20°31' norte y 17°05' oeste: las coordenadas del último cementerio en el Atlántico
Un cayuco a la deriva durante dos semanas, un incidente en el mar y alrededor de 150 vidas que nunca llegaron a Canarias. El último gran naufragio de la ruta migratoria atlántica resume la dureza de una ruta convertida en el más mortífero del mundo y pone rostro a quienes arriesgan la vida para intentar alcanzar las Islas

Un cayuco llega a Canarias en una imagen de archivo.
Las coordenadas 20°31' norte y 17°05' oeste ya forman parte del mapa de la tragedia migratoria. Allí terminó la travesía de un cayuco que había zarpado de Bafuloto (Gambia) el 28 de junio con alrededor de 200 personas a bordo. Veinticinco días después de iniciar el viaje, el océano Atlántico volvió a convertirse en un inmenso cementerio y se cobró alrededor de 150 vidas. La embarcación fue localizada cerca de Nuadibú por las autoridades mauritanas, con apenas 38 personas que sobrevivieron a dos duras semanas a la deriva. Dos de ellos fallecieron tras ser rescatados y solo se ha recuperado un cuerpo.
El intento de alcanzar Canarias volvió a poner rostro a la dureza de la ruta atlántica. Entre quienes lograron sobrevivir había dos niños que, según Acnur (la Agencia de la ONU para los Refugiados), perdieron a toda su familia durante la travesía. Una historia que resume el drama de un corredor marítimo donde cada naufragio deja decenas de vidas atrás. Nada en el viaje salió como estaba previsto. El cayuco navegaba sin GPS, apenas le quedaba combustible y el motor había dejado de funcionar. Todo apunta a que con el paso de los días, las provisiones de agua y alimentos se fueron agotando hasta dejar a sus ocupantes completamente expuestos al Atlántico. Entre los supervivientes había personas procedentes de Senegal, Gambia, Guinea Conakri y Costa de Marfil. La mayoría eran hombres, aunque también viajaban dos mujeres.
Lo ocurrido dista mucho de ser un episodio aislado. Durante las dos primeras semanas de julio se desarrollaron tres operaciones de rescate frente a la ciudad portuaria mauritana de Nuadibú, en las que 387 personas de distintas nacionalidades fueron desembarcadas con vida. Desde comienzos de año se han registrado 17 desembarcos en Nuadibú y Nuakchot, con un total de 2.147 personas rescatadas. Son cifras que reflejan la intensidad de una ruta que, pese a la reducción de llegadas, continúa activa.
El mensaje de la OIM
El rescate llegó demasiado tarde para muchos. La patrullera Biguibou Ould Balal, de la Guardia Costera mauritana, puso fin a una operación de búsqueda que se prolongó durante dos días después de que varias embarcaciones de pesca artesanal alertaran de la presencia del cayuco a la deriva. La intervención permitió salvar a los supervivientes, pero volvió a poner de manifiesto el elevado coste humano de las rutas migratorias. "Cada vida perdida en esta ruta es una vida de más. Mis pensamientos están con las familias que lloran la pérdida de sus seres queridos y con los supervivientes que han soportado una experiencia inimaginable", afirmó la directora regional de la Organización Internacional para las Migraciones para África Occidental y Central, Sylvia Ekra.
En este sentido, la OIM recuerda que este año ya han perdido la vida 168 personas en la ruta atlántica, a las que se suman dos presuntos hundimientos que continúan bajo verificación y que podrían haber causado cientos de víctimas más. Si la mirada se amplía, la dimensión del fenómeno resulta todavía mayor. Desde que la organización comenzó a recopilar registros en 2014, al menos 83.247 personas migrantes han desaparecido en las distintas rutas migratorias del mundo. La ruta atlántica ocupa un lugar destacado en ese mapa de la tragedia. En la última década, la OIM calcula que alrededor de 6.400 personas han muerto o desaparecido mientras intentaban alcanzar las costas de las Islas. Una cifra que sitúa este corredor, junto con el Mediterráneo central, entre los más letales del planeta. Pero la dimensión real de la tragedia podría ser todavía mayor. A esas cifras hay que sumar los cayucos que desaparecen en el Atlántico sin dejar rastro, embarcaciones de las que nunca vuelve a conocerse el destino ni el número exacto de personas que viajaban a bordo.
La paradoja es que esa letalidad no ha dejado de aumentar pese al descenso de las llegadas. Aunque la ruta atlántica registra la mayor caída de entradas a España - un 72,1% menos que en el mismo periodo del año anterior, con 3.184 personas frente a las 10.983 de 2025 y las 17.788 contabilizadas en todo el pasado año -, el riesgo de morir durante la travesía es hoy mayor. Si en 2025 morían alrededor de 14 personas por cada cien que emprendían el viaje, en 2026 la cifra asciende a 21. En otras palabras, una de cada cinco personas que intenta alcanzar Canarias pierde la vida antes de llegar a tierra.
Puntos de salida
El Atlántico hace tiempo que dejó de ser solo una ruta migratoria para convertirse en un inmenso cementerio. A medida que los controles fronterizos se han reforzado en países como Senegal y Mauritania, los puntos de salida también han ido cambiando. Uno de ellos es Jinack, una diminuta isla situada frente a la costa de Gambia que se ha consolidado como uno de los principales lugares de partida de cayucos y pateras con destino a Europa, teniendo a Canarias como principal puerta de entrada.
La isla refleja como pocas el coste humano de la ruta atlántica. Solo en 2024 desaparecieron sin dejar rastro 46 embarcaciones que habían zarpado desde allí. Los naufragios se repiten con frecuencia y dejan tras de sí un mismo patrón: muy pocos supervivientes y decenas de cuerpos que nunca llegan a recuperarse. Al igual que Jinack, otras zonas se han consolidado como nuevos puntos de partida, entre las que destaca Guinea Conakry.
El naufragio pone de manifiesto hasta dónde están dispuestas a llegar muchas personas para intentar alcanzar Europa. "Los refugiados y los migrantes siguen asumiendo riesgos extremos para intentar llegar al continente europeo, muchos de ellos parten desde más de 2.000 kilómetros de su destino", subrayó la Agencia de la ONU para los Refugiados. Detrás de los desplazamientos hay una misma realidad. Las largas distancias, la fuerza del océano, las embarcaciones precarias y sobrecargadas y las dificultades para activar un rescate a tiempo convierten cada intento de alcanzar las Islas en un viaje de altísimo riesgo.
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Fuente: La Provincia - Diario de Las Palmas
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