El alojamiento más singular de Canarias: una casa sobre un acantilado de El Hierro que solo se puede reservar por carta
Tres amigos de Tenerife convierten un habitáculo industrial, construido hace más de 70 años para elevar agua de un manantial en medio de la nada, en un alojamiento único en las Islas

La Casa del Elevador, colgada sobre un acantilado en el sur de la isla de El Hierro, el alojamiento más singular de Canarias. / Derek Pedrós

Estar en la Casa del Elevador es sentirse en el fin del mundo, en un sitio donde solo quedas tú. Colgado de un acantilado de la enigmática isla de El Hierro, sin nadie a kilómetros a la redonda; sin wifi, ni tele, únicamente conectado a la naturaleza, solo se oye el canto de las pardelas, el zumbido del viento, el murmullo del mar. En este alojamiento excepcional en medio de la nada incluso tienes tiempo de imaginar el ruido de aquellas erupciones, durante miles y miles de años, que esculpieron esta tierra árida, acrofóbica, donde aún quema la lava.
Es tan particular que para disfrutarla hay que mandar una carta –a la antigua usanza: a mano, por correos, con sello– detallando por qué quieres pasar unos días en ese recóndito abismo. Pero ¿qué es la Casa del Elevador? ¿Cuál es su origen? ¿A quién se le ocurrió?
El Elevador es la historia de Juan Casañas Morales y El Hierro. Se trata de un antiguo molinero, sin formación universitaria y ya fallecido, que decidió enfrentarse a un desafío imposible: hace más de 70 años dirigió la construcción de un habitáculo para albergar la maquinaria con la que elevar el agua desde un manantial natural, situado en el fondo de un acantilado, en la conocida como Playa Dulce.
El reto era abastecer al pueblo herreño de La Restinga. Más que una obra de ingeniería, representó un ejemplo extraordinario de perseverancia, inteligencia práctica, supervivencia y compromiso con el bien común, tan propio de la historia de El Hierro. Funcionó una década pero terminó abandonado y en el olvido.
Hace ocho años, el empresario y fotógrafo Alberto del Hoyo, su mujer Silvia Rodríguez y un gran amigo de ambos, el arquitecto Alejandro Beautell, todos residentes en Tenerife, descubrieron esta edificación caracterizada por la simpleza industrial, de apenas 60 metros cuadrados de planta y enclavado en un lugar único, un paraje conocido como Iramas, en uno de los puntos más al sur de Europa. Entonces se propusieron un sueño: transformar esta ruina en un alojamiento singular y contemporáneo, que reinterpreta su función e invita a vivir una experiencia introspectiva.
Tras un proceso de investigación sobre la hazaña de Juan Casañas, y cómo desafío innumerables escollos para rescatar este cubículo en un lugar tan inaccesible, Alberto, Silvia y Alejandro se convencieron de que había que recuperarlo y hacer con él algo diferente. «La idea», relata Alberto del Hoyo, «surgió de numerosas conversaciones».
«Nos planteamos honrar la gesta de Casañas, homenajear a sus descendientes, rendir un tributo a todos esos herreños que como ellos construyeron su identidad desde la escasez, y muy especialmente desde la dificultad de acceder al agua».

La Casa del Elevador, sobre un acantilado en el sur de la isla de El Hierro, un alojamiento único. / Derek Pedrós
El sueño se ha cumplido. El elevador se ha convertido en un espacio para la reflexión, en un alojamiento único, con una filosofía antagónica –como forma de rebeldía– al mercantilismo. «No es un negocio, es un espacio para la contemplación; para observar el silencio, el pensamiento, el tiempo», asegura Alberto del Hoyo. «Más que ofrecer comodidades, intenta recuperar algo que hoy resulta extraordinariamente escaso: la capacidad de prestar atención».
Cada detalle está meticulosamente pensado, empezando por la arquitectura de la rehabilitación interior, muy al estilo de su creador, Alejandro Beautell. Autor de obras tan emblemáticas y premiadas como la ermita de San Juan Bautista (El Hierro), la iglesia de San Miguel Arcángel (La Laguna) o la casa de La Toscalera (Santa Cruz), plasma en la Casa del Elevador sus diseños minimalistas, esencialistas, integrados en el paisaje, que juegan con la luz.

Interior de la Casa del Elevador, situado en medio de la nada sobre un acantilado cerca del pueblo herreño de La Restinga. / Derek Pedrós
«La arquitectura ocurre en la materia, no en la forma, y un ejemplo es este proyecto», define Beautell. «Aquí trabajamos con una materia muy humilde: bloques de hormigón erosionados por el tiempo. Y los tratamos con respeto, casi como si fueran un vestigio arqueológico».
No hay solo artesanía en la arquitectura de El Elevador. También en el menaje, en el mobiliario, en las luminarias, en la decoración. El proyecto ha contado de hecho con Lorena Mazzola, una curtidora de piel; José Juan Sosa, cuchillero tradicional; Beatriz Ballester, creadora de piezas de lana; Octavio Barrera, luminaria; Pedro Paricio, pintor; herreros, carpinteros, albañiles, electricistas, canteros y otros artesanos locales. Todo fabricado en Canarias.

Interior de la Casa del Elevador, en el sur de la isla de El Hierro, un alojamiento para el retiro en pleno abismo. / Derek Pedrós
No ponen ningún requisito específico sobre el contenido de las cartas para acceder al alojamiento. «Lo único que pedimos es que nos escriban a mano», precisa Alberto del Hoyo, que lleva otro establecimiento alojativo muy especial, la Hacienda de las Cuatro Ventanas, en medio de una plantación de plataneras de Los Realejos (Tenerife). «Lo único que valoramos es el gesto simbólico de poner una carta en el buzón y el interés por pasar unos días en esta casa de La Restinga».
Los tres responsables de esta iniciativa aclaran que no es un lugar fácil. «El escenario no tiene digamos una belleza amable, sino más bien ruda, abrupta», avisa Del Hoyo. «El viento pega con intensidad y todo es volcánico. Se llega por un camino de tierra y la primera impresión es sobrecogedora, aunque llena de autenticidad», subraya.

La Casa del Elevador, un alojamiento situado en medio de la nada en el sur de la isla de El Hierro. / Derek Pedrós
Esta belleza agreste es una metáfora de la historia de El Hierro. Según cuentan Del Hoyo y Beautell, la falta de agua marcó la vida cotidiana de la isla durante generaciones, condicionando su agricultura, su economía, sus asentamientos y su manera de habitar el territorio.
Recuerdan que es una isla que ha aprendido a transformar la dificultad en carácter, con austeridad, resiliencia y capacidad de encontrar encanto en condiciones extremas. «La Casa del Elevador intenta dignificar precisamente esa forma de entender la vida».
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