccesible. "Este tipo de cursos cuesta muchísimo dinero y aquí lo hacías dentro del museo, con gente que trabaja en él", destacan jóvenes como Francisca Wenk, quien añade que se trataba de "una oportunidad de curaduría gratuita que no se podía dejar pasar". Por su parte, Moisés Hernández incide en el valor práctico del programa: "Muchos que contábamos con la teoría, pero en la práctica hay muchas cosas que no se cuentan y que son la realidad en el día a día del trabajo".
‘Un estudio de la espera o qué hacer por placer’ desplaza el foco de las salas convencionales
Todo ese aprendizaje cristaliza ahora en Un estudio de la espera o qué hacer por placer, una exposición que desplaza el foco desde las salas convencionales hacia los llamados "espacios intermedios" del museo. De este modo, lejos de limitarse a exhibir obras de la colección, el proyecto cuestiona las lógicas de uso del espacio museístico y las relaciones entre objetos, cuerpos y normas implícitas. "La propuesta surge de preguntarnos cómo el museo controla los cuerpos y cómo nos movemos dentro de él", explica Moisés Hernández.
El mobiliario
Uno de los ejes centrales de la propuesta expositiva es el mobiliario. Así, las sillas se convierten en las protagonistas y son incorporadas al contexto expositivo, adquiriendo de este modo una ambigüedad funcional. ¿Se pueden usar o solo contemplar? ¿Dónde termina el objeto cotidiano y empieza la obra de arte? La exposición también incorpora trabajos de artistas como Adrián Alemán, donde las decisiones de montaje -por ejemplo, eliminar o no una peana- forman parte del discurso. De este modo, el diálogo con piezas oficiales refuerza esta tensión entre uso y representación.
Los comisarios trabajaron en equipo para esta exposición abierta hasta septiembre
En paralelo, el acceso a los fondos del museo obligó a los participantes a enfrentarse a condicionantes materiales como la conservación, la iluminación o la ubicación de los elementos seleccionados. "Hay piezas que no pueden estar en determinados espacios", resumen los participantes, que evidencian de este modo la dimensión técnica del trabajo curatorial. Pero, más allá de los objetos, el proyecto se centra en el uso del espacio como registro. Los jóvenes curadores señalan detalles aparentemente anecdóticos, como la huella de la grasa que dejan los usuarios tras tantos años usando los sillones, para reflexionar sobre el museo como archivo vivo. "Ese rastro también es parte de la exposición", apuntan, en una lectura que amplía el concepto de colección intangible.
Lugares de tránsito
La elección de los espacios de tránsito responde a una voluntad clara de interpelar a un público que, en muchos casos, termina por no entrar en las salas de exposiciones y simplemente circula por el edificio. Convertir precisamente estos lugares en dispositivos expositivos implica reconocer otras formas de habitar el museo y legitimar prácticas cotidianas como descansar, esperar o simplemente estar.

Algunos participantes del Laboratorio de Investigación y Curaduría en TEA. / Arturo Jiménez
En este sentido, el LIC no se limita a formar comisarios, sino que funciona como herramienta de análisis institucional. En un momento en que el TEA se aproxima a su vigésimo aniversario, el laboratorio ofrece un "espejo" desde el que repensar sus propias dinámicas y su relación con la sociedad. La intención es dar continuidad al programa, ampliando el grupo y consolidando una línea de trabajo que combine investigación, curaduría y participación.
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