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¿Cómo es estudiar en una escuela rural?: fin de curso y futuro incierto para los 121 colegios unitarios de Canarias

Los 121 unitarios de las Islas cierran cada junio con la incertidumbre de si volverán a abrir sus puertas en septiembre; desde la Consejería aseguran que la intención es «salvar» estos centros

CEIP Los Campitos, una escuela rural con quince niños

María Pisaca

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Claudia Morín

Claudia Morín

Santa Cruz de Tenerife

Celia, Naia, Itziar, Ailín, Alma, Thiago, Aimar, Oliver, Gabriela, Alejandro, Fabián, Amara, Elisabeth, Evelyn y Aitor. Estos 15 niños y sus respectivas familias mantienen con vida el Colegio de Educación Infantil y Primaria Los Campitos, en la capital chicharrera. Junto a la directora –que también es tutora, secretaria, encargada del comedor y del transporte– y al resto de la plantilla, hacen posible que año tras año esta escuela rural mantenga sus puertas abiertas. Ni mucho menos son una excepción o una especie rara, en el Archipiélago hay 121 colegios unitarios que, pese a acoger a un número muy reducido de alumnos, siempre logran que sus clases se llenen de diversión, compañerismo y aprendizaje.

Eso sí, en su interior, no todo es felicidad. Cada junio, con la llegada del fin de curso, estos centros despiden a sus estudiantes con mucha incertidumbre y, sobre todo, con el miedo de no volver a verlos en septiembre, pues su continuidad nunca está garantizada; depende de cuántas matrículas reciban y de cuántos chicos se marchen al instituto.

Las escuelas rurales son el motor educativo y social de Canarias, pero en muchas ocasiones también son las grandes olvidadas. Así lo asegura María José Curbeles, directora del CEIP Los Campitos, quien además resalta que las administraciones públicas no suelen tener en cuenta sus particularidades. «Nos exigen lo mismo que a un colegio ordinario y ni siquiera tenemos administrativo; yo, además de encargarme de toda la burocracia, he tenido que formarme para poder atender a los niños de Infantil porque esa no era mi especialidad», argumenta.

Educación de calidad

Quienes como ella forman parte de alguno de los 24 Colectivos de Escuelas Rurales (CER) repartidos por toda Canarias los defienden con uñas y dientes porque verdaderamente creen que en ellos se imparte una educación de mucha calidad. En estos espacios, las ratios no suponen un quebradero de cabeza. Cuando el profe explica lo hace para unos pocos alumnos, ya que lo más habitual es que todo el colegio se agrupe en una misma clase. En Los Campitos, por ejemplo, el próximo curso entrarán tres nuevos niños y no se irá ninguno, una «gran noticia» que les permitirá, por fin, volver a dividirse en dos grupos.

En el CEIP Los Altos, en Las Palmas de Gran Canaria, han concluido el curso 47 alumnos. Su directora, Dunia Esther Almeida, señala que en los últimos cursos incluso han experimentado un aumento de matrículas. «No suele ser lo habitual en las escuelas rurales, la caída de la natalidad se ha notado en los barrios», sostiene. A este cole han llegado niños procedentes de centros mayores cuyas familias buscaban una atención más individualizada y una mayor tranquilidad. Al rozar el medio centenar de estudiantes, han podido incluso hacer tres grupos: uno para Infantil, otro para 1º, 2º y 3º de Primaria y otro para el resto. «Es una maravilla trabajar con 14 niños por clase y, como tienen edades diferentes, se crea una mini sociedad», apunta.

Intercambio constante entre niveles

El intercambio entre estudiantes y niveles es constante. En un aula pueden mezclarse las Matemáticas de 6° de Primaria con las del tercer curso y todo esto puede estar escuchándolo una niña de cuatro años. «A esas edades son esponjas. La madre de Celia, la más pequeña del cole, llegó el otro día contándome que su hija le había explicado qué eran las papilas gustativas», resalta Curbeles. Los grandes protegen y ayudan a los recién llegados y estos últimos, a su vez, saben que tienen que hacer caso a lo que les dicen los veteranos.

En el patio, en Educación Física y en la mayoría de actividades de su día a día no hay grupos ni divisiones por edad. Todos juntos se han ido de excursión a Gran Canaria, han recaudado dinero para visitar el Loro Parque y también han grabado mucho contenido en el croma que tienen dentro del propio colegio.

Precisamente, antes de marcharse de vacaciones, su última creación fue un vídeo con el que desearon un feliz verano. «Ser un único grupo tiene muchas ventajas, la gente puede pensar que no te adaptas al nivel de todos, pero no es cierto; trabajamos en común y, al mismo tiempo, el trato es muchísimo más personal», detalla la directora. Además, en estos centros, las familias también suelen estar mucho más involucradas: «Hay una colaboración total, organizamos hasta seis actividades con ellos cada curso».

Motor social de un pueblo

Otro punto importante es la cercanía. Más allá de ser un espacio de aprendizaje, las escuelas que resisten en pequeños pueblos del Archipiélago son un espacio de encuentro, de intercambio cultural. En el CEIP José Pérez Rodríguez, el colegio de Igueste de San Andrés, en Santa Cruz de Tenerife, los mayores del pueblo acudieron al centro hace apenas unos días para interpretar una obra de teatro frente a los únicos tres alumnos matriculados. No solo fue un encuentro entre generaciones, sino también una despedida, ya que lo más probable es que no puedan volver en septiembre.

Desde la Consejería de Educación señalan que la intención es salvar las unitarias. Sin embargo, también reconocen que un colegio no puede estar abierto para un único niño. Aún así, los cierres no se deciden en junio, sino en septiembre, por lo que habrá que esperar hasta el inicio del próximo curso para conocer si el José Pérez Rodríguez cierra definitivamente sus puertas. «El cierre siempre es la última medida», destacan desde el departamento que dirige Poli Suárez.

Caída de matrículas

En Los Campitos, por ejemplo, llegaron a tener varios grupos y casi cincuenta alumnos, pero las matrículas han ido disminuyendo poco a poco y han llegado incluso a caer hasta los 12 niños. «Ahora estamos empezando a crecer de nuevo en Infantil, que es de lo que se trata», añade.

Para la directora del CEIP Los Altos, el pueblo «pierde muchísimo» cuando una escuela cierra. Ella ha estado al frente de proyectos como el de Igueste de San Andrés y asegura que «te pasas el curso rezando para que entren matrículas». Más allá de la educación que se imparte por las mañanas, por las tardes el edificio puede quedar abierto y los chicos pueden ir a leer un libro o a tocar un instrumento. Un colegio así también puede hacer las veces de asociación de vecinos o centro cultural.

Principal reivindicación

Sin embargo, advierte que para garantizar la continuidad de estos centros es «fundamental» que tengan acceso a servicios como comedor o transporte. «Muchas familias se plantean inscribir a los niños en colegios más alejados solo porque tienen extraescolares; luchamos mucho para estar en igualdad de condiciones, pero no deberíamos gastar energía en eso», critica.

En Los Campitos, encontrar una empresa de catering que les garantice el servicio no ha sido nada sencillo: «Tienen que traer también a una cuidadora y su sueldo lo tienen que pagar las familias, por lo que los alumnos aquí, al ser un grupo tan reducido, pagan casi el triple que en otros centros». Este año, la compañía les ha subido un euro diario por alumno, es decir, 30 euros más al mes. «Nadie apuesta por colegios como el nuestro porque no ven ganancia; si subimos mucho las cuotas, la mayoría no podrá costeárselo y tendremos que prescindir del comedor», alerta. Ante esta situación, lo que solicitan es que haya «algún tipo de regulación», para que los chicos tengan las mismas oportunidades.

«No me quiero ir»

Los 15 alumnos de Los Campitos, ajenos a cualquier polémica, se despiden de su cole con la certeza de que estarán de vuelta en poco más de dos meses. «Menos mal que volvemos en septiembre porque me gusta más estar aquí que en casa», aseguró Oliver tras guardar por última vez este curso sus fichas en el casillero.

El resto de sus compañeros también concuerda con él, pues, si les dieran a elegir, ninguno se iría a otro centro. Los grandes vivirán el próximo curso con especial nostalgia, pues será su último año antes de dar el gran salto al instituto. «Ni nos lo recuerdes», coinciden. En el otro extremo, los más pequeños tienen todavía un buen par de años por delante, pero ya han forjado amistades duraderas. «Somos amigas para siempre», sentencian Naia e Itziar.

Además de crear comunidad en su centro, también organizan encuentros con los colegios que están integrados en su mismo CER. En este caso, cada vez que hay una fiesta, como el Día de Canarias, organizan actos con los alumnos de escuelas vecinas, como el CEIP Julián Rojas de Vera (en Taganana) o el CEIP Las Carboneras.

¿Cómo se reparten?

Las 121 escuelas rurales se agrupan en 24 colectivos para que ninguno funcione de forma aislada. Todos los unitarios de El Hierro, por ejemplo, se unen en el CER El Hierro; los de La Gomera, en el CER La Gomera; y los de Lanzarote, en el CER Lanzarote. En La Palma hay cinco (Barlovento - Sauces, Las Breñas, Valle de Aridane, Fuencaliente - Mazo y Santa Cruz de La Palma), mientras que los de Fuerteventura se dividen en dos (Puerto del Rosario - Antigua - Betancuria y Tuineje - Pájara) y los de Tenerife, en seis (Granadilla de Abona, El Tanque, Guía de Isora, Ycoden Daute, Tacoronte - Acentejo y Anaga). Gran Canaria, con ocho, es la que más colectivos mantiene (Zona oeste, Gáldar - Guía, Ingenio - Agüimes, Firgas, Las Palmas - Arucas, Moya, Telde y Santa Brígida - San Mateo).

Asociarse no solo les permite compartir recursos, profesorado especializado, proyectos educativos y formación; también hace que tengan más fuerza a la hora de defender sus necesidades ante la Administración. «Ser parte de un unitario engancha porque conectas con el alumnado y con la forma de trabajar, somos una piña, una familia», resalta Almedia.

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