Editorial Alfaguara
Julius no envejece
Alfaguara reedita ‘Un mundo para Julius’, la primera novela de Alfredo Bryce Echenique, fallecido en marzo. Una obra fascinante que se mantiene vigente, fresca y magnífica

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique / LP / ED
Juan Gaitán
La aparición en 1972 de Un mundo para Julius (considerada la mejor novela peruana de todos los tiempos) fue un gran acontecimiento para la literatura latinoamericana. El llamado Boom latinoamericano estaba de moda en Europa. Escritores como Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, José Donoso o Carlos Fuentes eran reconocidos y admirados. Hispanoamérica estaba en boga entre la intelectualidad progresista europea y se esperaba con expectación el surgimiento de otros escritores con las características de los del Boom, lo que finalmente dio en llamarse «escritores del postboom», autores que, sin embargo, se alejaron un poco de sus antecesores, proponiendo un modelo literario basado en una narrativa más sencilla, directa y fácil, realista y urbana, y dejando de lado la complejidad estructural y el realismo mágico.
De modo que el momento no pudo ser más oportuno. Un mundo para Julius fue, podríamos decir, una novela oportuna. Sucede con frecuencia que obras aparecidas en un momento y contexto determinado, pasan cuando pasa su momento. Diríamos, con una frase actual, que no envejecen bien. También podríamos decir que es reconocible una gran obra cuando, precisamente, aguanta el paso del tiempo. Y este sería el caso de Un mundo para Julius. Si en su momento fue entendida como una representación eficaz de la alta burguesía peruana, hoy eso no tendría sentido, sería una novela fallida. Sin embargo, Un mundo para Julius sigue funcionando porque no es solo eso, porque de aquel mundo ya no queda nada (de hecho, y está latente en la novela, en su subtexto, en ese momento ya se está muriendo, aunque sus protagonistas no lo vean). El despertar de Julius, la ruptura de su inocencia, es metafórico. Perú despierta del sueño como lo hace el niño: «(…) de la misma manera que aceptaban que ellos, solo ellos, pudiesen dejar un vaso caer en el aire y que el aire se convirtiera rápidamente en azafate de playa labrada. Conversaban felices, protegidos por la casa de cristal y sus muros transparentes; lo que decían se perdía entre la música, entre la noche elegante allá arriba con sus estrellas ,fumaban y el humo se iba enredando, iba formando arabescos entre los rayos misteriosos de los reflectores ocultos, bebían whisky y sentían y era verdad que flotaban en una isla sobre el mundo, avanzaban sabe Dios hacia dónde pero felices, anaranjadamente felices» (página 251).

Un mundo para Julius, Alfredo Bryce Echenique / Editorial Alfaguara
También se da a veces (ya decimos que no es el caso) que una novela pierde su sentido contextual pero brilla por otros aspectos, fundamentalmente por el lenguaje. En este caso la brillantísima prosa de Bryce Echenique hubiera obrado también a favor. Deténganse en disfrutar de la mejor prosa en el fragmento que va desde la mitad de la página 227 a la mitad de la 229, de la que cito una pequeña muestra: «Porque cuando se es así, cuando el día de tu santo o el de Año Nuevo o el de Navidad o cualquier otro día en que haya que querer y ser querido, cuando un día como hoy te entristece hasta regresar del Golf e irte a pasear por la piscina ya vacía y oscura, cuando se es así, cuando toda esperada alegría lleva su otra cara de pena inmensa (…)».
Y con la referencia a la pena entramos en otro de los aspectos fundamentales de la novela, el humor, una de las características esenciales de la literatura de Alfredo Bryce Echenique. Pero quizás sea preciso preguntarse cómo entiende Bryce Echenique el humor y la ironía y por qué adoptó esa fórmula, poco habitual en sus antecesores, en su obra en general y en esta en particular. De alguna forma lo explicó en una conferencia titulada Del humor quevedesco a la ironía cervantina. Bryce se decanta claramente por Cervantes, por la ironía, y esto es clave para entender cómo funciona en sus novelas. La herencia cervantina se basa en que el humor no debe ser dirigido solamente hacia la risa, sino, también, hacia un aspecto especial de comicidad, aquel que resulta precisamente contrario a lo que comúnmente podría considerarse cómico y que gira hacia la tristeza, la frustración y la injusticia. Y esto es perfectamente apreciable en Un mundo para Julius. Los personajes de la novela usan el humor y la ironía como herramienta de crítica social, para llamar la atención sobre la ausencia de algún valor moral y, al mismo tiempo, para dar un toque moralizante (de entre todos los personajes, se destaca la descripción que se hace de Juan Lucas. Su manera no solo de ser rico, sino de parecerlo, ofrece una imagen que se balancea entre la admiración y la pose ridícula).

Alfredo Bryce Echenique fotografiado en 1971 por Colita. / Colita.
Un mundo para Julius es, finalmente, una novela de iniciación. A través de la mirada inocente y tierna de Julius asistimos a su pérdida de la inocencia. Su visión infantil choca constantemente con el comportamiento egoísta y superficial de su familia y el mundo adulto. Y veremos, no sin dolor, cómo el niño inocente va aprendiendo. Para Julius el día más triste de su vida no fue el día de la muerte de su padre, sino cuando le preguntó a una de las criadas por qué todo lo que olía mal olía a ajos, y la criada se puso a llorar. Y el final de la novela, desgarrador, vendrá cuando el niño conozca el destino de su ama, de la muchacha que lo cuidó cuando era muy pequeño. Será ahí, en ese momento, cuando termine su infancia, cuando el niño Julius pase conscientemente a ser parte de la cruel y egoísta alta sociedad limeña: «pero entre el alivio enorme que sintió y el sueño que ya vendría con las horas, quedaba un vacío grande, hondo, oscuro…» (página 467).
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