Letras
María Oruña presenta en Tenerife 'La Cámara de las Maravillas' un thriller sobre arte y robos de guante blanco
La autora se adentra en el mundo del arte y el coleccionismo privado con su nueva obra, inspirada por la Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Nacional

María Oruña durante la entrevista. / Arturo Jiménez

María Oruña vuelve a cambiar de registro. Después de adentrarse en la novela histórica y de misterio con títulos como El bosque de los cuatro vientos o El Albatros Negro, la autora presenta ahora La Cámara de las Maravillas, un thriller ambientado en el mundo del arte, el coleccionismo privado y los robos de guante blanco. La escritora estuvo este miércoles en El Barco de Papel, en El Sauzal, y este jueves día 9, también a las 19:00 horas, en Agapea, en Las Palmas de Gran Canaria, para encontrarse con sus lectores.
¿Cómo surge La Cámara de las Maravillas y por qué decide adentrarse en el mundo del arte?
Ya me había acercado un poco a ese universo con El bosque de los cuatro vientos, porque allí había una restauradora y también aparecía la búsqueda de obras de arte perdidas. Pero esta novela nace, sobre todo, por culpa de mi anterior libro, El Albatros Negro. Entonces descubrí la asistencia de la Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Nacional y pensé que era muy desconocida. Ellos mismos me lo confirmaron: me decían que nunca nadie les preguntaba nada sobre su trabajo. Cuando fui a Madrid a conocerlos estaban emocionados, me regalaron hasta tazas de la Policía. Y pensé: si hago una novela en la que aparezca esta brigada, ¿qué van a investigar? Algo del mundo del arte. De ahí me vino a la cabeza un robo.
Y ahí aparece la figura del ladrón de guante blanco.
Sí. Pensé: ¿y si soy capaz de hacer una historia con un ladrón de guante blanco, como un guiño a las novelas de comienzos del siglo XX, a Lupin, a Maurice Leblanc o a Fantômas, pero traídas a la época contemporánea? Sin esas trampas de disfraces inverosímiles o recursos imposibles. Yo quería hacerlo más realista.
La novela arranca con la presentación de una colección privada en el Palacio Dorado...
La novela comienza con una gran fiesta en el Palacio Dorado, en cuyo ático está la Cámara de las Maravillas, llena de obras singulares de todo el mundo. Pero lo que se inaugura es Pentimento, un museo muy curioso, lleno de reproducciones, pero mostradas en su contexto. Es decir, esta familia multimillonaria y filántropa atesora originales en una cámara acorazada, pero al mismo tiempo crea un museo para acercar el arte a todo el mundo mediante reproducciones muy singulares. No es lo mismo ver un cuadro concebido para una esquina de un monasterio, iluminado con cuatro velas y con esa atmósfera, que verlo iluminado de forma convencional en el Museo del Prado.
Ese planteamiento conecta también con los antiguos gabinetes de curiosidades.
Sí. Los gabinetes de curiosidades son el germen de los museos actuales. Yo los concibo como cámaras del conocimiento. Hay gente que cree que solo contenían esculturas o pinturas, pero en realidad guardaban información científica, conchas marinas desconocidas, animales, mapas o detalles étnicos de distintas culturas. Pensemos que los gabinetes nacen en la época de los exploradores, cuando todavía se estaba conociendo bien el globo terráqueo.
Amanda Mendoza y Dimas Chevalier son dos personajes que chocan desde el principio. ¿Qué representan?
Amanda representa la élite del mundo del arte. Ha nacido rica, pero también es el germen de la idea de Pentimento: ella quiere acercar el arte al pueblo, por decirlo de alguna manera. Es racional, antipática, antisocial. No sabemos por qué es así, pero desde el primer momento desconfía de Dimas, ese ladrón aparentemente reformado. Dimas Chevalier, por su parte, viene de una escala social inferior. Ha ascendido y ahora está al nivel de Amanda, pero sabe que no pertenece a esa élite. Entre ellos hay una confrontación de intelecto y también de clase social.
El nombre de Dimas tampoco parece casual.
No, todos los nombres tienen un significado en la trama. Dimas se llama así por el buen ladrón, el que estaba crucificado junto a Cristo. Chevalier remite al caballero. Pero eso puede ser también una pista falsa. A lo mejor no está tan reformado como dice.

La escritora sostiene su nuevo libro durante la entrevista. / Arturo Jiménez
La novela se publicó el 2 de junio. ¿Cómo ha sido la reacción de los lectores en este primer mes?
Está siendo muy positiva. También estoy acostumbrada a que, cuando hay una respuesta buena, siempre aparece alguna crítica. Aprendes a convivir con eso. Pero me ha sorprendido que, de momento, en este primer mes, no haya habido ninguna crítica negativa. Es raro, agradable, pero raro. La gente me pide más historias con estos personajes. Me dicen que se leen el libro en dos días, que les da pena terminarlo y que lo leen más despacio por eso. En mis redes hay muchos mensajes públicos en ese sentido. Estoy muy agradecida y muy contenta.
Aunque se presenta como una novela de entretenimiento, el libro abre muchos debates. ¿Qué temas le interesaba tocar?
La novela está concebida como una novela disfrutona, de entretenimiento, para reír, soñar, jugar y provocar al lector. Cuando la escribo, la pienso de una manera muy provocadora, por los giros que hay. Pero también tiene otras capas en las que los lectores pueden detenerse o no. Hay temas relevantes, como las obras de arte que están expuestas en grandes museos del mundo de una forma legal, entre comillas, pero que quizá no es legítima o ética.
¿Piensa, por ejemplo, en los debates sobre restitución del patrimonio?
Sí. Un ejemplo muy famoso es el friso del Partenón de Atenas, que sigue en el Museo Británico. Fue llevado sin permiso y, evidentemente, no lo quieren devolver. Siempre hay excusas: que si se puede romper, que si había permiso, pero ese permiso no aparece... Hay muchísimos casos. La novela también plantea un debate sencillo y enorme al mismo tiempo: qué es el arte.
¿Por qué le interesaba esa pregunta?
Porque hay personajes que se plantean por qué un cuadro tiene que valer cinco millones de euros si es un fondo blanco con un punto rojo, o qué sentido tiene el arte, o si los museos y las pinacotecas no son aburridos. La policía de homicidios de la novela dice que todo lo que ocurre son problemas de pijos. Sin embargo, cuando entra por primera vez en la Cámara de las Maravillas, también se siente sobrecogida. Hay algo ahí, una emoción que puede trasladarse a través del tiempo y que es atemporal.
También aparece un inspector de Patrimonio muy particular.
Sí, es un personaje que está chalado, perdido. Es vehementemente amante de la belleza estética y de la armonía visual. Representa esa parte creativa que todos tenemos más o menos dormida. Por eso lo hago tan histriónico, incluso habla con frases de novelas. Es asexual, vive solo con un gato enorme naranja en su piso. Lo que destaca en él es su intelecto y sus ganas de mundo creativo.
Detrás de esta novela hay un enorme trabajo de documentación.
La gracia está en que no se note todo el trabajo que te ha costado. Siempre digo que es como el dial de un reloj: tú ves la parte lisa, muy sencilla, los doce dígitos, pero debajo está toda la maquinaria. Se trata un poco de eso. Tuve que viajar, conocer muchos museos por dentro, no solo visitar obras que ya conocía, sino observar a los visitantes: qué hacían, cómo se movían, ante qué se detenían.
¿Qué descubrió mirando a la gente en los museos?
Me di cuenta de que hay grandes obras, como la Mona Lisa en el Louvre, ante las que todo el mundo se hace la foto. Es casi imposible acercarse porque siempre está rodeada de gente. Pero luego hay obras menos conocidas que detienen los pasos de personas muy distintas: japoneses con cámaras, familias con niños, visitantes de diferentes clases sociales y niveles culturales. Me fijaba en cómo se detenían ante determinadas obras que también habían detenido mis pasos, aunque yo me considero una ignorante del mundo del arte.
¿Le ocurrió con alguna obra concreta?
Sí, me pasó de forma muy clara en el Reina Sofía con un cuadro de Ángeles Santos, Un mundo. Es una obra enorme, de tres metros por tres metros, pintada por una chica de 17 años en 1929. Representa el mundo con forma cúbica y muchos personajes. Aunque es un cuadro surrealista y yo no entienda de arte, te quedas clavado porque percibes que ahí están la avaricia, la vida, la muerte... No puedes apartar la mirada. Está cerca del Guernica, al que todo el mundo va sí o sí, pero ves cómo muchos pasos se detienen también ante esa obra menos conocida.
En la novela también se pregunta qué convierte a una obra en arte.
Para mí, es arte lo que nos conmueve y lo que funciona como espejo de otra época social o cultural. Pero también hay obras que son hijas de su contexto. A lo mejor una obra no te dice nada a nivel técnico o no encaja con tus gustos, pero es importante por quién la pintó, por el momento en que se hizo, por lo que significó entonces o por la historia que la rodea. Al final, las historias son las que nos juntan siempre. Antes nos juntaban alrededor del fuego; ahora lo hacen con libros, con cuadros, con otras formas de relato.
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