Entrevista | Siri Hustvedt Escritora
Siri Hustvedt, escritora: «Me las he arreglado para no morir, siento que hay un futuro»
La risa de Siri Hustvedt (Northfield, Minnesota, 1955). Es lo que más recuerdo de mis conversaciones con ella. Una sonrisa iluminadora que aparece siempre al final de sus reflexiones, como si buscara restarles trascendencia, aliviar el peso que a veces conlleva estar vivo, y que volvió a desplegar durante nuestro último encuentro en Madrid. Habíamos quedado para charlar de su último libro, ‘Historias de fantasmas’, el que empezó a escribir dos semanas después de la muerte de Paul Auster, su marido, su compañero, su amigo, su amante, 43 años de vida conjunta truncada por el diagnóstico de un cáncer que devino en fatalidad. Es precioso y triste y conmovedor el relato que hace del duelo, de los últimos días del escritor, de su valentía, de su muerte, que fue «buena». Pero igual de emotiva y sensible y honesta es su mirada, la de la mujer que conoció a un hombre en Nueva York a principios de los 80 del que se enamoró. Sin frialdad, pero con la distancia necesaria, sin obviar ni ocultar nada, ni siquiera las tinieblas, una hermosa sinfonía de despedida, una carta de amor inmortal ante la que sólo cabe el agradecimiento: gracias, Siri, por seguir viva, escribiendo y sonriendo

Siri Hustvedt. / José Luis Roca
Inés Martín Rodrigo
En el libro dice que admira la valentía con la que su marido se enfrentó a la muerte, y reconoce que usted tiene miedo a morir. ¿Ha cambiado su relación con la muerte, no sólo después de perderlo, sino también tras escribir este libro?
Es una pregunta muy interesante que yo misma me he hecho. No me quiero morir, por supuesto, pero, al haber presenciado la muerte de Paul, no sólo su muerte, sino la manera en la que se comportaba cuando sabía que se estaba muriendo… Aunque me dijo que tenía miedo, no percibimos ese miedo, y eso fue un regalo para quienes le amábamos. Estar tan cerca de la muerte de alguien a quien amaba tanto me ha hecho sentir un poco menos de miedo ante la muerte, no sé cuánto, creo que no podré saberlo hasta que me esté muriendo, pero cuando ahora pienso en ello es algo menos terrible que antes.
Creo que es la primera vez, y he leído muchos libros sobre duelo, que alguien habla del duelo en plural: el suyo es un duelo por la ‘y’ de «Siri ‘y’ Paul», por cómo esa ‘y’ le «hacía sentir en el mundo».
Sí, yo también he leído muchos libros sobre duelo, algunos son buenos, pero otros es sólo yo, yo, yo, yo, todo yo. Es como una especie de narrativa de supervivencia superpredecible y la persona que ha muerto casi siempre está ausente, olvidada, como que ni siquiera está en el libro. Yo quería resucitar a Paul, llorar a una persona, hacer el luto por ella, es eso, yo quiero que vuelva, honestamente sigo queriendo que vuelva, y este libro para mí era volver a traer lo que podía de mi Paul. Todas las relaciones son relaciones de ‘y’, se crea un tercer elemento al que hay que prestar atención. Tener una relación con alguien es tener esa ‘y’ hasta que algo, el aburrimiento, el divorcio o la muerte, lo pone fin.
También nos descubre partes de Paul Auster que desconocíamos.
Sí, por ejemplo, lo divertido que era. Como era un escritor famoso, había sido atacado, especialmente en EEUU, pero también era admirado como icono literario, entonces, ese lado divertido, tierno, cabezota, pesado a veces, lo buen hombre que era, un hombre moral, como que no era parte de esa persona de ensueño que la gente veía o pensaba que era, y quería dejar eso claro. Su ternura hacia la familia, su amor por Sophie [su hija], por Spencer [su yerno], por esa persona que va a ser alguien [Miles, su nieto] y por mí era inmenso.
Y su inocencia.
Oh, sí. Eres la primera persona que me dice eso.
Está en el libro, una amiga le dijo que esa inocencia era el rasgo más significativo de su marido.
Es algo que nunca me había dicho a mí misma, pero una vez que ella me lo dijo, dije: Es verdad, es eso. Esa inocencia siempre estaba ahí, estuvo ahí hasta que murió.
Escribe: «Los muertos no están en el tiempo». Sin embargo, añado yo, tras su muerte el amor que sentíamos hacia ellos no desaparece. ¿Ha sido capaz de resolver ese dilema temporal gracias al libro?
Sí, de hecho, al terminar el libro pensé que el luto es eso, un amor que ya no puede recuperarse. Recuerdas ese amor precioso, maravilloso, que ha sido correspondido, respondido y recibido, pero la persona muere y tú la sigues amando, no dejas de amarla, estás enamorada de esa persona muerta, y ese es el dilema, y es terrorífico, muy doloroso. La rutina, lo cotidiano, todo eso desaparece del día a la noche. Yo estaba preparada para la muerte de Paul mucho antes de que descubriésemos que se terminaba, pero no me di cuenta de que, una vez que se hubiera ido, mi tiempo corpóreo iba a destruirse totalmente. Despertarme por la mañana, desayunar, todas esas cosas habían sido parte de mi realidad fenomenológica con Paul, y tienes que restablecer un nuevo ritmo para ser capaz de sobrevivir. Llegué a pensar que el duelo había creado un yo demente y cada vez iba a ir a peor, no iba ser capaz de pensar bien nunca más, que es el castigo más grande que me puede caer encima. Pero me han vuelto cosas, y es lo que sucede en el duelo, el hipocampo, la parte del cerebro asociada a la memoria, se puede atrofiar en el duelo, se reduce.
¿En serio?
Sí, no lo puse en el libro porque pensé que ya era suficiente [ríe]. Pero se encoge y después se regenera a sí mismo. Yo hacía listas de todo, estaba aterrorizada de no ser capaz de gestionar los temas prácticos, era como si tuviese esta especie de cerebro aquí arriba que pudiese pensar cosas abstractas, pero el resto de la persona era como que estaba flotando, flotando por ahí. Y, de nuevo, es algo de lo que no se habla casi. La persona que ha fallecido está en el libro, las afecciones corporales del duelo están en el libro y nuestro amor físico está en el libro.
Y es precioso que esa parte, la del amor físico, esté presente.
Sin entrar en todos los detalles [ríe]. Yo quería reflejarlo porque muchos otros libros no hablan de eso, es como que se termina tu vida amorosa física. Él era mi amante, mi compañero erótico, y de repente muere y te quedas con nada, y nadie habla de eso, nadie, es como que el sexo no es parte de la vida de nadie.
Y sin embargo es un elemento fundamental del amor.
Sí, y fue muy importante para nosotros. Yo bromeo sobre el tema, en plan: «Oye, las personas mayores también se acuestan, ¿sabes?». La gente es como: «No, no, no, no me hables de esto». Vamos a ver, la gente mayor y arrugada también lo hace, no sólo los jóvenes [ríe].
«Ha habido sufrimiento, pero también mucha diversión», reflexiona en el libro. También sostiene que la gente debería «hablar, comer, sonreír y reír después de los funerales» y cuenta que a su marido le hubiera gustado morir contando un chiste. Eso me hizo recordar una frase de Spinoza, seguramente apócrifa: hacer las cosas bien y perseverar en la alegría.
Nunca he perdido el sentido del humor, incluso días después de su muerte, incluso en este momento. Cuando empecé a escribir, pensaba que había desarrollado un cáncer neuronal, lo cual es muy divertido, porque es ridículo, y lo cuento en el libro, donde también digo que, en el mercado, viendo un tomate, o lo que fuera, nunca me sentí culpable de no sentir pena en cierto momento. Hay personas que se sienten culpables porque dicen: «Ay, en los cinco últimos minutos no me he acordado de la persona a la que amo». Pero eso no es bueno, no hay que sentirse culpable. Y siempre digo que Paul hubiese querido eso. La diversión era algo muy importante para nosotros, mucho más de lo que yo creía, el juego, la risa, la comedia, el equipo cómico que éramos, en mi vida con él fue esencial y si no lo hubiésemos tenido todo lo demás hubiese sido muy distinto.
En el libro también cita a C. S. Lewis, eso que escribió sobre que no sabía que el dolor podía ser tan cercano al miedo. Usted dice: «Cuando la pérdida es aguda, también lo es el miedo, un miedo helado y paralizante al futuro que significa yo sin ti». ¿Se ha atenuado un poco ese miedo al futuro?
Yo nunca había sufrido ansiedad, hasta ese momento. Siempre he sido una persona activa, pero la ansiedad es distinta, es como si tus pulmones acabaran en tu boca, en inglés decimos: Mis hombros acaban de superar la altura de mis oídos. Estás totalmente desencajada. Hacía muchas respiraciones, me sentaba solamente para respirar porque sentía una especie de neuropánico. No es que no tenga ansiedad ahora, pero va mejorando. Y creo que es miedo, es terror a cómo va a ser la vida sin él, cómo va a ir esto.
¿Cómo se enfrenta a ese miedo?
Bueno, respiro, respiro, pero también pienso que he sido capaz de gestionarlo durante dos años, en estos dos años no me he muerto, me las he arreglado para hacerlo, para escribir un libro y seguir, digamos, una rutina en mi vida. Siento que hay un futuro de maneras que no estaba muy segura antes, y la ansiedad va disminuyendo. Creo que tiene mucho que ver con los ritmos corporales, irme a dormir sola, cenar sola… Puedo pasarme cinco días sin ver a nadie. Yo trabajo en casa, no tengo compañeros de trabajo, y no salgo a cenar todas las noches, no me apetece, no quiero. Pero, al mismo tiempo, si pasan demasiados días, el aislamiento es dañino; entonces, llamo a alguien para que venga a casa a cenar, una o dos personas, tal vez una pareja o un amigo o amiga, y hago la cena. Antes, hacía la cena para mí y para Paul y Paul lavaba los platos, mis invitados no los lavan, ahora los lavo yo [ríe], pero bueno, merece la pena. Necesito compañía y soy muy consciente de ello, porque es muy dañino que las personas se hundan en esa soledad y aislamiento, y es algo que puede suceder muy rápidamente, si te hundes demasiado es como que te quedas demasiado laxo y te quedas ahí abajo. No quiero que eso pase.
«La rutina me sostiene aunque la vida no es la misma, yo no soy la misma», confiesa. ¿Quién es ahora Siri Hustvedt?
No lo sé. Es muy interesante, porque es algo que me pregunto a mí misma, cómo he cambiado. Sé que he cambiado, soy distinta.
¿En estos dos últimos años?
Sí, en estos dos años. Pero no sé exactamente cómo. Escribir me ayuda a ver qué es distinto en mí, hasta que no me pongo a escribir es un sentimiento borroso. Y realmente no lo sé, pero iremos viendo. Y, por supuesto, debo decir que Sophie, Spencer, Myles y mis hermanas son el círculo íntimo de mi vida, no vivo con ellos, pero dependo de ellos, me relaciono con ellos como esas personas íntimas que sé que me van a ayudar si las necesito.
¿Sigue teniendo esperanza de que el próximo mes de noviembre pueda bailar, como hizo cuando ganó Obama en 2008?
¿Sabes?, sí, porque la desesperanza no es una opción. Tan mala como ha sido la historia de EEUU reciente, la historia de EEUU en general, este gobierno protofascista es algo que no habíamos visto nunca. Pero tengo ciertas esperanzas racionales. Creo que él [Trump] va hacer todo lo que esté en su mano para intentar luchar contra los movimientos de resistencia, como lo que pasó en Minnesota. Es fascinante, es como que no hay nada por encima, los tecnólogos, las grandes corporaciones, las universidades, las juntas de directivos, todos son como superdébiles inclinándose hacia el fascismo, son supercobardes, pero las personas normales, corrientes, trabajadoras de EEUU no quieren esto, no están a favor de esto. El fascismo tiene que acabar. Siempre va a haber un 30% de supremacistas blancos de derechas maníacos en EEUU, llevan ahí mucho de tiempo, no son nuevos, pero ahora han sido movilizados hacia esta mierda loca absoluta que sucede todos los días. No se va a arreglar pronto, pero tengo mucha esperanza en los movimientos de resistencia.
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