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Una breve historia del cómic en las islas

La del cómic en Canarias no es la historia de una industria poderosa ni de grandes tiradas editoriales. Es la historia de una obstinación cultural

Ilustración de Rayco Pulido

Ilustración de Rayco Pulido / Rayco Pulido

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Francisco Pomares

Francisco Pomares

Mientras Barcelona construía desde comienzos del siglo XX una poderosa industria editorial del tebeo y Valencia inundaba los kioscos españoles con cuadernillos de aventuras, en Canarias el cómic apenas existía como fenómeno cultural organizado. Había caricatura política, ilustración satírica y humor gráfico de prensa, sí, y además de enorme calidad. Pero no una verdadera tradición historietística comparable a la que se desarrolló en Cataluña, Valencia o Madrid durante el primer tercio del siglo pasado.

La historieta canaria, tal y como hoy la entendemos, nació mucho más tarde. Y lo hizo de forma casi clandestina, ligada a la autoedición, los fanzines, las fotocopias y la cultura alternativa de los últimos años del franquismo y de la Transición democrática.

Eso no significa que antes no existieran antecedentes. Los hubo, aunque aislados y dispersos. Entre ellos destacan algunos trabajos de Eduardo Millares Sall y determinados cuadernos realizados por Felo Monzón durante su encarcelamiento tras la Guerra Civil. Pero eran excepciones, completamente ajenas a la existencia de una industria cultural. Canarias carecía entonces de industria editorial específica, de revistas especializadas y de una comunidad de autores comparable a la de muchas regiones peninsulares.

El verdadero nacimiento del cómic canario moderno habría que situarlo probablemente entre finales de los años setenta y comienzos de los ochenta. Y, como suele ocurrir en casi todas las historias culturales interesantes, comenzó en los márgenes. En Tenerife apareció Hormiga de Pan, un fanzine algo nihilista. En Gran Canaria, Camello, una publicación hoy casi mítica dentro de la historia cultural insular. Ambas nacieron desde una precariedad absoluta. Eran fanzines artesanales, elaborados muchas veces con medios mínimos, fotocopiados y distribuidos casi de mano en mano entre estudiantes, dibujantes, aficionados y pequeños círculos culturales.

Viñeta de Rayco Pulido

Viñeta de Rayco Pulido / Rayco Pulido

Pero con aquellas páginas ocurrió algo completamente nuevo para las islas. Por primera vez surgía una generación de autores que no aspiraba simplemente a dibujar caricaturas o ilustraciones para periódicos, sino a hacer historieta contemporánea. Cómic entendido como lenguaje autónomo, influido por el underground europeo, por el cómic adulto norteamericano, por la ciencia ficción, por el humor surrealista y por toda la explosión cultural que acompañó la llegada de la democracia.

Aquella generación creció además en un contexto muy particular. Canarias vivía todavía relativamente aislada de los grandes circuitos culturales peninsulares. Conseguir cómics extranjeros o revistas especializadas resultaba difícil y muy caro. Muchas novedades nacionales llegaban tarde o simplemente no llegaban nunca. Precisamente por eso, las librerías especializadas y los pequeños círculos de aficionados -convertidos a veces en distribuidores locales de editoriales nacionales- desempeñaron un papel decisivo.

En torno a aquellas publicaciones comenzó a formarse un club creativo. Un espacio donde convivían estudiantes de Bellas Artes, ilustradores, escritores, diseñadores y jóvenes obsesionados con el cómic que descubrían simultáneamente a Moebius, Crumb, Pratt, Corben o los grandes autores de Métal Hurlant, Totem, 1984 o El Víbora. Aquello tenía algo de laboratorio cultural improvisado. Y probablemente por eso resultó tan fértil.

A diferencia de lo ocurrido en Barcelona o Valencia, donde existían estructuras empresariales relativamente sólidas, el cómic canario nació en la indigencia absoluta. Sus autores no trabajaban pensando en los mercados nacionales. Dibujaban casi por necesidad expresiva, por entusiasmo y por pura supervivencia cultural, y esa precariedad terminó convirtiéndose también en una estética.

Los fanzines canarios de los ochenta desprenden todavía hoy una energía muy particular: mezcla de experimentación gráfica, humor extraño, influencia underground y una libertad creativa absoluta. No existían apenas normas industriales, ni expectativas comerciales, ni límites demasiado definidos. Todo estaba por inventar.

Durante aquellos años aparecieron además pequeños proyectos editoriales y colectivos culturales ligados al cómic y la ilustración. Muchas de aquellas aventuras tuvieron una vida breve. Algunas desaparecieron tras apenas unos números. Otras sobrevivieron precariamente durante años. Pero todas contribuyeron a crear algo fundamental: una comunidad decidida a superar el aislamiento. Porque el principal problema histórico de la cultura gráfica en Canarias no fue nunca la ausencia de talento. Fue el aislamiento.

Las islas producían autores, pero carecían de tejido para sostener carreras largas o mercados estables. Muchos dibujantes terminaban emigrando profesionalmente hacia Madrid o Barcelona, trabajando para editoriales peninsulares o abandonando directamente la historieta para dedicarse a la publicidad, la ilustración o la enseñanza.

Aun así, el consumo joven de cómic e historietas seguía creciendo, y en los ochenta y noventa comenzaron a consolidarse algunos de los nombres fundamentales del cómic y la ilustración narrativa canaria contemporánea.

Viñeta de Rayco Pulido

Viñeta de Rayco Pulido / Rayco Pulido

Es imposible citar a todos, pero entre ellos destacan hoy autores como Juan Carlos Mora, poseedor de una de las trayectorias gráficas más sólidas y reconocibles, surgidas en las islas en las últimas décadas. La obra de Mora, muy vinculada a sus dos monumentales series sobre la conquista de las islas, Historias de Guanches e Historias de Canarios, resulta especialmente interesante porque conecta tradición local y modernidad narrativa. Sus trabajos dialogan con la identidad cultural canaria sin caer nunca en el costumbrismo fácil o el folclore superficial. Y además revelan algo importante: el cómic canario contemporáneo comenzó finalmente a desarrollar una voz propia.

También ocupa un lugar central el autor de adaptaciones literarias como Mararia o La Lapa, o de libros tan perturbadores como Dentro de la Noche, Eduardo González, probablemente uno de los dibujantes técnicamente más completos surgidos en Canarias en las últimas décadas. Su capacidad narrativa, su dominio del negro y su versatilidad estilística lo convierten en una figura absolutamente singular dentro de la historieta española contemporánea. Esa madurez cultural alcanzó su reconocimiento definitivo cuando el grancanario Rayco Pulido obtuvo en 2017 el Premio Nacional del Cómic por Lamia, una de las obras fundamentales de la novela gráfica española contemporánea. Aquel galardón no sólo premiaba a un autor excepcional: confirmaba que el cómic producido desde Canarias había dejado definitivamente de ocupar una posición periférica dentro del panorama nacional.

Su hermano, Javier Pulido, desarrolló mientras tanto una sólida trayectoria internacional trabajando para Marvel y algunas de las principales editoriales norteamericanas, demostrando que los autores surgidos desde las islas podían competir sin complejos dentro de la industria global de la historieta.

La internacionalización del cómic canario se consolidó además con autores como Ángel Hernández, licenciado en Bellas Artes por la Universidad de La Laguna y profesional habitual de algunas de las mayores editoriales estadounidenses del sector. Su trayectoria refleja muy bien la transformación experimentada por varias generaciones de autores isleños: dibujantes formados ya en un contexto plenamente profesionalizado y capaces de integrarse en mercados internacionales extremadamente competitivos.

En torno a ellos aparecieron además numerosos autores, ilustradores y narradores gráficos que ayudaron a consolidar una escena creativa cada vez más amplia y diversa. Algunos desarrollaron carreras vinculadas a la ilustración editorial; otros trabajaron para mercados internacionales; otros permanecieron ligados a la autoedición y al circuito alternativo.

Y junto a los autores apareció también algo igual de importante: la crítica y la reflexión teórica sobre el medio. Resulta imposible no detenerse en la figura de Manuel Darias. Canarias no produjo únicamente dibujantes. Produjo también al mayor divulgador de la historieta en España. La importancia de Darias resulta difícil de exagerar. Durante décadas, mientras buena parte del país seguía considerando el cómic un entretenimiento menor, él contribuyó decisivamente a legitimar culturalmente la historieta como lenguaje artístico y narrativo complejo. Su trabajo crítico, desarrollado desde Canarias y muchas veces en condiciones casi heroicas, ayudó a construir puentes entre autores, lectores y estudiosos del medio. Hace tres años, cuando cumplió 50 publicando semanalmente su página Historieta en el Diario de Avisos, su labor fue recompensada con la concesión de la medalla de oro al mérito cultural de Santa Cruz de Tenerife. Posteriormente, la Fundación Canaria Cine+Comic, en un proyecto apoyado por la ciudad, inauguró la Casa de la Historieta Manuel Darias, un lugar de encuentro, con dos salas de exposición y biblioteca de cómic, dedicado al que es posiblemente el crítico y divulgador más longevo del país y el más apreciado por los autores españoles. De algún modo, la actual consolidación cultural del cómic en las islas no puede entenderse sin esa labor previa de legitimación.

Porque durante mucho tiempo el gran problema del cómic español -y especialmente del producido fuera de los grandes centros editoriales fue precisamente la falta de reconocimiento cultural serio.

Eso ha cambiado profundamente en las últimas dos décadas.

Viñeta de Rayco Pulido

Viñeta de Rayco Pulido / Rayco Pulido

La novela gráfica, la expansión del manga, la internacionalización del mercado y la irrupción de nuevas generaciones de lectores han transformado completamente el panorama. Y Canarias no ha permanecido al margen de esa evolución. Al contrario, hoy el Archipiélago es probablemente uno de los territorios vinculados al cómic más dinámicos del país. Existen librerías especializadas, encuentros, editoriales pequeñas, colectivos de ilustración, autoedición, formación artística y un público cada vez más amplio y diverso.

En ese proceso han desempeñado un papel fundamental la ComicCan y el Salón Internacional del Cómic y la Ilustración de Tenerife, convertidos con el paso de los años en dos de las grandes referencias culturales españolas vinculadas a la historieta: lo que comenzó modestamente en ambas capitales, movido por colectivos de aficionados, terminó consolidándose como un espacio estable de encuentro entre autores, lectores, editoriales y nuevas generaciones de creadores.

Junto a esos salones y la Feria de La Laguna, el trabajo desarrollado por la Fundación Cine+Cómics ha contribuido decisivamente a construir estructura cultural alrededor del medio. Exposiciones, publicaciones, actividades educativas, recuperación patrimonial y proyectos como la futura Casa de la Historieta Manuel Darias forman parte ya de una política cultural sostenida que habría parecido casi imposible hace apenas treinta años.

Todo eso explica también que el cómic canario ha dejado finalmente de percibirse como una rareza periférica.

Las nuevas generaciones de autores isleños trabajan hoy con absoluta naturalidad para mercados nacionales e internacionales. Como sus colegas peninsulares, muchos de ellos desarrollan trayectorias híbridas entre ilustración, animación, novela gráfica, videojuegos o arte digital. Otros se mueven entre el manga, el cómic europeo o la narrativa autobiográfica contemporánea. Las fronteras tradicionales prácticamente han desaparecido.

Y junto a las figuras ya consolidadas comienzan a surgir nuevos talentos como la majorera Moño, o los grancanarios Talamaletina y Alberto Hernández, representantes de una generación que trabaja ya con absoluta naturalidad entre soportes digitales, autoedición, redes sociales y mercados internacionales.

Y quizá ahí resida la gran paradoja de esta historia: el cómic canario nació tarde, precariamente y desde la periferia. Surgió sin industria, sin mercado y sin tradición editorial fuerte. Pero precisamente por eso desarrolló una libertad y una diversidad muy particulares.

Es cierto que nunca existió una “escuela canaria” rígida. Nunca hubo una gran editorial dominante capaz de imponer estilos homogéneos. El cómic hecho en Canarias creció mezclando influencias muy distintas, dialogando constantemente con el exterior y reinventándose generación tras generación.

Tal vez por eso hoy resulta tan difícil definirlo. Y también es tan interesante. Porque la historia del cómic en Canarias no es la historia de una industria poderosa ni de grandes tiradas editoriales. Es la historia de una obstinación cultural. La de varias generaciones de autores que decidieron seguir dibujando incluso cuando parecía que no existían razones económicas ni estructuras suficientes para hacerlo.

Gracias a esa obstinación, Canarias terminó construyendo algo que hace medio siglo parecía completamente improbable: una auténtica cultura del cómic propia, diversa y plenamente contemporánea.

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