Amalgama
El CEO que no existe

El presidente de Argentina, Javier Milei. / A. PÉREZ MECA / EUROPA PRESS
Juan Ezequiel Morales
Estábamos esperando que la inteligencia artificial sustituyera al contable, al periodista, al abogado o al programador, y se ha saltado Javier Milei varios episodios de la serie y ha ido directamente al desenlace, que la inteligencia artificial sustituya al empresario, como centro efectivo de decisión de una compañía.
En una columna, titulada Javier Milei: Argentina invites AI to free itself, publicada el 3 de junio en el Financial Times, el presidente argentino presentó su proyecto para convertir Argentina en el refugio jurídico y fiscal de las empresas gobernadas por agentes artificiales. Su ambición es que Buenos Aires represente para la inteligencia artificial lo que Ámsterdam representó para el capitalismo comercial del siglo XVII. En ese siglo se inventó una arquitectura legal que permitía reunir capital, limitar responsabilidades y emprender operaciones que ningún individuo habría podido financiar solo, además de que frente al fracaso estaba la cárcel, circunstancia paliada con la limitación de responsabilidad, lo cual interpreta mejor el espíritu capitalista. Ahora Milei propone una nueva criatura, una corporación no humana, una sociedad operada por agentes de inteligencia artificial o robots, con accionistas humanos que podrían llegar a ser opcionales, con responsabilidad limitada y de paso, como incentivo, una fiscalidad especialmente favorable.
El titular invita a imaginar un algoritmo sentado en el despacho del presidente ejecutivo, pero la reforma es más precisa y revolucionaria. El proyecto argentino incorpora la figura de la sociedad automatizada, capaz de desarrollar su actividad mediante algoritmos autónomos o agentes de inteligencia artificial sin trabajadores ni recursos humanos para su funcionamiento ordinario. La sociedad tendría personalidad jurídica, capacidad para contratar y patrimonio propio con el que responder por los daños causados por sus sistemas. También reconoce las llamadas organizaciones autónomas descentralizadas, conocidas por sus siglas inglesas DAO, gobernadas mediante protocolos, contratos inteligentes y registros digitales.
La «corporación no humana» es todavía el nombre espectacular de una transformación que apenas comienza. El especialista español Gustavo Entrala ha tenido el acierto de separar tres niveles que suelen mezclarse, cuales son lo que Milei pretende legalizar, lo que las empresas actuales pueden automatizar realmente y el humo publicitario que acompaña a cada nueva revolución tecnológica.
Entrala recuerda que algunos de los casos presentados como empresas sin humanos son bastante menos fantásticos cuando se abren por dentro, y pone ejemplos, como el de Medby, Base44 o Instagram, que alcanzaron valoraciones de hasta mil millones de dólares cuando apenas contaban con empleados. El patrón real de cero personas todavía no se ha dado, pero sí el de empresas en las que un número cada vez menor de personas produce una cantidad cada vez mayor de valor.
Cada revolución empieza apareciendo como una versión defectuosa de aquello que terminará siendo, como los primeros automóviles, que eran carruajes sin caballos, o las primeras páginas digitales, que imitaban y todavía imitan al papel. La empresa automatizada de hoy todavía necesita servidores, abogados, programadores y proveedores humanos, ahora bien, amigos, la de mañana puede necesitarlos tanto como una sociedad mercantil necesita actualmente que sus accionistas sepan fabricar personalmente sus productos.
La gran intuición de Milei consiste en haber comprendido que el problema de la inteligencia artificial ya no es únicamente técnico, sino jurídico y, en último término, ontológico. La empresa misma, el concepto de empresa, ha sido siempre una ficción extraordinaria, y posee nombre, domicilio, patrimonio, derechos y obligaciones, compra, vende, demanda, es demandada, sobrevive a sus fundadores y puede acumular una riqueza superior a la de muchos Estados. La llamamos persona jurídica aunque no tenga cuerpo, sistema nervioso, infancia ni muerte biológica, sin embargo, hasta ahora, carecía de inteligencia propia, y necesitaba que seres humanos pensaran, decidieran y actuaran en su nombre. Ya casi que no, y eso es lo verdaderamente nuevo. Milei lo ha expresado con una fórmula destinada a permanecer, que viene a decir «así como la revolución industrial nos liberó de los límites del músculo, la inteligencia artificial puede liberarnos de los límites del cerebro humano».
Yuval Noah Harari respondió en el mismo Financial Times que no debemos conceder personalidad jurídica a los agentes de inteligencia artificial. Su objeción es que un directivo humano puede temer la cárcel, la ruina o la deshonra, pero una máquina no teme ninguna de las tres. Una corporación algorítmica podría localizar cada vacío normativo, explotar cada contradicción legal y ejecutar sus estrategias sin conciencia, remordimiento ni miedo, aunque técnicamente varios juristas partidarios de las corporaciones algorítmicas le han objetado a Harari que dotarlas de identidad jurídica podría hacerlas más visibles para el Estado, y ello impediría que se conviertan en máquinas de irresponsabilidad limitada. Una empresa algorítmica deberá poseer patrimonio embargable, seguro obligatorio, registro de sus decisiones, identificación de sus beneficiarios finales, trazabilidad del modelo utilizado y procedimientos que permitan suspender su actividad.
El primer ser artificial reconocido por la sociedad quizá cambie el «pienso, luego existo» por el «facturo, contrato y respondo, por tanto, soy».
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