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Amalgama

La universidad después de la universidad

Elon Musk, durante un foro de tecnología en París.

Elon Musk, durante un foro de tecnología en París. / ALAIN JOCARD / AFP

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Juan Ezequiel Morales

Elon Musk ha sentado en el banquillo a todo el sistema universitario, ha valorado críticamente los planes de estudios, la calidad de los profesores y la utilidad de tal o cual carrera, y ha impugnado la idea de que para aprender sea necesario ingresar durante cuatro años en una institución, someterse a sus horarios, aprobar sus exámenes y pagar por el privilegio de recibir unos conocimientos que ya se encuentran disponibles en cualquier pantalla. «No necesitas ir a la universidad para aprender cosas. Prácticamente todo está disponible gratis», sostiene Musk, y añade que la verdadera utilidad de la universidad consiste en demostrar que una persona es capaz de trabajar duro, soportar tareas y cumplirlas puntualmente.

Durante casi mil años, la universidad administró tres monopolios, el primero el acceso al conocimiento, el segundo la presencia del maestro y el tercero la potestad de certificar lo aprendido. Internet destruyó el primero, la inteligencia artificial está destruyendo el segundo, y solo queda en pie el tercero.

Hasta hace poco, una biblioteca infinita podía ser tan inútil como una biblioteca vacía para quien no supiera por dónde empezar ¿por qué? Porque hacía falta el profesor, y esa es precisamente la función que empieza a asumir el tutor artificial.

Un sistema de IA además de entregar información, adapta la explicación al nivel del alumno, detecta lagunas, formula preguntas, propone ejercicios, los corrige inmediatamente y repite una materia de diez maneras diferentes sin cansarse ni humillar a quien no comprende.

La investigación disponible todavía es inicial, pero en una experiencia universitaria con estudiantes de neurociencia, quienes utilizaron activamente un tutor de IA mejoraron hasta quince percentiles respecto de un curso paralelo. Y otro estudio comparativo, acotado pero pionero, encontró ganancias de aprendizaje entre dos y dos veces y media superiores en plataformas personalizadas respecto del modelo convencional de vídeos y cuestionarios (UniDistance Suisse con estudiantes de neurociencia, publicado en Education and Information Technologies). La clase idéntica impartida simultáneamente a cien alumnos ha comenzado a parecer una tecnología pedagógica prehistórica.

Salman Khan, fundador de Khan Academy, ha desarrollado en Brave New Words la idea del tutor socrático universal, una inteligencia disponible para cada estudiante, capaz de ofrecer la atención personalizada que hasta ahora solo podían comprar las familias ricas.

Demis Hassabis, responsable de Google DeepMind y premio Nobel, ha señalado por su parte que la principal destreza de la próxima generación será «aprender a aprender», y ya no tiene sentido el consagrar cuatro años a memorizar técnicas que pueden quedar obsoletas antes de la graduación, pues el conocimiento aplicado cambia semanalmente, y la educación pasa a consistir en aprender a navegar.

Durante siglos, el conocimiento fue escaso y los maestros también, y era razonable reunir a los estudiantes en un edificio, donde un profesor hablaba y doscientos alumnos escuchaban. Ahora la IA invierte esa ecuación, y el maestro artificial puede multiplicarse sin degradarse, cada estudiante puede recibir una explicación diferente, avanzar a distinta velocidad y recorrer un itinerario propio, y la clase magistral se convierte solo en una ceremonia. No está de más una referencia al «problema de los dos sigma» de Benjamin Bloom (1984), que advirtió que la tutoría uno a uno ya demostraba entonces una ganancia de dos desviaciones estándar sobre la enseñanza convencional, y el obstáculo siempre fue la escala, no la eficacia, es decir, la IA no descubre nada nuevo sobre pedagogía sino que resuelve un problema de escala conocido desde hace cuarenta años.

Permanecerán hasta la robotización total, las carreras que exigen prácticas clínicas, experimentales o profesionales regladas, pero una enorme franja de la universidad masiva perderá su justificación. El título seguirá existiendo, pero dejará de ser la única prueba, y en lugar de preguntar dónde estudió alguien, se le pedirá que muestre qué sabe construir junto a una inteligencia artificial. Los casos de Bill Gates, Steve Jobs o Larry Ellison, citados por Musk como desertores universitarios, demuestran que cuando una persona excepcional encuentra un sistema cuya velocidad es inferior a la suya, completar el programa puede convertirse en una pérdida y no en un mérito.

¿Cuándo ocurrirá? Combinando la difusión actual de los tutores artificiales, la aparición de programas universitarios apoyados principalmente en IA, el avance de los sistemas multimodales y la probable llegada antes de 2030 de sistemas AGI, puede establecerse un horizonte razonable en 2034, dentro de ocho años. Para entonces la universidad tradicional habrá perdido su monopolio práctico sobre la formación superior.

Arriba quedarán unas pocas universidades convertidas en centros de prestigio y relaciones, y en el otro extremo aparecerá una educación artificial personalizada, barata y permanente para centenares de millones de personas. Entre ambas, las universidades burocráticas que solo ofrecían clases, deberes y un diploma descubrirán que vendían a precio de conocimiento lo que no era más que una certificación de paciencia.

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