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La hija del forense: «Mi padre siempre dijo que a Balmes no lo mataron»

María Luisa García Díaz es descendiente del doctor Arturo García Domínguez, que había sido dirigente socialista antes de la Guerra Civil. La hermana del también catedrático de Higiene Industrial, maestra en Tánger, fue depurada, encarcelada y desposeída de la condición de funcionaria

La catedrática de Biología María Luisa García Díaz, a sus 99 años, durante la lectura.

La catedrática de Biología María Luisa García Díaz, a sus 99 años, durante la lectura. / Andrés Cruz

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Javier Durán

El agosto de 1932 la agrupación local del Partido Republicano Radical Socialista de Fuentesaúco (Zamora) tenía al frente de su presidencia al médico Arturo García Domínguez. Cuatro años después, el doctor, ya como forense, se enfrentaba en Las Palmas de Gran Canaria a la autopsia del general Amado Balmes Alonso. Su hija, María Luisa García Díaz, catedrática de Biología, de 99 años, repite lo que dijo su padre después de afrontar el análisis de las heridas del general: «No lo mataron, ni le dieron el arma. Tenía la pistola y se le disparó».

El galeno no invalidó a lo largo de su vida la tesis del accidente del gobernador militar de Las Palmas. Una autopsia que acabó siendo un informe de un juez civil a partir de un reporte de los dos forenses [el otro es Rafael Ramírez Suárez]. Dicho informe, a falta de la necropsia en sí, ha sido puesto en duda por el historiador Ángel Viñas en varios libros. Su conclusión es que Balmes fue asesinado gracias a un plan preconcebido para que Franco pudiese abandonar Tenerife, asistir al sepelio, volar hacia Marruecos y adherirse al golpe militar.

Tras el levantamiento, el inicio de la Guerra Civil y el asentamiento acelerado de la represión, Arturo García Domínguez pone compuertas a sus ideas. Su hermana María del Socorro, maestra en las Escuelas de la Alianza Israelita de Tánger, es depurada, encarcelada y separada de su cargo hasta 1953. «El 18 de julio», recuerda María Luisa, «salí de casa para ir al colegio de las Dominicas, pero la guagua no pasaba. Me eché a caminar por León y Castillo, y en el parque San Telmo me dicen que me vaya a casa, que hay peligro. No hago caso y sigo por otra calle. En el colegio, cuando llego, me mandan de vuelta. Es lo que ahora mismo me viene a la memoria de aquel día».

Frente a la opinión de una madre de corte tradicional, el también catedrático de Higiene Industrial tenía claro que su hija iría a la universidad. No era lo corriente: primero hacían falta recursos económicos, y segundo apertura de miras en un contexto sociopolítico conservador.

¿Se preguntó alguna vez qué ideas tenía su padre? «Él estaba bastante desencantado con lo que había ocurrido en España. Me acuerdo que rechazaba el término socialista y decía que era social, en el sentido de ayudar a los demás ante una situación tan terrible como la que se estaba viviendo».

«Un día sí y otro no venían militares a casa a requerirle información sobre algún paciente ingresado en el San Martín. Se los querían llevar para que cumpliesen sus penas o algo peor. Pero él siempre decía: ‘A partir de aquí dentro mando yo’. Los protegía»

«En casa se rompieron muchos libros. Yo era muy pequeña y no lo entendía. También tengo en la memoria que un día sí y otro no venían militares a requerirle información sobre algún paciente hospitalizado en el San Martín. Desde su puesto, protegió a los que se querían llevar para que cumpliesen sus penas o algo peor. Él siempre decía ‘a partir de aquí dentro mando yo’, en referencia a su autoridad en el hospital, que ejerció pese a las injerencias de los militares».

En un mundo lleno de silencios y temores, no se sabe si Arturo García Domínguez masculló algún pensamiento por la coincidencia entre la sorprendente muerte de Amado Balmes Alonso, curtido general africanista, y el comienzo de un incendio bélico que arrasó el país. Al igual que muchos, bastantes, se había quedado sin voz, apagado. Él tenía la plaza para ejercer en Madrid, pero lo dejó pasar. Desde la capital, su familia le había advertido que la situación era realmente dramática. Pero no se quedó de brazos cruzados: ayudó a la familia de Nicolás Díaz-Saavedra, abogado y exalcalde republicano encarcelado. También protegió a Ramón Olarte Magdalena, padre del político Lorenzo Olarte, al que se le depuró con la suspensión de su carrera judicial. «Éramos vecinos en León y Castillo, 49. Vivía atemorizado pensando que algún día lo iban a venir a buscar. Al lado de casa estaba el Cuartel de Intendencia, donde residía un militar zamorano junto a su familia. Los echaron a la calle y tuvimos que meterlos en casa. Era lo único que podíamos hacer».

En otras cosas, afirma María Luisa García Díaz, no había forma. «Sin ir más lejos, con mi tía en Tánger, donde fui a vivir un año. Ella lo pasó mal, sometida a un proceso judicial que le obligó a dejar su carrera profesional. Recuperó su condición de funcionaria cuando estaba a punto de jubilarse, momento en que deciden compensarla económicamente. Pero habían pasado décadas. ¿Cómo íbamos a hablar de política bajo esa presión?»

Y luego los problemas de salud agravados por la guerra, la desnutrición y la mortandad infantil. La medicina, como decía el doctor, era más «social» que nunca. Él mismo consiguió traer desde EEUU el primer envío a Gran Canaria de penicilina, gestionado a través de la Cruz Roja Española. «Veo el mundo muy cambiado, pasan cosas que no se entienden, nos hemos deshumanizado. Es tremenda la falta de solidaridad y la desigualdad tan grande que existe».

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