Beatriz, Delfina y las hermanas Márquez... las brujas canarias ajusticiadas por su saber
Curanderas, santiguadoras y hechiceras: la investigación de Ludmila Wright desvela las diferentes figuras que conformaban el imaginario de la brujería en la isla

Gustavo Santos / elsauzal.es / E. D.
Beatriz Suárez, Delfina Zerpa y las hermanas Leonor e Isabel Márquez son parte de las mujeres que juzgó la Inquisición por brujería en Tenerife, aunque la existencia de brujas es común a todas las islas y la investigadora Ludmila Wright cuestiona "cuántos conocimientos se perdieron" con sus juicios, torturas y muerte.
Wright, que es alumna del máster de Uso y Gestión del Patrimonio Cultural de la Universidad de La Laguna, ha indagado sobre los orígenes y tipología de las brujas en Canarias en un artículo que forma parte de las actividades desarrolladas durante su periodo de prácticas en el Museo de Historia y Antropología de Tenerife.
En el estudio, publicado en la web de Museos de Tenerife, la investigadora señala que debido al carácter multicultural del archipiélago no se puede trazar con seguridad un punto de partida para la existencia de las brujas y más bien se debe a una mezcla entre varias culturas, específicamente los ritos y tradiciones aborígenes y aquellas relacionadas con la población negra esclavizada, los moriscos y la cristiandad.
Actualmente, hay poca información respecto a la mitología y tendencia chamánica de los aborígenes "pero de lo que tenemos, podemos hacer una distinción entre los hechiceros o sacerdotes (varones) y las profetisas o sacerdotisas (mujeres), que tenían un conocimiento amplio de la vegetación endémica, y por tanto, se encontraban ligadas a su uso para prácticas curanderas", precisa.
Curanderas y santiguadoras
En Canarias personifican la magia blanca las curanderas y las santiguadoras y las primeras son las que administran los brebajes, los remedios y las hierbas curativas; es decir, usan remedios naturales para sanar a un enfermo y las segundas se enfocan en cuidar de los enfermos y santiguarlos, es decir, hacer una cruz sobre estos, acompañando el acto de una oración, rezado o invocación religiosa.
Asimismo, las que personifican la magia negra son las hechiceras, que trabajan a través de brebajes, figuras de cera perforadas por agujas o alfileres y pócimas amorosas, y entre sus prácticas más temidas se encuentra el "mal de ojo" que se lanza por maldad o envidia.

Preparado un aquelarre. / GUSTAVO SANTOS
También se encuentran en este apartado la brujas, que se creen están poseídas por espíritus malignos como el diablo, reniegan de la religión cristiana, y se centran en realizar actos a partir de la maldad.
Muchas personas a las que se les ha tachado o etiquetado de bruja eran mujeres yerberas, parteras, curanderas y poseedoras de remedios tradicionales y otras se encontraban en situaciones socialmente vulnerables: viudas, solteras, negras, mulatas, gitanas en situación de pobreza, y de deficiencia física o mental, precisa Wright en su trabajo.
La propia misoginia de la sociedad patriarcal podía señalar a aquellas mujeres que tuvieran algún tipo de comportamiento que se saliera fuera de lo aceptado, como reírse muy alto, ser letrada, tener amantes o cometer una infidelidad.

Las Crucitas de El Sauzal, donde las leyendas sitúan la realización de aquelarres. / ElSauzal.es
Así, la figura de la bruja se convertía en un método de control social, nacido de una sociedad conservadora y arcaica, como fue el territorio canario hasta hace poco y aunque en muchas ocasiones la hechicería no se practicó con fines malignos, seguía siendo considerado un delito, aunque de carácter menor.
Entre los temores más comunes que existían entre la población relacionados a las brujas estaba el rapto de los recién nacidos o los bebés para chuparles la sangre, una superstición de raíces europeas inspiradas en el mito del vampiro.
Los bailaderos
Además había una creencia específica atribuida a las zonas forestales elevadas, conocidas hoy en día como los bailaderos, donde se decía que las brujas organizaban sus aquelarres y todas las islas tienen alguna localización vinculada a las supersticiones y mitos de brujas; en Tenerife, por ejemplo, en el Macizo de Anaga.
La investigadora cita en su estudio la documentación oficial que se conserva de los procesos a mujeres acusadas de brujería y superstición y en Tenerife figura uno de los casos más conocidos de todo el archipiélago: el de Beatriz Suárez, interrogada en 1674 junto a Jacobina Ocampo de Huesterlín y María de Ascanio por un supuesto "baile de brujas".
Se trataba de un baile en grupos de tres, generalmente en las calles, liderado siempre por una de las mujeres cuya intencionalidad podía ser tanto para maldecir como para curar a alguien, ya que se realizaba en la cercanía de la casa de esta persona.
El baile iba acompañado de música de panderillos o castañetas, con las mujeres sosteniendo velas en las manos, y a veces hasta desnudándose para la danza.

Panorámica de El Bailadero, en Anaga. / .
En esta acusación particular, aunque se conoce el nombre de las tres mujeres, la que revela la identidad de sus compañeras es Beatriz Suárez; pero de las tres, la única acusada termina siendo Jacobina de Ocampo y Huesterlín.
En Tenerife, La Laguna es una de las zonas de la que más constancia queda en cuanto a mujeres juzgadas por brujería, pues Beatriz Suárez (no está claro si es la misma mujer en ambos casos o comparten nombre), fue acusada de maleficios y sortilegios y terminó penitenciada en la capilla de San Juan Bautista.
Las hermanas hechiceras Leonor e Isabel Márquez fueron penitenciadas en la capilla del Tribunal por "pactar con Lucifer y darle brebajes amorosos a hombres para amarrarlos a determinadas mujeres".
Delfina Zerpa, bruja de renombre lagunera, fue finalmente emparedada ya en su vejez; Agustina de Vargas fue acusada de invocar diablos y demonios ante una cruz, y de echar suerte con habas sobre otro crucifijo, y la herborista Vicenta Carrillo fue sometida a la extirpación de los ojos por haber "alumbricado los orines de una abadesa para testificar su preñez".
"No podemos discernir exactamente qué repercusiones tuvieron estas acusaciones y juicios sobre las vidas de las víctimas y su entorno, más allá del daño físico-mental obvio que nace de persecuciones de este calibre pero no resulta difícil suponer la implicación que tuvo esta caza de brujas: pueblos enteros sin matronas, curanderas y yerberas", añade la investigadora.
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