Movimientos demográficos
La nueva emigración canaria se extiende por más de 65 países
El número de residentes en el extranjero alcanza su máximo histórico v El mapa incorpora destinos inéditos como Malta, Nueva Zelanda o Gambia

Pasajeros esperando para facturar en un aeropuerto de Canarias. / José Pérez Curbelo

Canarios por el mundo. Nunca antes había habido una cifra tan elevada de isleños construyendo su vida lejos de casa. Los últimos datos de la Estadística del Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero del Instituto Nacional de Estadística (INE) sitúan en 212.780 el número de canarios que residen fuera de España en 2026. Son más que los 202.454 registrados en 2025 y muy por encima de los 94.857 contabilizados en 2009. En apenas quince años el incremento alcanza el 124,3%.
Pero el fenómeno no solo crece, también cambia. La emigración canaria ya no se representa con unas pocas flechas sobre el mapa de Europa. Cada vez se dispersa más y llega más lejos. Hoy hay canarios repartidos en más de 65 países distintos. Europa concentra 30.585 residentes canarios, América reúne 176.599, África 1.996, Asia 2.673 y Oceanía 947. Cuba continúa encabezando la lista con 76.988 canarios, seguida de Venezuela con 58.264, Estados Unidos con 20.688, Reino Unido con 8.298 y Argentina con 6.144.
Los vínculos históricos explican parte de esa geografía. El caso de Venezuela es el más claro. Décadas atrás miles de canarios cruzaron el Atlántico buscando oportunidades y ese movimiento generó posteriormente una migración de retorno y unos lazos familiares que todavía hoy se mantienen.
Movimientos migratorios de los canarios
Sin embargo, al analizar los movimientos migratorios de los canarios, aparecen otros nuevos destinos y cada vez más diversos. Los registros muestran que hace apenas quince años había cerca de una veintena de países donde no constaba ningún canario residente y hoy sí aparecen en las estadísticas. Malta, Polonia, República Checa, Rumanía, Gambia, Mauritania, Arabia Saudí, India, Pakistán, Qatar o Nueva Zelanda forman parte de una lista que dibuja una emigración más dispersa.
Asociada a estos datos aparece una pregunta clave. Si Canarias sigue siendo uno de los territorios más deseados para vivir y uno de los destinos turísticos más codiciados del mundo –en 2025 las Islas recibieron 18,4 millones de visitantes–, ¿por qué cada vez más jóvenes nacidos en el Archipiélago deciden hacer justo el camino contrario?
El sociólogo Josué Gutiérrez Barroso, decano del Colegio de Ciencias Políticas y Sociología de Canarias, advierte primero de una cuestión importante. Los datos oficiales sirven para detectar tendencias, pero probablemente no muestran una fotografía completa. Muchos canarios mantienen el empadronamiento en las Islas pese a residir fuera y otros salen y regresan sin que esos movimientos queden reflejados. «La cifra puede ser incluso mayor», explica.
Pero más allá de la dificultad para medir el fenómeno, el sociólogo identifica dos grandes motores detrás de estas salidas. Uno tiene que ver con las oportunidades laborales y otro con un cambio cultural. Por un lado, explica, Canarias continúa ofreciendo un mercado muy concentrado en empleos de bajo valor añadido y con dificultades para absorber determinados perfiles profesionales. Personas con alta cualificación encuentran fuera posibilidades que aquí son más reducidas o , en algunos casos, inexistentes. Y se produce lo que se conoce como fuga de talento. Por otro lado, las nuevas generaciones han normalizado algo que hace décadas era impensable. Marcharse de tu tierra y viajar también puede ser una experiencia vital.
Escapar de la necesidad
Según explica Gutiérrez, la emigración de «los abuelos» era distinta. En el pasado los canarios se iban para escapar de la necesidad y muchas veces sin saber qué encontrarían al llegar. Ahora el panorama es diferente. Existen entrevistas por videollamada, empleos cerrados antes de coger un avión y familias que, en muchos casos, sirven de apoyo inicial.
Los isleños que deciden dar el paso lo hacen buscando mejores condiciones laborales y realización profesional y personal. Las razones suelen ir ligadas a lo económico, pero no siempre es así.
Ramón González-Tablas Bueno, de 29 años, vive desde hace unos siete meses en Reino Unido. Estudió fuera de las Islas Comunicación de Moda y Diseño y regresó a Canarias con la idea de construir aquí su futuro, pero dos años después se seguía sintiendo estancado. «En Canarias seguía todo exactamente igual. No había oportunidades dentro de mi mercado creativo», explica.
En Gran Canaria cobraba unos 825 euros mensuales como responsable de tienda trabajando treinta horas semanales, lo que le impedía independizarse. Cuando regresó a Reino Unido notó la diferencia desde el principio. En apenas un mes encontró trabajo y pasó de unos ingresos anuales cercanos a los 10.800 euros a un salario de 38.500 euros al año.
Pero la diferencia no solo está en la nómina que recibe a final de mes. Para González-Tablas uno de los motivos de migrar está también en el desarrollo de su carrera profesional. En Reino Unido ha encontrado un lugar que le permite recorrer un camino mucho más largo de lo que le ofrece Canarias. Lo más complicado, reconoce, es la «la incertidumbre y la soledad» del principio.
Sara Morón, grancanaria de 24 años instalada en Róterdam (Países Bajos), no decidió emigrar por cuestiones meramente económicas. Hubo algo más. Primero se marchó a Barcelona para estudiar Diseño e Innovación y después llegó a Países Bajos con una beca Erasmus. Y ahí se planteó la posibilidad de alargar su estancia. Al volver consiguió un empleo en una tienda de Inditex y lo combina con un máster. «Cuando recibí la primera nómina flipé. Con un trabajo tan básico como ser dependienta te da para pagarte todo y además ahorrar», reconoce.
Trabaja entre 24 y 32 horas semanales y asegura que el sueldo no solo cubre alquiler, gastos y ocio, sino que además permite guardar dinero a final de mes. Un escenario impensable para la mayoría de las dependientas que viven en Canarias. Pero el salario no es la única diferencia que percibe Morón, también las ayudas para estudiantes y el apoyo público por parte de las administraciones neerlandesas. «Cuando tenga hijos me gustaría que crecieran en Canarias, pero no sé hasta que punto eso es ahora viable», confiesa la joven.
Carlos Hoballah, fisioterapeuta de 27 años, reside actualmente en Normandía, Francia. Tras terminar sus estudios y completar un máster, continuó ampliando formación mientras trabajaba, pero con el paso del tiempo comenzó a cuestionarse si tanto esfuerzo se vería recompensado con unas buenas condiciones laborales. Durante su etapa en España observaba salarios que rondaban los 1.200 o 1.300 euros por trabajos con jornadas extensas y turnos partidos. Y decidió buscar oportunidades fuera.
Desde septiembre del año pasado trabaja en un hospital francés, donde asegura haber encontrado unas condiciones muy distintas. Percibe aproximadamente el doble de lo que podría cobrar en Canarias y dispone, además, de «buenos» horarios y vacaciones. «Me da para ahorrar, viajar y vivir sin escatimar», asegura. Eso sí, la posibilidad de regresar sigue en sus planes a largo plazo. «A mí me encantaría volver dentro de cinco o diez años», reconoce.
Empezar de cero
La experiencia de Lorenzo Méndez, tinerfeño de 33 años que vive en Ámsterdam, responde a un perfil diferente. Su salida no estuvo ligada a una formación especializada ni a un sector profesional concreto. Antes de trasladarse a Países Bajos había trabajado en logística, turismo, restauración y ventas. Y tras malas experiencias laborales en las Islas, decidió hace dos años hacer las maletas y empezar de cero en el extranjero. Las buenas noticias llegaron desde el principio. Encontró un puesto como fotógrafo a los pocos días y posteriormente decidió trabajar en una agencia turística.
Méndez asegura que trabajos para los que no se requieren grandes requisitos le han permitido alcanzar una estabilidad económica que considera difícil de lograr en el Archipiélago. «Aquí me da para ahorrar unos mil euros al mes», afirma. Pese a ello, insiste en que la salida no supone una desconexión con las Islas. «Nosotros crecemos con un paraíso y siendo pobres somos ricos», afirma. Méndez echa de menos la gastronomía, el entorno y la gente, pero es consciente de lo difícil que están las cosas para los jóvenes canarios.
La historia de Miren García, trabajadora social tinerfeña de 30 años, aporta una visión distinta dentro del fenómeno migratorio. Reside en Gambia gracias a una beca que se prolonga hasta noviembre, pero su idea es quedarse en África para conocer el fenómeno migratorio desde el otro lado del Atlántico. Su salida no busca un mejor salario, sino una experiencia personal y profesional «enriquecedora». Aunque asegura que su principal motivación fue ampliar perspectivas y seguir vinculada a proyectos entre Canarias y África, reconoce que la realidad cotidiana en las Islas y las ganas de «cambiar de aires» también influyeron en su decisión.
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Fuente: La Provincia - Diario de Las Palmas
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