Modernismo ‘al golpito’
Un recorrido por la arquitectura que se hacía en Canarias, mientras el genio catalán revolucionaba Barcelona con sus formas imposibles y su visión radical de la modernidad

Kiosco del Parque de San Telmo, en Las Palmas de Gran Canaria, inaugurado en 1923. / Andrés Cruz
Isaías Santana
Hay lugares que te hablan a través de sus edificios y Barcelona es uno de ellos. Solo hay que observar a la Sagrada Familia o las curvas de la Casa Batlló para entender que allí, a comienzos del siglo XX, algo estaba cambiando. Gaudí no solo levantaba edificios, estaba inventando otra manera de mirar la arquitectura.
Este año, cuando se cumple el centenario de su muerte, la figura del arquitecto catalán vuelve a ocupar exposiciones, publicaciones y homenajes. Pero mientras Barcelona se transformaba bajo aquellas formas orgánicas y casi irreales, Canarias atravesaba también su propio humilde proceso de modernización urbana. Más silencioso, más contenido y seguramente menos conocido, aunque igualmente único y revelador de una época.
En Canarias no hubo una eclosión modernista comparable a la catalana. Aquí no se inventaron fachadas imposibles ni edificios concebidos como esculturas gigantescas. El paisaje urbano canario siguió otro camino.
Aun así, algo del espíritu de aquella modernidad europea terminó llegando a los puertos atlánticos.
Lo hizo al golpito lentamente, mezclándose con otros estilos y adaptándose a la tradición arquitectónica local. En realidad, si hubiera que definir la estética dominante de la Canarias de finales del XIX y principios del XX, la palabra correcta no sería modernismo, sino eclecticismo que resultó ser la antesala del regionalismo canario.
Ese fue el gran lenguaje arquitectónico de las islas en aquellos años: una combinación de elementos neoclásicos, historicistas, renacentistas o incluso góticos dentro de una misma construcción. Una arquitectura muy elegante, burguesa y funcional que encajaba perfectamente con la expansión económica que vivía el Archipiélago.

Detalle de la fachada del Gabinete Literario de Las Palmas de Gran Canaria. / Andrés Cruz
Los puertos de Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife se habían convertido en escalas estratégicas para las rutas comerciales atlánticas.
A las Islas llegaban mercancías, empresarios, viajeros pero también ideas. La presencia británica comenzó a notarse en determinados barrios residenciales y las influencias francesas o belgas acabaron apareciendo en teatros, cafés y edificios urbanos.
En ese contexto comenzaron a verse algunos detalles modernistas: hierro forjado, ornamentación floral, curvas decorativas y determinados guiños al Art Nouveau europeo. Pero casi nunca como una ruptura radical, sino como pequeñas incorporaciones dentro de edificios todavía dominados por el eclecticismo.
Por eso el modernismo canario resulta tan singular.
Los puertos del Archipiélago, convertidos en escalas estratégicas para las rutas comerciales atlánticas, fueron la puerta de entrada de mercancías, viajeros e ideas
No pretendía reinventarlo todo ni romper violentamente con el pasado. Aquí la arquitectura seguía respondiendo antes que nada al clima y a la vida cotidiana. Los patios interiores continuaban siendo esenciales para ventilar las viviendas, los balcones seguían formando parte del paisaje urbano y la madera permanecía integrada en muchas construcciones.
Quizá Canarias nunca tuvo un Gaudí, pero sí una manera propia de entender la modernidad.
Transformación urbana
El mejor ejemplo aparece todavía hoy en la zona de Triana, en Las Palmas de Gran Canaria. Pasear por esas calles permite imaginar una ciudad que quería parecerse a Europa sin dejar de ser atlántica. Comercios elegantes, fachadas burguesas y edificios donde la nueva clase acomodada exhibía prosperidad y refinamiento cultural.
En aquella transformación urbana aparecen nombres fundamentales como Fernando Navarro o Laureano Arroyo. Ambos participaron en la modernización arquitectónica de la capital grancanaria durante las primeras décadas del siglo XX.
Fernando Navarro dejó su huella en espacios emblemáticos como el Teatro Pérez Galdós o el Gabinete Literario, probablemente uno de los edificios más representativos de aquella arquitectura cosmopolita que intentaba abrirse paso en las Islas.
El Gabinete Literario conserva todavía algo del espíritu de la época. Su fachada decorativa y su aire elegante reflejan la voluntad de una ciudad que quería presentarse como moderna y culta, conectada con Europa y abierta al Atlántico.
Si hubiera que definir la estética dominante de la Canarias de finales del XIX y principios del XX, la palabra correcta sería eclecticismo
Laureano Arroyo, por su parte, desarrolló una arquitectura menos exuberante, aunque incorporando detalles modernistas que empezaban a extenderse por toda Europa. Esa convivencia entre innovación y tradición terminó definiendo buena parte del paisaje urbano canario. El Kiosco del Parque de San Telmo, inaugurado en 1923, es una de las obras modernistas más representativas de Canarias. Destaca por sus formas curvas, decoración vegetal, hierro ornamental y estética elegante. Aunque mezcla varios estilos, refleja claramente la influencia del modernismo europeo y el gusto artístico de comienzos del siglo XX en Las Palmas de Gran Canaria.
Y en Tenerife ocurrió algo parecido. Arquitectos como Mariano Estanga Arias-Girón o Antonio Pintor Ocete participaron en la transformación de Santa Cruz y La Laguna durante las primeras décadas del siglo pasado. Sus edificios ayudaron a configurar la imagen de unas ciudades que crecían económicamente y buscaban también una cierta sofisticación estética.
Auge de Tenerife
Uno de los más representativos es el Teatro Leal, en San Cristóbal de La Laguna, edificio llevado a cabo por el empresario Antonio Leal en 1915, coincidiendo con un auge cultural en la ciudad. Su fachada modernista, obra del arquitecto Antonio Pintor Ocete, destaca por la ornamentación floral y escultórica.
Sin embargo, el modernismo arquitectónico nunca llegó a consolidarse en Canarias como un movimiento que destacara y mucho menos que dominara. Eso lo explica muy bien el historiador Alberto Darias Príncipe en su estudio El modernismo arquitectónico en las Islas Canarias: la ciudad de Santa Cruz de Tenerife como paradigma.
Según recoge el investigador, los primeros edificios con elementos modernistas comenzaron a levantarse en torno a 1903, aunque todavía sin una formulación clara del nuevo lenguaje arquitectónico. La anécdota más reveladora apareció dos años después, durante una polémica relacionada con el proyecto de la nueva catedral de San Cristóbal de La Laguna.
En aquella discusión, un arquitecto criticó el uso de fórmulas historicistas «cuando en buena lógica debió adoptar el modernismo que emplea Gaudí en el templo de la Sagrada Familia en Barcelona».
La frase resulta especialmente significativa porque demuestra que el nombre de Gaudí ya simbolizaba entonces la idea de modernidad arquitectónica incluso en territorios alejados de Cataluña.

El edificio que acoge el Teatro Leal, en San Cristóbal de la Laguna (Tenerife). / El Día
En esa misma polémica aparecía además una de las primeras definiciones del modernismo en Canarias: un estilo que «nace de una inspiración propia, se desarrolla con motivos recogidos de otras artes y necesita como condición indispensable los ricos elementos decorativos de actualidad».
Pero si el modernismo arquitectónico tuvo una presencia limitada en las Islas, donde sí dejó una huella profunda fue en otras disciplinas artísticas.
La pintura de Néstor Martín-Fernández de la Torre desarrolló un universo claramente simbolista y modernista, lleno de referencias mitológicas y sensualidad atlántica. Y algo parecido ocurrió con la poesía de Tomás Morales, una de las grandes voces del modernismo literario español.
Tal vez ahí estuvo la auténtica diferencia canaria: más que en la arquitectura, el espíritu modernista encontró su mejor expresión en la literatura y en las artes plásticas.
Identidad propia
La relación directa entre Gaudí y Canarias, en cualquier caso, fue prácticamente inexistente. No hay constancia de proyectos del arquitecto catalán en las Islas ni de colaboraciones relevantes. Aunque sí sobrevive una curiosa conexión indirecta en el municipio grancanario de Ingenio y en el tinerfeño de Arona: en 2001 se instalaron en el entorno de la plaza y la iglesia de La Candelaria, alcanzando una superficie de 890 metros cuadrados, unas losetas diseñadas originalmente por Gaudí en 1904. Lo mismo ocurre en El paseo de los Tarajales de Los Cristianos. Puede parecer apenas un detalle urbano, pero encierra cierto simbolismo, como si, un siglo después, el modernismo catalán hubiera terminado llegando finalmente a Canarias no a través de grandes edificios, sino convertido en pavimento, integrado discretamente en una plaza y un paseo marítimo.
Tal vez esa imagen explique bastante bien la relación de las Islas con el modernismo europeo: una influencia visible, sí, pero siempre reinterpretada desde la distancia, el clima y la identidad propia.
Mientras Gaudí imaginaba una Barcelona casi fantástica, Canarias construía otra modernidad. Más contenida. Más híbrida. Y profundamente ligada al mar.

Fernando Navarro y Navarro
(1864-1925) Nació en Vegueta (Las Palmas de Gran Canaria). Fue un auténtico enamorado de Las Canteras y llegó incluso a firmar un proyecto de paso en la avenida que nunca pudo ver ejecutado. Arquitecto ligado al eclecticismo de finales del siglo XIX en Canarias, desarrolló su trabajo dentro de una corriente todavía muy marcada por modelos historicistas y académicos. Fue autor del proyecto de reconstrucción del Teatro Pérez Galdós, después del devastador incendio que destruyó todo su interior la noche del 28 de junio de 1918.

Antonio Pintor Ocete
(1862-1946) Figura clave en la introducción del modernismo en Tenerife, adaptó las nuevas corrientes europeas al contexto insular. Arquitecto español nacido en Motril (Granada), es un personaje esencial para entender la configuración de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife y su arquitectura en la transición entre los siglos XIX y XX. Cursa estudios profesionales en Barcelona, diplomándose finalmente en la Escuela Técnica de Madrid en 1886. En 1889 opta a la plaza de arquitecto municipal de Santa Cruz de Tenerife, obteniéndola al ser el único concurrente. Tras su traslado a la isla desde Granada, ejercerá ininterrumpidamente en la dirección urbana del municipio hasta 1932.

Laureano Arroyo y Velasco
(1848-1910) Arquitecto español nacido en Barcelona. Fue un impulsor del eclecticismo y destacó por su aportación a la arquitectura grancanaria a finales del siglo XIX y principios del XX. Establecido en la isla de Gran Canaria en 1888 por razones de salud de su esposa, desempeñó el cargo de arquitecto municipal de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, compaginándolo durante 22 años con el ejercicio libre de la profesión hasta su fallecimiento. Su obra incluye edificaciones municipales, particulares, militares y religiosas.

Mariano Estanga Arias-Girón
(1867-1937) Arquitecto de formación madrileña, estuvo vinculado a importantes proyectos urbanos y administrativos. Nacido en Valladolid, llegó por casualidad a la isla de Tenerife ya que su hermano José María Estanga era comandante de Marina de la zona y lo invitó a pasar unas vacaciones en la isla. Impulsor del clasicismo, trabajó durante muchos años en Canarias, donde proyectó edificios de signo claramente histórico y, en ocasiones, neogótico.

El Palacete Martí Dehesa / El Día
El reflejo de una época
El Palacete Martí Dehesa, en el centro de Santa Cruz de Tenerife, es uno de los mejores exponentes de la línea más sobria y geométrica del modernismo canario y muestra influencias de la Secesión vienesa
En pleno corazón de Santa Cruz de Tenerife, encontramos unas de las construcciones más refinadas del modernismo canario. El Palacete Martí Dehesa es mucho más que un edificio, podríamos decir que es el reflejo de una época. Fue ideado 1912 por el arquitecto vallisoletano Mariano Estanga, profesional que fue capaz de combinar la solidez académica de su formación con las nuevas sensibilidades estéticas que llegaban a comienzos del siglo XX.
Para Estanga este proyecto era mucho más que un encargo. El promotor, Nicolás Martí Dehesa, ingeniero vinculado al desarrollo eléctrico de la ciudad, quiso levantar una vivienda que funcionara como símbolo de modernidad y prestigio. Mariano Estanga le dio lo que quería, un auténtico palacete urbano, pensado para destacar en el barrio de Los Hoteles, donde la burguesía santacrucera construía su identidad a través de la arquitectura.
A diferencia de otras edificaciones, este edificio se quiso alejar del modernismo más floral y espectacular para acercarse a una línea más sobria y geométrica, con claras influencias de la Secesión vienesa. Quizás justo ahí está el valor de esta maravillosa construcción, la contención decorativa con fachadas equilibradas, rejería delicada, carpinterías cuidadas y una torre que le abriga un dominio visual sobre la ciudad y el puerto, todo esto forman elementos esenciales en la vida social y económica del momento.
En su interior, el palacete convertía la vida cotidiana en una expresión de distinción social. Escaleras protagonistas, luz filtrada a través de vidrieras y una composición espacial pensada para recibir, mostrar y impresionar. No era únicamente un lugar para habitar, sino para ser visto.
Con el paso del tiempo, el edificio ha ido cambiando de manos y de funciones. Actualmente está a la venta, con la comprensible preocupación de que la tardanza en adquirir la propiedad haga que su brillo llegue injustamente a apagarse del todo.
Pero hoy sigue ahí, mirando de reojo a cada transeúnte, con esa belleza aplastante de alguien seguro de sí mismo. Sabe que sigue siendo una de las obras más representativas del modernismo en Canarias pero también que es una de las más delicadas, en equilibrio permanente entre el valor patrimonial y el tan dañino efecto silencioso de los años.
En él se cruzan tres historias: la de un arquitecto que supo interpretar la mirada que tenía la arquitectónica europea sin perder el contexto insular, la de una burguesía que quiso modernizar su imagen a través de la arquitectura, y la de una ciudad que, en aquel momento, aspiraba a compararse sin complejos, con las capitales del continente.
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Fuente: La Provincia - Diario de Las Palmas
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