Amalgama
El Ministerio de lo Evidente

El ministro de Cultura, Ernest Urtasun; la portavoz del Gobierno, Elma Saiz, y la ministra de Ciencia, Diana Morant, durante la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros. / Isa Saiz / Europa Press
Juan Ezequiel Morales
El ministro de Cultura, Ernest Urtasun, durante la presentación del Plan de Fomento de la Lectura 2026-2030, ha mostrado su nueva hoja de ruta para el fomento de la lectura como un giro de paradigma, cual es que leer ya no es solo un hábito, sino un derecho ciudadano esencial para «una democracia más fuerte». Todo ello bajo el lema «¡Leer es un derecho!», y cuidado que la medida de este héroe busca «blindar el bienestar con la sociedad».
Durante siglos la humanidad vivió en la oscuridad, leía libros sin saber que leer era bueno, respiraba sin sospechar que el oxígeno resultaba beneficioso, caminaba ignorando que pasear podía mejorar la salud, comía frutas por puro azar, sin que ningún ministerio hubiera certificado previamente su conveniencia. Afortunadamente ha llegado el Estado pedagógico para revelarnos aquello que la especie llevaba miles de años practicando sin autorización administrativa, y el último hallazgo consiste en descubrir que leer es un derecho. Ahora hacía falta un plan institucional que proclamara solemnemente algo que cualquier niño de seis años comprende sin necesidad de un congreso internacional.
El fenómeno es interesante porque revela un patrón político bastante conocido, pues cuando un gobierno ya no consigue resolver los problemas difíciles, comienza a legislar sobre las obviedades, resultando infinitamente más sencillo declarar un nuevo derecho que construir viviendas, reducir listas de espera o conseguir que un tren llegue puntual. Y así, amigos, nace el Ministerio de lo Evidente. Hoy descubrimos el derecho a leer, mañana aparecerá el derecho a dormir ocho horas, pasado mañana, el derecho a beber agua, después llegará el derecho a desayunar con tranquilidad, el derecho a abrazar a los hijos, el derecho a contemplar una puesta de sol y, naturalmente, el derecho a respirar, siempre acompañado de una estrategia nacional, un observatorio permanente y tres comisiones de expertos.
El procedimiento tiene antecedentes históricos en los regímenes paternalistas, que siempre han sentido una irresistible fascinación por educar al ciudadano en aquello que ya sabía. En la Unión Soviética abundaban campañas para enseñar al pueblo las virtudes del ciudadano ejemplar incluso cuando el verdadero problema era conseguir pan, en Corea del Norte todavía hoy la propaganda convierte cualquier acto cotidiano en un regalo providencial del Estado, y los ciudadanos lloran y aplauden ante lo obvio, y el sandinismo nicaragüense ha cultivado durante años esa misma estética política según la cual hasta los gestos más normales adquieren la categoría de conquista revolucionaria gracias al poder.
España es una democracia consolidada, pero sí conviene señalar que el reflejo paternalista es sorprendentemente parecido, pues el gobernante deja de administrar la realidad para administrar símbolos, y deja de resolver problemas para repartir certificados morales. Cuando la política pierde capacidad ejecutiva, aumenta espectacularmente su producción de declaraciones solemnes, y cuanto menos puede cambiar la vida de las personas, más empeño pone en explicarles cómo deben vivirla. Lo curioso es que casi todas las medidas concretas del plan son razonables, como mejorar bibliotecas, apoyar librerías, digitalizar catálogos o facilitar el acceso a colectivos vulnerables, pero es absolutamente innecesario y cínico envolverlo en una especie de revelación antropológica según la cual España acaba de descubrir que abrir un libro constituye un derecho humano fundamental. El riesgo de esta inflación retórica es evidente, y si todo acaba siendo un derecho fundamental, la palabra se banaliza.
Quizá el próximo ministerio anuncie el derecho universal a lavarse las manos antes de comer, o el derecho a ponerse crema solar en agosto, o el derecho a bostezar cuando uno tiene sueño, y todos aplaudiremos emocionados el heroico descubrimiento, como los norcoreanos ante el líder que les explica que el sol calienta, o sus votantes al expresidente Zapatero cuando aclara que «la tierra pertenece al viento». La diferencia es que aquí se aplaude en democracia, cierto, pero el aplauso, aplauso es.
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Fuente: La Provincia - Diario de Las Palmas
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